En el Japón medieval hasta la restauración de la era Meiji, la casta de guerreros samuráis fueron la élite en los campos de batalla. Durante más de ocho siglos los enfrentamientos entre señores feudales (daimyo) fueron muy frecuentes, y Japón estuvo inserto en frecuentes guerras internas. En el campo de batalla los samuráis tenían dos objetivos fundamentales, matar el mayor número posible de enemigos, y como consecuencia yuxtapuesta, conservar la vida para poder seguir matando. Los samuráis, según su rango y riqueza personal, portaban la «yoroi» o armadura, que eran auténticas joyas de artesanía que por su elaborada composición a base de metal lacado, adornos, cuero y cordones, expresaban el estatus de su portador.
En el combate era común el enfrentamiento directo con otros samuráis, pero lo más común era luchar con los «ashigarus» -literalmente pies ligeros- que eran soldados milicianos de origen campesino, que por su origen rural eran susceptibles de creencias ancestrales y supersticiones. Por ello muchos samuráis haciendo uso de la guerra sicológica reinterpretaron el arte teatral, en arte de hacer la guerra, y en el frontal de sus cascos que se denominaban «kabuto» se pusieron máscaras «menpo», generalmente pintadas o lacadas en rojo, que cubriendo solo nariz, mejillas y mentón para no privar de visibilidad panorámica a los ojos, representaban a demonios con colmillos grandes y de aspecto aterrador. En el teatro Noy tradicional japonés estas máscaras se denominaban «oni». También empezaron a abundar las máscaras «hannya» también procedentes del teatro japonés, que mostraban un semblante macabro con unos dientes caninos grotescos, que en los escenarios teatrales representaban la ira y la venganza.
En el fragor del combate los samuráis de una edad madura, observaron como los ashigarus y los otros samuráis eludían en la medida de los posible el combate cuerpo a cuerpo con ellos, porque si la condición de samurái que era para toda la vida, se obtenía desde muy joven, un samurái de unos cuarenta o cincuenta años evidenciaba que era un guerrero con una gran experiencia adquirida con el paso de los años y múltiples combates. Además el hecho de estar vivo a esas edades les asignaba una cierta invulnerabilidad.
Por otro lado, los samuráis extremadamente jóvenes veían que por su semblante evidenciaban una cierta impericia y falta de experiencia, y eran muchos los enemigos que intentaban matarlos. Para evitarlo los jóvenes samuráis adoptaron las máscaras «okina», que representa a un hombre anciano normalmente con bigote y barba grisácea, canosa o blanca. Por su parte los samuráis maduros para atraer enemigos hacia ellos y sorprenderles con su maestría, adoptaron en muchos casos máscaras representativas de jóvenes, para aparentar una falsa vulnerabilidad.
Estableciendo una inevitable analogía, la política no deja de ser un teatro y una contienda en la que los partidos aparentan lo que en realidad no son, y en muchas ocasiones intentan imponer a sus rivales unas máscaras que no les corresponden. Vemos así como los viejos partidos políticos de la derecha y de la izquierda como el PP y el PSOE, como los antiguos samuráis se ponen una máscara de ancianos expertos, cuando en realidad sus representantes han demostrado su negligencia y su inexperiencia en crisis como la de las inundaciones de Valencia de octubre de 2024 o el apagón generalizado del 28 de abril de 2025.
Por su parte, los partidos de la extrema izquierda como Sumar, Comunes, Podemos, etc. se anteponen una máscara de juventud con sus políticas llamadas progresistas, cuando en realidad detrás de la máscara está la faz real del antiguo comunismo que tanto daño ha hecho a la humanidad. Finalmente, tenemos los partidos europeos de la nueva derecha como VOX en España, que son combatidos políticamente por todos los demás partidos, y medios de difusión social como la prensa, la radio y la televisión, que se defienden en solitario en lo que el «Bushido» o código de conducta de los samuráis, ha denominado «el espíritu hagakure», comparable al de la soledad del tigre en la jungla. A estos partidos se les intenta colocar la máscara «oni» del diablo, pero detrás de ella hay un semblante joven que tiene todo el futuro por delante y que está mostrando una gran experiencia.
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