La llegada del documental Ícaro a la plataforma Filmin ha levantado una polvareda previsible. El separatismo más radical, acostumbrado al control absoluto de la narrativa en Cataluña, ha reaccionado con una campaña de linchamiento digital. No perdonan que se dé voz a quienes vivieron la violencia secesionista desde el otro lado de las barricadas en octubre de 2019.
Los hechos tras la sentencia del Tribunal Supremo no fueron movilizaciones pacíficas. Barcelona ardió durante noches consecutivas bajo el asedio de grupos organizados que buscaban desestabilizar el Estado. Por primera vez, un trabajo audiovisual se centra en la experiencia de los agentes de policía que defendieron el orden constitucional frente a la algarada callejera.
Resulta paradójico que los supuestos defensores de la libertad de expresión exijan ahora la censura de un contenido en una plataforma privada. Los líderes de la izquierda y el separatismo han puesto en la diana a Filmin por el simple hecho de alojar este testimonio. Es una muestra de la intolerancia que aflora cuando pierden el monopolio de la «verdad».
Entre las críticas más feroces destacan las de Jordi Basté desde los micrófonos de RAC1. El locutor ha calificado la obra de «obscena», «irresponsable» y «propaganda disfrazada de periodismo». Es llamativo que estas valoraciones tan severas no se escucharan cuando Filmin o TV3 difundían documentales con un sesgo marcadamente favorable al desafío secesionista.
La hipocresía es flagrante si observamos el comportamiento de la televisión pública catalana durante la última década. TV3 ha regado con dinero de todos los contribuyentes producciones que blanqueaban el golpe de Estado de 2017. En la cadena autonómica, la manipulación emocional ha sido la norma para elevar a los condenados por sedición a la categoría de mártires.
Mientras los medios públicos catalanes construían un relato épico, el sufrimiento de los agentes era silenciado sistemáticamente. Los policías nacionales y mossos heridos en la Vía Layetana parecen no existir para el ecosistema mediático del nacionalismo. Ícaro viene a llenar ese vacío informativo que el poder político ha intentado ocultar bajo una capa de victimismo.
La izquierda española, socio preferente del separatismo por pura supervivencia parlamentaria, guarda un silencio cómplice ante este señalamiento mediático. Prefieren no incomodar a sus aliados de Esquerra o Junts, aunque eso suponga dar la espalda a los servidores públicos. El derecho a conocer todas las versiones de un conflicto es un pilar básico en cualquier democracia.
El documental Ícaro no busca el odio, sino el equilibrio necesario en una sociedad fracturada por el sectarismo. Es higiénico que el espectador pueda ver el miedo, la presión y la violencia que soportaron las fuerzas de seguridad. Ignorar esta realidad es una falta de respeto a la historia reciente y a la profesionalidad de quienes garantizaron la convivencia.
La resistencia de Filmin al mantener la cinta en su catálogo es un síntoma de salud democrática frente a la censura ideológica. En un entorno donde la cultura está a menudo condicionada por la subvención, la independencia es un valor escaso. Ceder ante el boicot de locutores y políticos habría sentado un precedente peligroso para la libertad de creación.
España necesita más pluralidad y menos cordones sanitarios a la verdad que resulta incómoda al poder establecido. Ícaro es una pieza necesaria para recordar que en 2019 hubo víctimas que no llevaban lazos amarillos. Es hora de que el sentido común prevalezca sobre quienes pretenden dictar desde sus púlpitos qué contenidos son aptos para el ciudadano.
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