La Vanguardia, 9 de mayo de 2025, página 20. Artículo de Salvador Illa, firmado como Presidente de la Generalitat, en el que afirma textualmente cosas como que: “Som i serem gent catalana”, “Som i serem gent europea. Porque, tanto si se quiere como si no, somos y seremos europeos porque somos y seremos catalanes. Es éste nuestro lugar en el mundo…”. “El proyecto europeo nació con el compromiso de evitar la barbarie que asoló el continente después de las dos guerras mundiales del siglo XX. Es decir, un proyecto fundamentado en la paz y en los valores humanistas”. “Catalunya ha dado un paso adelante para asumir nuevas responsabilidades en consonancia con su alma profundamente europea”.
Habla a continuación del “modelo europeo de prosperidad compartida” y de que “Catalunya ha vuelto a Europa a proponer soluciones y participar activamente en los órganos de decisión”. Y señala que “el camino es uno: el federalismo europeo. Porque el federalismo es la articulación del propio lema de la Unión Europea: unidos en la diversidad”. “Europa es hoy nuestra causa compartida”. “Hago un llamamiento a toda la ciudadanía, especialmente a los jóvenes, a defender Europa por encima de ideologías y creencias. Porque es precisamente Europa la garantía de nuestra diversidad de ideas, creencias e identidades”. Y finaliza aludiendo al sentimiento de orgullo y de pertenencia al decir “soy europeo”, como hoy decimos “soy catalán”. Esto dice, y como tal, el presidente del gobierno de una Comunidad Autónoma del Estado español, y representante en ella de SM el Rey.
Francamente, uno se queda estupefacto. El salto es de naturaleza y dimensión circense. Cataluña y Europa, sin la más mínima mención a España, ni a nada español. Desde principios de 1952 existo, desde entonces soy catalán y, por lo tanto, español y también europeo; pero deduzco de tan graves reflexiones del preclaro “President de la Generalitat de Catalunya”, que no tengo nada de “gent espanyola” (aquí no cabe el “tanto si se quiere como si no”; esta identidad mía se ignora a la vez que se encumbran mis otras dos). El lugar de Illa en el mundo una vez que sale de Cataluña es Europa, directamente. España no existe o tal vez exista aparte, pero es irrelevante para su discurso.
Habla de guerras mundiales y de paz, impecable, pero no menciona el papel desempeñado en ellas por los nacionalismos ni de la vocación de la UE para atajarlo en Europa; de hecho, ni cita la palabra nacionalismo. Cataluña asume nuevas responsabilidades por su cuenta, sin que nadie se las asigne y la explicación es “su alma profundamente europea”. La prosperidad ha de compartirse con Europa, ¡claro!, directamente, a lo grande, ¡que no falte!…
La UE está formada por 27 Estados miembros. Illa no menciona ninguno de los actuales porque no le conviene (ni España, no sea que se le vea más aún el plumero; ni el Reino Unido, no sea que se vea enredado con el referéndum del “brexit”). Al leer que propone el camino del federalismo, sus apesebrados seguidores se imaginarán a sí mismos ya convertidos en un Estado europeo más, un estatus alcanzado pacífica y fácilmente, claro; y ufanamente “unidos en una diversidad” y “una causa compartida” que, en la alucinación de este señor, son entera y genuinamente europeas, sin mácula de españolas (¡no faltaba más!). Su mente, tan abierta ella, le lleva a continuación (y puestos a saltar) a pasar por encima de “ideas, creencias e identidades”, un talante la mar de magnánimo para que le sea agradecido generosamente. Y remacha con lo del orgullo de pertenencia: “soy europeo”, como “soy catalán”, sentimientos ambos tan nobles como cojos. ¿En qué mundo vive?.
Hace justamente un año, firmé el manifiesto “Por un voto constitucionalista sin engaños” porque sabía que Salvador Illa había negado que fuera a haber amnistía, pero apoyaba todos los excesos de Sánchez; que se anunciaba a sí mismo como un candidato constitucionalista que superaría el independentismo, pero que lo que haría finalmente sería acompañarlo… y aquí lo tienen ustedes, por fin un poco más desnudo. No se dejen engañar con los ropajes.
Ubicar la identidad étnica, o lingüística, o cultural en lo más alto y entenderla como esencia de una “nación” es puro nacionalismo, algo incompatible con la esencia del ideal europeo. Un nacionalista quiere homogeneidad en su ciudadanía (lo que, si es gobernante, le fuerza a fomentar sentimientos y ejercer autoritarismo), y quiere disponer de un Estado independiente. Es un camelo lo de las apelaciones a la diversidad, menos aún si se trata de una diversidad selectiva -oxímoron donde los haya-. El citado ideal europeo es racional e ilustrado, las identidades étnico-culturales se integran en una identidad cívica.
Si fuera sincero el espíritu que muestra en el artículo, no podría dar semejante salto. Como Sánchez, Illa no es de fiar, nos toma por idiotas. Le reconozco que intenta tergiversar con gran profesionalidad; pero no lo consigue conmigo, no trago.
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