El Catalán
Lazo negro
  • El Catalán
  • Política
  • Sociedad
  • TV3
  • Medios
  • Opinión
  • Deportes
  • Cultura
  • Vida
  • Hablemos de futuro
  • Donar
  • Suscríbete
No hay resultados
Ver todos los resultados
  • El Catalán
  • Política
  • Sociedad
  • TV3
  • Medios
  • Opinión
  • Deportes
  • Cultura
  • Vida
  • Hablemos de futuro
  • Donar
  • Suscríbete
No hay resultados
Ver todos los resultados
DONAR
El Catalán
No hay resultados
Ver todos los resultados
El Catalán Opinión

Honra que anda en lenguas sufre mengua

"La lengua es la piedra filosofal del nacionalismo catalán ya que es un nacionalismo etnolingüístico"

Por Pau Guix
martes, 19 de marzo de 2024
en Opinión
17 mins read
Foto: Cristina Casanova

Foto: Cristina Casanova

Contenido relacionado

Guix: «Tanto el nacionalismo como la izquierda han usado, usan y usarán la escuela para adoctrinar mediante la lengua catalana»

El veneno del tribalismo

La euforia del Mundial demuestra el fracaso de décadas de adoctrinamiento separatista

Escribo este texto a la manera de celebración por la edición del treinta aniversario de Extranjeros en su país, una de las grandes aportaciones del polifacético y comprometido Antonio Robles –un buen amigo– al mundo de la resistencia al nacionalismo, ergo a la libertad, la igualdad, la tolerancia y la razón. La obra que tiene el lector entre sus manos, Extranjeros en su país, es a la vez un manual de historia, un ensayo académico, un tratado filosófico y un argumentario cuasi libertario –stricto sensu– disfrazado de novela.

¿Y por qué disfrazarlo? En su momento, era la manera más eficiente de transmitir a los demás aquello que se antojaba como impensable y se negaba como increíble, a través de la ficticia y novelizada historia de Adrián y de Montse. Todos los que llevamos décadas luchando contra el Leviatán nacionalista sabemos que, cuando rara vez éramos escuchados, nuestras palabras de denuncia se antojaban como inauditas, falsas, fruto de una vida sin éxito y por ende llena de rencor y otras barbaridades más que pasaban por las mentes –el mayor número de veces– o por los labios –las que menos– de los interlocutores a los que tratábamos de advertir –que no de convencer–.

Así pues, Antonio optó por elaborar una novela con toda la carga de la prueba que acreditara el hecho que se estaba alegando –el apartheid social, lingüístico y cultural perpetrado por los nacionalistas– y que no estaba lo suficientemente esclarecido para el global de la sociedad. Para ello, ensambló una obra literaria repleta de argumentos, citas de autores de índole diversa –historiadores, sociólogos, psicólogos, filósofos, etc.– junto con denigrantes fragmentos de autores nacionalistas ensalzando la nació catalana y la llengua, fragmentos que, compuestos y remedados, podrían haber sido editados perfectamente bajo el título La meva lluita (Mi lucha); incluso nadie se hubiera sorprendido si además su autoría estuviera firmada por el Muy Andorrable Jordi Pujol, en la línea de sus libelos supremacistas y xenófobos recopilados en 1976 en La immigració, problema i esperança de Catalunya.

Antonio, profesor de oficio, en aquel entonces sufriendo la soledad del corredor de fondo, tuvo que publicar el libro con pseudónimo, después de un largo e infructuoso periplo de búsqueda de editorial en una Barcelona que era por aquel entonces una de las grandes capitales editoriales del mundo. O bien aborrecían aquellas páginas llenas de verdades, cuyo destino –bajo los designios pujolistas– era el de ser silenciadas, o bien directamente aborrecían a aquel hombre peculiar, hecho a sí mismo, posible trasunto en carne y hueso parte de Adrián y parte de Elías, convencido de su lucha y rebosante de confianza en su capacidad de transmitir un mensaje y plantear un grave dilema al conjunto de la sociedad con sus verdades del barquero.

Fuera por un motivo u otro –o por ambos a la vez– tuvo que buscar acomodo editorial en Ediciones Libertarias, en una región –Madrid– que había emergido de una bruma gris como espacio eterno, inamovible y pesante del poder sin fin de la dictadura franquista pero que había abrazado ya, en aquel año de 1992, con muchísima más fuerza, la libertad; una libertad que la región catalana iba perdiendo a marchas forzadas bajo la bota del totalismo pujolista y su plan de exterminio cultural y lingüístico de todo aquello que oliera a español, recogido en su detestable Programa 2000 –que fue filtrado y publicado en 1990 en los periódicos–, el experimento de ingeniería social más exitoso y mejor ejecutado de la historia, para desgracia del global de la sociedad catalana, tanto para los nacionalistas como para los catalanes libres de nacionalismo.

La lengua es la piedra filosofal del nacionalismo catalán ya que es un nacionalismo etnolingüístico, y la escola catalana, cimentada en la abominable immersió lingüística –en catalán– es la base de su proceso de ingeniería social. Elie Kedourie en su ensayo Nacionalismo (1966) ya afirmaba que la finalidad de la enseñanza de un régimen nacionalista no es la transmisión del conocimiento sino el someter la voluntad de los más jóvenes a la voluntad de la nación, deviniendo la escuela un instrumento más de la política del Estado como el ejército, la policía o la Hacienda pública. Dentro de las tan cacareadas estructures d’Estat, la fugada Clara Ponsatí, consejera de Educación de la Generalidad de Cataluña golpista de 2017, lo dejó meridianamente claro: en la educación no era necesario crearlas porque ya existían desde hacía tiempo, haciendo también profética la máxima de Robles que reza “el ejército de Cataluña son sus maestros”.

Y este proceso de creación y ejecución de esas ominosas estructures d’Estat educativas es lo que se relata a la perfección en Extranjeros en su país, a modo cuasi de Discovery Channel lazi o separatista; tan detallada es su narrativa que al lector le parecerá estar viviendo la amarga vida de Adrián en el instituto y la sociedad de su momento. Otra consejera de Educación, Irene Rigau, en 2011, afirmó al hablar de la escolarización de los recién llegados a Cataluña: “Solo mediante la escolarización podremos realmente catalanizar, hacer miembros de pleno derecho, tener sentimiento de pertenencia a nuestro país, a los hijos de los que han venido de fuera” y que “cuando se mire con distancia la capacidad que tiene la escuela de fundir los diferentes grupos étnicos en un solo pueblo se podrá estar satisfecho del trabajo hecho […] Esto es lo que se hizo para catalanizar el sistema educativo: agrupar a todos los agentes implicados independientemente de sus pensamientos u orígenes”. Lo que Robles denunciaba en 1992 en su libro y se le antojaba a todas luces como increíble –o directamente como mentira– a la inmensa mayoría de la sociedad catalana y española, dicho con absoluta impunidad, con luz y taquígrafos, por su máxima responsable, cerrando así de un golpetazo la ventana de Overton de dicho proceso repulsivo.

Robles profesor, profundo conocedor de la filosofía y del pensamiento, tenía muy presente por qué aquellos que quieren construir el nuevo país necesitan con desesperación controlar la educación. No en vano el autor afirma en estas páginas que “el nacionalsimo es la muerte de la ilustración”. Él, ávido lector, conocedor sin duda de los Discursos a la nación alemana (1808) de Johann Gottlieb Fichte, encontró rápidamente el paralelismo entre aquella época lejana y la que le tocó a él vivir; y entendió perfectamente que los nacionalistas siguieron la enseñanza del citado autor –haciéndola suya– que proponía, como único medio posible para preservar la existencia de la nación alemana, un cambio total del sistema educativo mediante el cual convertir a los alemanes en un cuerpo colectivo cuyos miembros se sintieran individualmente estimulados y animados por el mismo interés: la nación.

En Cataluña ese proceso educativo pasa, como hemos visto, ineluctablemente por la lengua catalana en detrimento de la española. Pero lo que los nacionalistas no se esperaban es que muchos jóvenes actualmente rechacen en su vida personal y privada el uso de la lengua catalana ya que –por el exceso– se ha convertido en una lengua de imposición y antipática, consiguiendo el efecto contrario al esperado, mientras que el español ha pasado a ser considerado como la lengua de la libertad por muchos catalanes. Tal es la angustia nacionalista que recientemente los catalibanes de la aborrecible Plataforma per la Llengua se han dedicado a espiar a los niños en los patios de los colegios para saber en qué lengua hablan, juegan y se comunican. Para su sorpresa, no es en la catalana y además, para colmo, escuchan reguetón (cuya lengua artística es el español), así que seguramente tuvieron que hacer acopio no solo de las habituales cajas de litio sino también de Alka-Seltzer para poder digerir tamaño hallazgo.

El libro de Robles recoge –no de manera explícita pero sí en esencia– la máxima nacionalista de aquellos años, “primer paciència i després independència”, de la que da testimonio el profesor Francesc de Carreras en uno de sus libros, y que parece oírse en boca del siniestro personaje del director del instituto cada vez que habla, un convergente cuya acción ejecutiva sigue al pie de la letra dicho lema, siempre desde las sombras, maniobrando continuamente, con decepciones y engaños, para facilitar el advenimiento de la nació. Ese director, de filiación convergente, tal y como es descrito por el autor, ejemplifica el gran drama de la Transición en Cataluña y que el nacionalismo catalán ha querido ocultar: cómo se pasó de la adhesión al régimen nacional de la dictadura franquista a la adhesión al régimen nacional(ista) de Jordi Pujol por parte de la clase dirigente catalana, ya que, como recoge Sergi Doria en su artículo Por el imperio hacia el prusés, “en 1979 una cuarta parte de los alcaldes franquistas concurren a las elecciones: el 43,3% en listas de Convergència”. ¿Y con qué relato quiso el nacionalismo ocultar esta realidad? Como nos narra Robles, recogiendo y aumentando, mediante sus adláteres académicos y periodísticos, un pasado mítico, irreal y mixtificado por la Reinaxença, en el que se contraponía una falsa Cataluña milenaria a una España caduca y presa de la leyenda negra, siendo además la República Catalana una colonia ocupada por el imperialisme espanyol con sus colonos invasores y por ende repleta de fatxes y forces d’ocupació, términos muy de moda en la actual Cataluña golpista del nacionalseparatismo pero que aparecen continuamente en Extranjeros en su país ya que eran de uso habitual en el inframundo de la pesadilla nacionalista ya por aquel entonces.

Extranjeros en su país describe realidades que, por insólitas que pudieran parecer en su momento, se han hecho proféticas, como la de todos aquellos inmigrantes –españoles venidos de otras partes de España a Cataluña en busca de un futuro mejor– que, creyendo apoyar las reivindicaciones a favor del autogobierno y de la lengua catalana, realmente estaban siendo manipulados, vilmente engañados por la gran mentira nacionalista que se estaba cociendo a fuego lento. Robles, a modo de notario de aquel tiempo y lugar, da fe de cómo, en una manifestación de la Diada, “los últimos luchadores contra el franquismo […] inmigrantes del PCC, comunistas bienintencionados, inocentes, ajenos al gran engaño […] envueltos en su acento andaluz” pedían “la autodeterminación de Cataluña” sin saber que con ello avanzaban “en dirección a su exterminio cultural”.

Un claro ejemplo de esta confusión ideológica en nuestra época actual es la sumisión del conjunto de la izquierda –tanto la catalana como la de ámbito nacional– a los diversos nacionalismos ibéricos, siendo el PSC el principal problema –y no solo– en Cataluña; no en vano dicho partido –que muchos abandonamos hace lustros– ha sido acertadamente denominado como la chacha del nacionalismo por el imperdible blog Dolça Catalunya, por estar siempre al servicio de la causa de la desestructuración de la nación española y de sus intentos de confederalización, lo que supondría –de producirse– una segregación encubierta de iure. O qué decir de los socios de Sánchez que, bajo la excusa de la –mal llamada– izquierda, falsamente han amparado dogmas nacionalistas, xenófobos y reaccionarios, como la extrema izquierda podemita, la de la CUP o la de los filoterroristas de EH Bildu. Lo curioso es que, dentro del espectro político nacionalista, dichas organizaciones políticas son directamente intercambiables por partidos de extrema derecha como Junts o partidos de derecha carlistona regionalista como ERC, aunque se disfrace de izquierdista. Ya saben, en estos casos, los extremos se tocan hasta confundirse.

Respecto al exterminio cultural, lo podemos observar en las políticas de desprecio –e incluso de ataque directo e indirecto– que han perpetrado los Comuns de Colau en contra de las casas regionales en Barcelona. Puedo dar fe personalmente de ello: cuando en 2018, a través de CLAC (Centro Libre de Arte y Cultura), organizamos el acto satírico titulado Help Tabarnia Democracy, con Ramón de España, Pablo Planas, Jaume Vives y el que escribe, primero fuimos censurados y expulsados de un centro cívico municipal, la barcelonesa Casa Elizalde, justo al día siguiente de publicitar en redes el contenido del acto, a pesar de haber pagado la reserva de sala con 5 semanas de antelación. Ante tamaño ataque a la libertad de expresión y, en definitiva, a la mentalidad democrática, el irreductible Florencio García, presidente de la Casa de Madrid en Barcelona, nos ofreció rauda y amablemente su magnífica sede para la realización del indeseado acto. Uno de los carnavalescos parlamentos que finalmente se pudieron escuchar versó sobre esa freedom fighter del nacionalismo que es la inmaculada Colau, arcana de la censura y el autoritarismo. Dicho acto irredento de colaboracionismo fue considerado por el ayuntamiento de socialistas y comunistas aún más repulsivo que cualquiera que hubiera llevado a cabo el Mariscal Pétain, por lo que parece, y le costó a dicha casa regional, a la semana siguiente, la reapertura de un expediente municipal –que llevaba varios años en el limbo administrativo– acompañado de una fuerte sanción económica que, lógicamente, las arcas asociativas no podían cubrir. Ningún españolista debía quedar impune y sin castigo; solo les faltó añadir una reprimenda infantil del estilo “i que no es torni a repetir”.

Otra premonitoria realidad que en su momento podría aparentar ser una exageración del autor, a fin y efecto de crear simpatía por un personaje, Ángel, alumno de Adrián, tiene su oscuro equivalente en los tiempos actuales. En el año de la edición del libro, 1992, Ángel –que ejerce de elemento catártico en la percepción cruda y desprecio de la realidad nacionalista por parte de Adrián– es señalado por los profesores y sus compañeros de instituto por ser hijo de guardia civil. El 2 de octubre de 2017, en el instituto Palau de Sant Andreu de la Barca, profesores y profesoras (y no se piensen que uso lenguaje inclusivo, solo describo la realidad de géneros de los acosadores) humillaron en clase a hijos de guardias civiles que acudían al centro –hay una casa cuartel en dicha localidad– tras las cargas policiales del intento de referéndum ilegal del 1-O. Fue un acto vergonzoso por parte de los docentes, tanto como otros muchos que describe Antonio Robles en diversos capítulos de su libro. Pero no todo crimen debe quedar sin su castigo, aunque sea mediático: ese insobornable genio del humor que es JM Nieto, dibujante de ABC, supo plasmar tan repulsiva actitud en una viñeta memorable –que fue merecedora del Premio Mingote 2019– y otorgar así, a una escena execrable, la humanidad y dignidad que los docentes querían arrebatar a esos niños cuyo único pecado era ser hijos de aquellos que el día anterior defendieron, con abnegación y sacrificio, la democracia y el Estado de derecho en Cataluña frente al desafío nacionalseparatista.

Robles, cual Tiresias, también acierta con la siguiente profecía: “Tal como se está planteando la convivencia hoy en Cataluña, no tardarán en aparecer brotes de xenofobia mezclados con reacciones de anticatalanismo”. Efectivamente, la xenofobia no solo ha aparecido sino que se ha institucionalizado a través de la administración autonómica catalana y de muchas de las administraciones locales de la región. Altos cargos, por citar tres, como el expresidente de la Generalidad Quim Torra y las expresidentes del Parlamento regional Carme Forcadell y Núria de Gispert, han hecho del odio y del exabrupto supremacista (“bestias con forma humana”, “colonos”, “invasores”, etc.) no solo su modus vivendi sino un arte tan desarrollado que dejaría en ridículo a cualquier maestro del trivium en cuanto a retórica y dialéctica.

Aunque la reacción de anticatalanismo no se ha dado porque lo que sí que se ha producido es una reacción cívica y pacífica de antinacionalismo, reacción que no proviene de esos feixistes que imaginan ver los nacionalistas por doquier –excepto cuando se miran al espejo– sino por parte de muchos catalanes, libres de nacionalismo, que estamos hartos de ser señalados en los medios del régimen como TV3 y sus abyectos programas humorísticos, de debate e informativos en los cuales somos considerados ya no como ciudadanos de segunda sino más bien como infraseres, deshumanizándonos para dirigir el odio hacia nosotros, siguiendo las tenebrosas enseñanzas nazis con respecto a los judíos en las páginas del semanario Der Stürmer, donde eran dibujados caricaturizados y presentados como enemigos irreconciliables –y por lo tanto a extinguir– del pueblo (nacionalsocialista) alemán.

Robles plantea también en 1992 dos de las grandes lacras que ha sufrido la sociedad catalana: “el silencio de los castellanohablantes” y el triunfo del “proceso de sugestión colectiva a que nos tiene sometidos el chantaje nacionalista [que mantiene] hipotecada la capacidad de crítica de la sociedad”. La segunda situación se ha producido de una manera dual, por lo tanto transversal a la sociedad catalana: por un lado, en los propios nacionalistas al diluirse en la masa, controlada, incitada y dirigida por la subvencionada hidra asociativa nacionalista –cuyas ofidias cabezas mayores han sido Òmnium Cultural y la ANC–, adoctrinados en la escola catalana –y en catalán– y sugestionados por los medios de comunicación públicos y subvencionados; por otro, en los catalanes libres de nacionalismo, ya fueran nuevos catalanes ya fueran catalanes de varias generaciones –como el personaje del profesor Carles– que por miedo a ser excluidos o a quedarse sin trabajo o simplemente a aparentar ser un feixiste, callaron y callaron hasta que, por suerte de un golpe de Estado, el 8 de octubre de 2017 se manifestaron por más de un millón como repulsa en las calles de Barcelona, hecho que se repetiría con igual presencia tres semanas después. En la informe masa nacionalista caben tanto aquellos que cada 11 de septiembre –en esa ilusoria fiesta nacional catalana impuesta por los nacionalistas en el Estatuto de autonomía– realizan toda suerte de ridículos movimientos de masas norcoreanos bajo lemas grotescos, como aquellos otros que, amparados en esa disolución del individuo en la masa –que les otorga plena impunidad para la realización de sus instintos más primitivos de ferocidad destructiva–atacaron, destrozaron y/o quemaron varias ciudades y/o infraestructuras en el conjunto de Cataluña en la conocida como la semana del odio amarillo o lazi de 2019.

Sobre el silencio de los castellanohablantes, no debemos juzgarlo ya que hay que entender en perspectiva lo que supuso la enorme presión social y mediática ejercida sobre ellos durante décadas por parte de la administración catalana, la escuela y los medios de comunicación, tanto públicos como subvencionados. En uno de los pasajes de la novela, Robles describe, en boca de un nacionalista, cómo se niega la existencia de catalanes castellanoparlantes ya que “si hablan en castellano son extranjeros”, extranjeros en su propio país, y que “como no tienen ciudadanía, no tienen derechos, no hay nada a tratar con ellos”. En otro pasaje recoge la esencia del veneno nacionalista, el uso de la lengua como herramienta política y de marcada voluntad segregacionista, cuando menciona un lema viperino pero real de aquel momento, que los alumnos del instituto de Adrián imprimen en pegatinas: “El castellà produeix la SIDA, catalanitza’t!”.

Efectivamente, para muchos catalanes libres de nacionalismo, ya sean catalanoparlantes, castellanoparlantes o bilingües, y para muchos denominados en su momento como los nuevos catalanes –mi madre la africana entre ellos–, estas últimas cuatro décadas han sido las del apartheid nacionalista, en donde se ha tratado de negarles sus derechos y recortar sus libertades si no accedían a ser sometidos por el dogma de la buena nueva de la nació y su absorción lingüística y aceptación de la diglosia –más bien discriminación– en la que nos han obligado a vivir. No en vano, en la gran tradición de la xenofobia nacionalista, en 1934, Pompeu Fabra junto a otros prohombres catalanes –entiéndase ideólogos nacionalistas– redactaron el ruin Manifiesto por la conservación de la raza catalana en el que afirmaban que “tendríamos que ver cuáles serían las características de los nuevos catalanes descendientes de inmigrantes o producto de mezcla” y que los castellanos eran “una raza invasora”. Por cierto, impulsado desde la neomitología nacionalista, muchos de estos xenófobos, racistas y supremacistas tienen dedicadas calles, edificios e incluso universidades. ¿Se imaginan que en Alemania existiera un Hospital –o una Escuela de Medicina– Josef Mengele? Pues en Cataluña existe una Universidad Pompeu Fabra.

Hay títulos que resumen a la perfección la esencia o la idea principal de un libro, pero el de la novela que tienen entre sus manos, Extranjeros en su país, supera cualquier expectativa de lo perfectible ya que más que un resumen es una verdad catártica que simboliza y retrata cruda y sagazmente esa realidad sombría del apartheid practicado durante 4 décadas por los nacionalistas –la minoría, una “pandilla de falangistas disfrazados de catalanes”, como los define acertadamente uno de los personajes del libro– contra los catalanes libres de nacionalismo –la mayoría–, basándose en un estulto, manipulador y mixtificado nacionalismo etnolingüístico en el que se confunde una raza con un grupo de hablantes a los que además se les otorga consideración de etnia diferente –y por ende superior– por el mero hecho de hablar una lengua regional –los que la hablan– que les convierte en el pueblo escogido y en la máxima representación de una pura y perfecta raza superior, cuyo canon ideal podría ser perfectamente el golpista con alma de  etnólogo genetista, el afrancesado Oriol Junqueras.

De ahí la grandeza de este título, de esta docuficción y, sobre todo, de su autor, Antonio Robles, uno de los paladines de más largo recorrido en la historia reciente de nuestra región en la lucha por la defensa de los derechos civiles y las libertades fundamentales que el nacionalismo nos ha querido y sigue queriendo arrebatarnos, en catalán, evidentemente. Incluso en su momento, en ese panfleto de Eduard Voltas, de marcado corte catalibán, titulado delirantemente La guerra de la llengua (1996), ya se reconoce la importancia de la figura y del libro de Antonio Robles, ya que este plantea en Extranjeros en su país aquellas ideas-fuerza que serían la base del pensamiento de muchas de las asociaciones que, a partir de ese momento, aparecerían para defender no solo la lengua española sino los derechos de los castellanohablantes y del conjunto de los ciudadanos catalanes, que estaban siendo pisoteados y tratando de ser exterminados por el régimen nacionalista y sus secuaces.

Si la Cataluña actual fuera una región normal, abierta, plural y plenamente democrática, este libro de Antonio –que es la otra cara de la moneda de la historia oficialista del nacionalismo– tendría el mismo derecho que toda la imaginería cultural lazi a ser convertido en película o serie audiovisual con las mismas ayudas de las que gozan los autores al servicio del régimen nacionalista; y a tener también una versión teatralizada que debería ser estrenada en el TNC, el Teatre Nacional de Catalunya –ya saben que aquí todo se adjetiva así–, teatro cuyo nombre debería mutar, en una Cataluña que consiga superar el nacionalismo, en Teatro Nacional Cervantes, siendo Nacional la alusión a su participación en una red pública de teatros y auditorios que debería crear el Ministerio de Cultura en toda España. Pero la realidad es que en Cataluña solo es nacional lo que se confunde con nacionalista. Un ejemplo cultural de ello es que los galardones de cine de la academia catalana, los Premios Gaudí, usan la lengua como única herramienta para definir la nacionalidad de las películas: solo es cine catalán el que se hace en catalán, lo que supone que, aunque intérpretes, productor, director y equipo técnico y artístico al completo fueran catalanes con vecindad civil catalana, adaptaran y rodaran en su lengua original, el español, la novela histórica sobre Barcelona, La ciudad de los prodigios, del gran literato barcelonés Eduardo Mendoza, no sería considerada una película catalana sino que competiría –según sus bases– en la sección de cine extranjero junto con películas españolas, alemanas, coreanas o canadienses.

Uno de los grandes anhelos –y triunfos– de Antonio fue el del despertar de la sociedad catalana de ese sueño oscuro al que la había sometido el nacionalismo: al igual que unos cuantos de los personajes de su libro, algunos antes y otros más tarde se dieron con la realidad de bruces y, al ver que era tan horrenda y que deseaba arrebatarles hasta la última de sus identidades personales para imponerles como identidad única la emanada de la nació catalana y en catalán, decidieron organizarse en una resistencia, en asociaciones como la Cervantina o Tolerancia –luego vinieron más–; y el gran cambio se produjo con esos ciudadanos de Cataluña que en 2006 dijeron basta y, al amparo de las siglas de C’s (con apóstrofo), consiguieron representación parlamentaria en la cámara autonómica a la que llevaron la lengua española y la idea de libertad, que llevaban largo tiempo ausentes del hemiciclo.

Antonio fue uno de los tres primeros diputados naranjas y su secretario general pero, parafraseando a Bob Dylan, The Times They Are A-Changin’, y con el cambio arribó gente de infausto recuerdo que, a diferencia de Adrián-Antonio o de Elías-Antonio, solo deseaban cargo y sueldo, ya que jamás conocieron ni acometieron la lucha que Antonio sí había ejecutado en la calle y en los claustros reales de los institutos en donde dio clases antes y después de su paso por el parlamento autonómico. Yo no tuve la fortuna de compartir ese tiempo con él, pero sí el posterior y, en especial, el de Tabarnia, esa genialidad, esa arma arrojadiza contra el espejo grotesco del nacionalismo, ese sueño que pudo ser de una Cataluña libre de nacionalismo pero que acabó triturado por el miedo a la insignificancia que temían sufrir los tres partidos constitucionalistas que tenían representación en esas fechas si triunfaba esa alocada pero eficacísima idea creada desde la sociedad civil al margen de la tutela de dichos partidos.

Si desde la mismísima Transición los nacionalistas, que coparon la pérfidamente llamada escola catalana –lo correcto hubiera sido llamarla escola nacionalista, a imagen y semejanza de las Napolas del régimen nacionalsocialista alemán–, se hubieran dedicado a la enseñanza de valores y al librepensamiento –como en el caso del personaje del profesor Elías– en vez de ungir sus esfuerzos con la veneración sacra –imposición mediante– de la llengua y el adoctrinamiento en ideas, si no hubieran querido exterminar –en su sentido más literal de sacar fuera de términos– cualquier tipo de atisbo de la realidad sociolingüística española –más que presente, habitual y regularizada en esa región de España que es Cataluña–, el bueno de Antonio jamás hubiera tenido que escribir esta novela y los profesores nacionalistas como Guifré, Marta o muchos otros, ficticios o reales –de hace tres décadas o de hoy mismo– conocerían bien el refranero español y sus sabias dichas como aquella que reza “honra que anda en lenguas sufre mengua”. Y no hay honra más menguada que la de un nacionalista, si es que alguna vez los verdugos gozaron de dicha virtud o atributo.

NOTA: En estos momentos de crisis y de hundimiento de publicidad, elCatalán.es necesita ayuda para poder seguir con nuestra labor de apoyo al constitucionalismo y de denuncia de los abusos secesionistas. Si pueden, sea 2, 5, 10, 20 euros o lo que deseen hagan un donativo aquí.

 

TV3, el tamborilero del Bruc del procés

Sergio Fidalgo relata en el libro 'TV3, el tamborilero del Bruc del procés' como a los sones del 'tambor' de la tele de la Generalitat muchos catalanes hacen piña alrededor de los líderes separatistas y compran todo su argumentario. Jordi Cañas, Regina Farré, Joan Ferran, Teresa Freixes, Joan López Alegre, Ferran Monegal, Julia Moreno, David Pérez, Xavier Rius y Daniel Sirera dan su visión sobre un medio que debería ser un servicio público, pero que se ha convertido en una herramienta de propaganda que ignora a más de la mitad de Cataluña. En este enlace de Amazon pueden comprar el libro.

necesita tu apoyo económico para defender la españolidad de Cataluña y la igualdad de todos los españoles ante la ley.

DONA

Recibe las noticias de elCatalán.es en tu correo

Etiquetas: Antonio RoblesMonolingüismoPau Guix
Publicación anterior

Ribes: «El PSC nos vende la amnistía, pero no va a haber reencuentro, seguirán persiguiendo el castellano»

Siguiente publicación

Collboni cree que Barcelona solo tiene 1 lengua, y no 2

Contenido relacionado

Foto: VOX
Opinión

Los hijos de Silvia Orriols

sábado, 8 de agosto de 2026
Opinión

Un presidente del Gobierno traidor a España y a toda Europa

sábado, 8 de agosto de 2026
Felipe VI y Juan Vivas. Foto: @GobiernodeCeuta
Opinión

El espigón y la corona

viernes, 7 de agosto de 2026
Siguiente publicación

Collboni cree que Barcelona solo tiene 1 lengua, y no 2

Foto: Flickr Ayuntamiento de Barcelona

La surrealista multa que ha impuesto el Ayuntamiento de Barcelona

 
 
 
 
-->
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Sobre nosotros

  • Quiénes somos y seguridad
  • Contacto
  • Publicidad

Secciones

  • Política
  • Medios
  • Sociedad
  • Deportes
  • Cultura
  • Economía
  • Vida
  • Humor
  • Opinión
  • Aviso legal
  • Política de privacidad y de cookies

Copyright © 2017-2026. El Catalán. Todos los derechos reservados. Powered by APG.

  • El Catalán
  • Política
  • Sociedad
  • TV3
  • Medios
  • Opinión
  • Deportes
  • Cultura
  • Vida
  • Hablemos de futuro
  • Donar
  • Suscríbete
Not enough quota to unlock this post
Unlock left : 0
Are you sure want to cancel subscription?