El feminismo se ha convertido para el PSOE en una herramienta de marketing, un envoltorio brillante que ya no logra ocultar un interior vacío. Durante años, Ferraz ha pretendido ostentar el monopolio de la moralidad en materia de igualdad, repartiendo carnets de «buena feminista» mientras señalaba con el dedo al resto. Sin embargo, la realidad de los hechos ha terminado por derribar un relato que hoy se percibe más como una estrategia de supervivencia política que como una convicción profunda.
La distancia entre lo que se predica en los mítines y lo que sucede en las alcobas del poder es hoy un abismo insalvable. No se puede liderar la bandera de la dignidad de la mujer mientras los nombres de destacados dirigentes aparecen vinculados a tramas de prostitución y juergas pagadas con dinero de dudosa procedencia. Estos episodios no son anécdotas aisladas, sino el síntoma de una cultura interna que utiliza el mensaje de igualdad como un escudo frente a comportamientos personales indefendibles.
El goteo de escándalos, desde el caso Salazar hasta las sombras que aún proyectan figuras como Ábalos o el tristemente célebre «Tito Berni», ha dejado al descubierto una hipocresía sistémica. Es difícil convencer a la sociedad de un compromiso abolicionista cuando los propios cuadros del partido se ven envueltos en situaciones que denigran aquello que dicen proteger. El feminismo del PSOE se detiene justo donde empieza la conveniencia de sus siglas y la protección de sus «fontaneros».
A este deterioro ético se suma una gestión legislativa que ha sido, como poco, temeraria. La ley del «solo sí es sí» marcó un antes y un después en la confianza del electorado femenino, provocando consecuencias nefastas que el Gobierno tardó meses en corregir por pura soberbia política. Aquella reforma, vendida como el mayor avance del siglo, terminó beneficiando a cientos de agresores sexuales, dejando a las víctimas en una situación de desamparo que todavía hoy clama justicia.
La soberbia de La Moncloa ha impedido cualquier tipo de autocrítica real ante estos errores de bulto. En lugar de rectificar con humildad, el sanchismo ha optado por la huida hacia adelante, acusando a los jueces y a la oposición de conspiraciones imaginarias para no asumir su responsabilidad. Es este dogmatismo ciego el que ha fracturado incluso al movimiento feminista clásico, que asiste atónito a la deriva ideológica de un partido que ya no reconoce como suyo.
La ley trans es otro de los campos de batalla donde el PSOE ha sacrificado el rigor jurídico y la protección de los derechos de las mujeres en el altar de las cuotas de poder. Al ignorar las advertencias de sus propias expertas y de las feministas históricas, Pedro Sánchez ha preferido mantener la estabilidad de sus alianzas parlamentarias antes que defender la seguridad jurídica de las mujeres. La política de identidad ha pasado por encima del sentido común y del legado de igualdad real.
La utilización de la mujer como arma arrojadiza contra la oposición es el último refugio de un Gobierno acorralado por la aritmética y la justicia. Se lanzan proclamas grandilocuentes mientras se ocultan bajo la alfombra comportamientos sexistas que en cualquier otro ámbito habrían provocado dimisiones inmediatas. El doble rasero es tan evidente que el discurso socialista ya no genera esperanza, sino un profundo cinismo en la opinión pública.
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