Federalistes de dretes

Josep Ramón Bosch con sus 8 apellidos catalanes

El catalanismo se inició con la Renaixença, movimiento que hay que situar en el contexto europeo de la difusión del Romanticismo, aunque se pueden encontrar los primeros ejemplos de defensa del particularismo catalán en las llamadas bullangas de 1835-36 y de 1840-43 , e indudablemente, en los planteamientos foralistas del carlismo catalán, que reivindicaba el retorno de los fueros y de las leyes tradicionales catalanas abolidas por Felipe V. Gente como Tomás Beltran y Soler y Joan Cortada fueron los primeros ideólogos del catalanismo conservador, ante la rama federalista de Monturiol y Terradas, que posteriormente desarrolló Francisco Pi y Margall con planteamientos republicanos federales.

El primer catalanismo fue de tipo cultural, sin más ambición que recuperar la lengua, la historia y las tradiciones catalanas, impulsado por el movimiento de la Renaixença literaria y que reivindicaba un catalán literario y arcaico, con los Juegos Florales el principal exponente.

Del federalismo surgió el regionalismo de Valentí Almirall, autor de la primera formulación teórica del catalanismo político, con la obra “El Catalanismo” de 1886 y que fue la base al catalanismo político, que no se consolidará hasta el primer tercio del siglo XX.

El catalanismo conservador, impulsado por la burguesía, redactó el primer Proyecto de Estatuto de autonomía, las Bases de Manresa (1892) y, más tarde, formó el primer partido político catalanista, la Liga Regionalista (1901). Uno de sus fundadores, Enric Prat de la Riba, la acuñó en “La nacionalitat catalana” con el afán de conciliar el sentimiento de catalanidad de puertas adentro con el rediseño del Estado español de puertas afuera, queriendo estructurar España como un imperio federado (similar al de Austria-Hungría, la Alemania unificada o el Reino Unido) para generar una convivencia fructífera con las naciones culturales periféricas. Esta opción permitía crear órganos de autogobierno, como la Mancomunidad (constituida en 1914), e intervenir en el Estado, como reflejó el manifiesto “Por Cataluña y la España grande” de 1916. Tal pretensión, como era previsible, generar unas contradicciones que Niceto Alcalá-Zamora resumió en 1918 en una disyuntiva dirigida a Francisco Cambó: “es necesario que elija entre ser el Bolívar de Cataluña o el Bismarck de España, pero es imposible que desee ser ambas cosas a la vez”.

La crisis de la monarquía, la conflictividad social de Barcelona con cientos de muertos entre 1917 y 1923, el golpe de estado de Primo de Rivera y el surgimiento de un nacionalismo de izquierdas con la victoria electoral de ERC en los comicios locales de abril de 1931 provocaron el declive del catalanismo de raíz tradicional y conservadora, hasta que en 1936 el centro derecha catalán apoyó los sublevados para evitar su holocausto a manos de los socios radicalizados a la Generalitat republicana.

Plantear triquiñuelas o pactos como han estado haciendo los partidos políticos españoles con los partidos separatistas no es el camino. Escuchar recomendaciones y consejos de intermediarios obcecados en mantener su posición preponderante en Madrid y al mismo tiempo en Barcelona sería el mayor error que se podría cometer.

Sólo en la idea de seguir compartiendo un proyecto común con todos los españoles y el convencimiento de que las dificultades que pasamos como país serán superadas desde la unidad y no desde la separación, será el camino para que el proceso separatista se desinfle y logremos un relato atractivo entre los catalanoparlantes. Puede sonar a tópico, pero sólo con una efectiva propaganda de recordatorio de las evidencias que nos unen podremos conseguir nuestro objetivo y salir de la permanente discusión sobre la unidad territorial. Mantener estos planteamientos obliga a posicionarte contra la corriente dominante de pensamiento en los medios públicos y subvencionados y en una parte significativa del debate público.

Y no tenemos que temer al proyecto federalista desde posiciones de centro o de derechas. La palabra federalista significa unir y procede de la palabra latina “foedus”, es decir, ‘tratado, alianza o pacto’, y el pactismo es una de las principales tradiciones políticas catalanas. Y tenemos que empezar a romper viejos tópicos inconsistentes sobre el relato del centro derecha catalán que nos ubica como defensores del centralismo más rancio e incapaz de entender el alma catalana. Atrevidos en ciertos planteamientos sobre la propuesta de ayudar a extender la idea federal como concepto positivo y de unidad y despreciando conceptos apriorísticos negativos sobre ella. Federar significa unir. Arrebatar el concepto federal a la izquierda debe ser uno de los puntos de trabajo y discusión de nuevos proyectos que surjan en el centro y la derecha catalana.

El federalismo se desarrolló como doctrina política y opción de gobierno durante el Sexenio Revolucionario de 1868 al 1874 y tuvo una implantación especialmente significativa en Cataluña, proponiendo el reparto de poderes entre los órganos de poder estatales, regionales y municipales. Francisco Pi y Margall fue el principal inspirador y Valentí Almirall el ideólogo, que proponía la modernización de España con la implantación de una república federal que rompiera con el centralismo que impedía el progreso de las zonas periféricas más económica y socialmente,

El Estado autonómico es un Estado federal, se debe trabajar en el desarrollo federal de la Constitución y el reconocimiento de la diversidad de las naciones culturales que forman España y romper con el discurso de odio del separatismo.

Y federados estamos como los cinco cuarteles del escudo de España.


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