El próximo 3 de enero, el RCD Espanyol no solo disputa un partido de fútbol. El equipo blanquiazul se juega, por encima de los tres puntos, la dignidad de una afición cansada de la falta de respeto institucional y deportiva de su rival ciudadano. La memoria del seguidor perico viaja inevitablemente al 6 de mayo de 2006, en la jornada 37 de aquella temporada.
En un escenario construido bajo el amparo de polémicas recalificaciones franquistas, el Espanyol se jugaba la vida mientras el FC Barcelona ya era campeón. Tras un partido decepcionante de los de Miguel Ángel Lotina que terminó en derrota, el Camp Nou entero coreó al unísono «Espanyol, a Segunda División».
Aquel gesto de humillación no cayó en saco roto. Referentes como Raúl Tamudo y Luis García tomaron nota de la actitud de sus vecinos, una afrenta que obtendría respuesta apenas una temporada después con el histórico «Tamudazo». Sin embargo, el desdén hacia la entidad blanquiazul ha persistido en el tiempo. ç
El sentimiento de la grada es claro: se puede aceptar la derrota, pero no el choteo constante. La falta de respeto del Barça hacia el Espanyol se ha hecho evidente en episodios recientes, como los bailes provocadores sobre el césped del RCDE Stadium tras un descenso o los cánticos de jugadores culés durante la celebración del último título liguero reproduciendo lemas de grupos ultras que desean la desaparición del club.
Ante este escenario, el encuentro del 3 de enero trasciende lo deportivo. Frente al denominado nacionalbarcelonismo, el Espanyol saldrá a defender el orgullo de miles de pericos que se niegan a ser silenciados. No es solo una cuestión de clasificación, sino una respuesta necesaria al ninguneo histórico. El equipo debe ser el espejo de una afición que exige respeto y que encara este derbi con la firme intención de reivindicar su lugar y su historia frente a quienes, una y otra vez, han demostrado carecer de elegancia en la victoria.
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