La entrada del nuevo año en Barcelona no ha traído la calma institucional que muchos desearían, sino una nueva muestra de la creciente pérdida de respeto a nuestras fuerzas de seguridad. Apenas despuntaba el sol en el primer día de 2026 cuando los Mossos d’Esquadra se han visto obligados a realizar maniobras evasivas para salvar su integridad física. Un conductor ha decidido recibir el calendario con una actitud delictiva que pone en jaque la convivencia pacífica.
El escenario ha sido el paseo Joan de Borbó, una zona emblemática de la Barceloneta que sigue sufriendo los coletazos de una gestión de seguridad cuestionable. Pasadas las seis de la mañana, en pleno cierre del dispositivo de Nochevieja, un vehículo ignoró las órdenes de alto dadas por los agentes, y así lo ha revelado el digital ‘El Caso’. Lo que podría haber sido un control rutinario se transformó rápidamente en una escena propia de una película de acción.
Resulta alarmante la frialdad con la que el sospechoso pisó el acelerador, arremetiendo directamente contra un coche patrulla. Dentro de la unidad oficial se encontraban agentes que han sufrido el impacto de un sistema que, a menudo, parece más preocupado por no incomodar que por blindar la autoridad de sus policías. La embestida no fue un accidente fortuito, sino un acto de agresión deliberada contra el uniforme.
La situación rozó la tragedia cuando dos policías, que se encontraban a pie de calle, tuvieron que saltar literalmente para no morir atropellados. La pericia y los reflejos de los agentes evitaron que hoy estuviéramos hablando de una noticia de sucesos luctuosa. Es una realidad que el cuerpo autonómico se enfrenta cada día a una hostilidad creciente que los discursos buenistas de la izquierda gobernante no han sabido frenar.
Tras el intento de atropello, se inició una persecución frenética por las inmediaciones del puerto barcelonés. El fugitivo, en su huida desesperada, convirtió el espacio público en un circuito de alto riesgo. La falta de contundencia en las políticas de seguridad ciudadana en Cataluña sigue enviando el mensaje equivocado a quienes deciden delinquir sin miedo a las consecuencias.
Finalmente, el vehículo terminó su carrera accidentándose en la zona portuaria contra el mobiliario urbano. El choque contra una valla y una papelera puso fin a una escena que evidencia la vulnerabilidad de nuestras calles. A pesar de la espectacularidad del impacto, el balance de heridos ha sido nulo por pura fortuna, no por falta de intención del agresor.
Desde sectores críticos, nos preguntamos cuánto tiempo más tardará la administración en dotar a los agentes de un respaldo jurídico y material real. La Generalitat, a menudo distraída en equilibrios políticos con sus socios, parece olvidar que la seguridad es el pilar fundamental de la libertad. Los Mossos no deberían jugarse la vida en cada control de tráfico por la temeridad de individuos que se sienten impunes.
Este episodio en la Barceloneta no es un hecho aislado, sino un síntoma de una Barcelona que pierde brillo y seguridad a partes iguales. La permisividad social y política con ciertas conductas incívicas acaba desembocando en ataques directos contra quienes nos protegen. Urge una reflexión profunda sobre el principio de autoridad en la capital catalana, antes de que los daños sean irreparables.
El conductor ha sido finalmente interceptado tras el siniestro, pero el daño a la sensación de seguridad ya está hecho. Mientras el Gobierno central y el catalán se pierden en retóricas de convivencia, la realidad a pie de calle es mucho más áspera. Los ciudadanos de Barcelona merecen empezar el año con la certeza de que el orden prevalece sobre el caos.
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