Barcelona es un escenario donde la autoridad policial se desafía con una impunidad alarmante. El último episodio de esta deriva ha tenido lugar en la comisaría de Horta-Guinardó, donde un individuo logró infiltrarse esta madrugada armado con un palo. El asaltante no solo vulneró el perímetro de seguridad del parking exterior, sino que desató una violencia desmedida contra los agentes que intentaron frenarlo.
El balance de la agresión es desolador: cinco agentes de los Mossos d’Esquadra resultaron heridos de diversa consideración durante la intervención. La agresividad del atacante fue tal que dos de los efectivos han tenido que causar baja laboral inmediata por lesiones en manos y brazos. Resulta preocupante que las dependencias policiales, que deberían ser los lugares más seguros de Cataluña, se conviertan en blanco de ataques tan directos.
Este suceso no es un hecho aislado, sino que se suma a otro incidente vergonzoso ocurrido el 27 de diciembre en pleno centro de la capital catalana. En la calle Consell de Cent, un hombre de mediana edad protagonizó una escena dantesca al desnudarse y realizar actos obscenos frente a familias con niños. La degradación del espacio público en Barcelona es una realidad que el actual Gobierno y las autoridades locales parecen incapaces de frenar.
Cuando los agentes de paisano intentaron identificar a este exhibicionista en el Paseo de Gràcia, la respuesta fue, de nuevo, una violencia salvaje. El sospechoso llegó a morder a una agente en la mano, provocándole heridas en los dedos que requirieron asistencia médica. La falta de respeto a la figura del agente de la autoridad es un síntoma claro de una sociedad que está perdiendo los valores básicos de convivencia. Ambos episodios han sido desvelados por el digital de sucesos ‘El Caso’.
Llama la atención la pasividad de ciertos sectores políticos que, lejos de blindar a nuestras fuerzas de seguridad, parecen más preocupados por cuestionar sus protocolos. La Generalitat y el Ministerio del Interior deben reflexionar sobre si se están dando las herramientas necesarias a quienes nos protegen. No es de recibo que los agentes tengan que enfrentarse a situaciones de riesgo extremo con una desprotección jurídica y material creciente.
En el caso del ataque en Horta-Guinardó, la situación fue tan crítica que fue necesaria la intervención de los Bomberos y el SEM para sedar al agresor. Incluso una vez detenido, el individuo mantuvo una actitud fuera de sí que obligó a extremar las medidas de seguridad en los propios calabozos. Este tipo de perfiles violentos son los que hoy campan por las calles de una ciudad que se siente cada vez más desamparada.
La política de seguridad de la izquierda, a menudo marcada por el buenismo y la laxitud, está recogiendo sus frutos en forma de caos circulatorio y violencia ciudadana. La prioridad debería ser garantizar que un policía pueda realizar su trabajo sin acabar en el hospital tras cada turno de noche. Sin embargo, la realidad de Barcelona dicta una sentencia muy distinta y mucho más amarga para sus ciudadanos.
Barcelona se encamina hacia un modelo de ciudad donde el civismo es la excepción y la delincuencia la norma si nadie lo remedia pronto. Y no ese el alcalde Collboni el que esté dispuesto a ello, vista su gestión. La seguridad pública es el pilar de la democracia y, en estos momentos, ese pilar presenta grietas demasiado profundas como para seguir ignorándolas.
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