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El Catalán Opinión

¡Es la nación, estúpidos!

"A juicio de los separatistas, este país no estará 'construido' hasta que los no nacionalistas, los ciudadanos catalanes que nos sentimos españoles, hayamos renunciado a nuestra existencia como tales"

Por Antonio Roig
jueves, 28 de julio de 2022
en Opinión
6 mins read
 

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La decisión del separatismo en el poder en Cataluña de dar una patada hacia delante, no solo desobedeciendo el mandato del TSJC, sino revertiendo la situación de aquellos demandantes anteriores que habían conseguido el reconocimiento de su derecho a recibir, por lo menos, un 25% de clases en español, ha constituido un acto de soberbia muy propio del carácter del catalanismo. Un acto de desobediencia difícil de entender, por otra parte, si no fuera en una situación política tan inestable como la actual (con un gobierno central sumamente débil y necesitado de todo tipo de apoyos) y una remisión en Cataluña del empuje popular del separatismo (con sus fuerzas políticas cada vez más radicalmente divididas).

Pese al previsible retraso que los defensores de los derechos de los hablantes de español van a experimentar, justo cuando la última sentencia del Supremo parecía constituir –por fin– una victoria definitiva y sin retroceso, el puñetazo en la mesa del consejero de educación Gonzàlez (sic) Cambray tiene una especial virtualidad: deja las cosas meridianamente claras y nos ahorra largos discursos argumentativos dirigidos a demostrar la falsedad de los dogmas de los partidarios de la inmersión. Al mismo tiempo, abate todas las defensas de las fuerzas de la izquierda (¿?) catalana que deja al descubierto con quién está (y no es, ciertamente, con las clases populares).

Efectivamente, se trata de potenciar el modelo educativo de país, una fórmula que es un auténtico clásico en el vocabulario nacionalista. Esta expresión puede parecer normal a oídos de un ciudadano de cualquier otra parte de España: ¡pues claro, es el modelo educativo de Cataluña! Pero no, lo que se quiere decir es que debe ser una educación que construya país. Pero ¡qué clase de país es éste, que aún lo tenemos que construir!

Esa es la cuestión. Y ese es nuestro drama. A juicio de los separatistas, este país no estará “construido” hasta que los no nacionalistas, los ciudadanos catalanes que nos sentimos españoles, hayamos renunciado a nuestra existencia como tales. Muchos ya han emprendido el camino, pero temo que no por convicción profunda, sino por el deseo de agradar al poder. Como los demócratas de toda la vida que surgían de debajo de las piedras a la muerte del dictador.

El catalán no es sólo una lengua que hay que aprender, sino que es LA lengua de Cataluña, la lengua de sus instituciones, la lengua de la escuela. Por lo tanto, también de todas las comunicaciones orales y escritas, de los profesores entre sí y con las familias, etc. etc. En todo momento y en todo lugar, desde el aula hasta el comedor, desde los carteles hasta las instrucciones en los retretes.

Se acabaron las mentiras: que si con el sistema de inmersión los alumnos catalanes aprenden mejor español que los de cualquier otra parte de España, que si les basta con unos leves soplos al oído para aprenderlo cuando los maestros se les acercan en la enseñanza individualizada en los primeros cursos de Primaria, que si –en realidad– ya lo aprenden en la calle, etc.  Ya no hacen falta circunloquios, directos al grano y con todo descaro: el catalán es LA lengua de Cataluña y punto.

¿Por qué esta cerrazón? La razón es muy sencilla y bien conocida. Las fuerzas políticas que nos gobiernan (y que tienen claro lo que quieren) persiguen la independencia de Cataluña y no lo ocultan. Pero para justificar ese empeño necesitan demostrar que Cataluña YA es una nación, solo que sometida por siglos de injusto dominio de España, dominio del que es imprescindible desprenderse.

La definición de nación es complicada, pero hay cierto consenso en que deben darse unas condiciones: un territorio común, un “pueblo” con unas características propias, una Historia que revele rasgos estables y duraderos, una cultura, es decir, un modo de ser y proceder identificable, y/o una lengua.

Ninguna de esas condiciones se da de modo suficiente y claro a lo largo de la existencia de Cataluña (ya hemos podido ver que ellos mismos reconocen que está aún por construir). La que los pensadores del “Renacimiento” del catalanismo romántico en el siglo XIX juzgaron más propia del espíritu catalán y más fácil de identificar, era la lengua; las demás eran manifiestamente descartables. Pero también la lengua catalana es un rasgo problemático porque, si bien ha acompañado el devenir de Cataluña desde el inicio de su historia, lo ha hecho siempre, de grado o por fuerza, acompañada del español. Así era, también, en el siglo XIX, y así sigue siendo en los siglos XX y XXI. Se da la circunstancia de que la escasa natalidad de la población catalana ha precisado siempre de mano de obra foránea para su crecimiento económico.

Y esta es la situación actual. Los ciudadanos catalanes de lengua materna catalana constituyen una minoría (31,5%, IDESCAT, 2018, último disponible). En la mente retorcida del nacionalista domina el sueño húmedo de ¡catalanizar a la población catalana! para construir una nación como debe ser (un sol poble, una sola llengua) (de paso, juntamente con la lengua, se les introducirá por donde sea posible el resto del espíritu catalán, en forma de mentiras o medias verdades históricas y toda clase de sueños de grandeza para entretenerle en su travesía hacia Ítaca).

Nadie puede llamarse ya a engaño. Lo han dicho alto y claro y con todas las letras. Se han plantado frente a las resoluciones judiciales y han dicho con claridad por dónde se las van a pasar. Se trata de un nuevo golpe, un desafío a los poderes del Estado. Un Estado sin convicciones y sin fuerza moral ni de ningún otro tipo para enderezar la situación. El Gobierno se dispone a negociar con los separatistas catalanes como si tratara con otro Estado. El fiscal general no ve problema alguno en desobedecer abiertamente a los tribunales. El Ministerio de Educación tiene la pluma en la mano, a la espera de que le dicten lo que tiene que escribir. Y el presidente del Gobierno no tiene otro afán que mantener el Falcon bien pertrechado y buscarse un buen futuro para cuando, a no tardar, lo desalojen de la Moncloa.

A la hora de cerrar este comentario, el presidente del Gobierno ya se había comprometido a no recurrir la nueva Ley de la Generalidad, a apoyar la inmersión y a promocionar el catalán en el orbe entero, amén de un sinnúmero de otras concesiones relativas al secesionismo (otras tantas victorias para los separatistas). Solo nos cabe esperar que la debilidad de nuestro Presidente para mantener la palabra dada arruine este proyecto antes de que acabe la legislatura. Cada concesión al nacionalismo es otro hachazo a los derechos de los ciudadanos catalanes que no comulgan con el secesionismo.

Y todo ello con la aquiescencia de los partidos llamados (a sí mismos) de izquierda. Podemos se ha negado a escuchar a Escuela de Todos, la entidad que representa a las familias afectadas por la exclusión del español en la escuela. El PSC sigue con su complejo de Jano bifronte: una cara dice A y la otra hace B. La que dice A, mira hacia el electorado del cinturón industrial, pero la que hace B mira por los intereses de la burguesía.

Después de amagar con defender el criterio del TSJC, han acabado apoyando el golpe institucional de los separatistas y liderando una reforma de la Ley para blindar la inmersión. Y así, siempre. Los Comunes hace mucho tiempo que perdieron el detector de burgueses y, como el PSOE, se entretienen con las identidades y haciendo escraches a la derecha (es decir, a todos los que no piensan como ellos).

A todos, la lengua les importa un bledo. La prueba de ello es que, en su inmensa mayoría, nuestros dirigentes rehúyen la escuela pública y mandan a sus hijos a otras donde el catalán no es la lengua de la escuela. Eso queda reservado para los inmigrantes de hoy y de ayer, los que deben ser reconvertidos en catalanes catalanohablantes a la fuerza, para que los señoritos no necesiten hablar con el servicio en español (como en Ubú President). Lo que les priva es el sueño de una Cataluña convertida en un gran pequeño país y, sobre todo, conservar unos salarios que no tienen parangón en el resto de España y, casi, en el mundo entero.

No, el problema no es la lengua, sino la construcción de la nación.

Antonio Roig Ribé, de la Asociación por la Tolerancia. 2022-07-27

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TV3, el tamborilero del Bruc del procés

Sergio Fidalgo relata en el libro 'TV3, el tamborilero del Bruc del procés' como a los sones del 'tambor' de la tele de la Generalitat muchos catalanes hacen piña alrededor de los líderes separatistas y compran todo su argumentario. Jordi Cañas, Regina Farré, Joan Ferran, Teresa Freixes, Joan López Alegre, Ferran Monegal, Julia Moreno, David Pérez, Xavier Rius y Daniel Sirera dan su visión sobre un medio que debería ser un servicio público, pero que se ha convertido en una herramienta de propaganda que ignora a más de la mitad de Cataluña. En este enlace de Amazon pueden comprar el libro.

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