Esquerra Republicana atraviesa un momento de identidad confusa, atrapada entre su esencia separatista y la deriva progresista que algunos de sus rostros más mediáticos pretenden imponer. Este lunes, la secretaria general del partido, Elisenda Alamany, se ha visto obligada a ejercer de bombero ante el último incendio provocado por Gabriel Rufián. El portavoz en el Congreso, siempre dado al espectáculo, ha sugerido la creación de un «frente unitario» de izquierdas para combatir a la derecha, una propuesta que ha caído como un jarro de agua fría en la sede de la formación.
La intención inicial de Alamany era denunciar, una vez más, las deficiencias de Rodalies, pero el interés informativo se desplazó rápidamente hacia la indisciplina estratégica de Rufián. El diputado no solo lanza globos sonda sobre coaliciones plurinacionales, sino que se dedica a impartir charlas en Madrid junto a dirigentes de Más Madrid. Esta agenda propia, que parece más enfocada en su supervivencia personal en la capital que en los intereses de su partido en Cataluña, ha generado una incomodidad evidente en la cúpula republicana.
El mensaje de Alamany fue tajante para evitar interpretaciones creativas: las siglas de Esquerra son innegociables. La dirección rechaza de plano diluirse en una amalgama de partidos de izquierda española para las elecciones generales, limitando cualquier colaboración a citas de circunscripción única, como las europeas, donde la marca nacional sufre menos.
La estrategia oficial del partido pasa por un nacionalismo de izquierdas «arraigado» al territorio, lo que ellos denominan un proyecto «de Cataluña y para Cataluña». Esta postura choca frontalmente con la visión de Rufián, quien parece más cómodo buscando el aplauso del progresismo madrileño que picando piedra en el electorado catalán que el partido ha perdido en los últimos ciclos. Alamany tuvo que recordar que el mejor antídoto contra sus adversarios políticos es la soberanía, no los experimentos electorales de dudosa eficacia.
A pesar del evidente desplante a la propuesta de su portavoz, la secretaria general intentó maquillar la brecha con una condescendencia notable. Aseguró que le parece «estupendo» que Rufián realice actos sobre la extrema derecha, otorgándole el papel de mero divulgador de valores allí donde el partido no llega. Es, en esencia, una forma elegante de decir que el diputado tiene permiso para hablar, pero no para decidir el rumbo de la nave.
Lo cierto es que esta libertad de movimiento de la que goza Rufián —quien, según Alamany, no necesita pedir permiso para sus «charlas»— responde más a la necesidad de no abrir más frentes internos que a una confianza real. ERC viene de un periodo de crisis cruenta y pérdida de poder institucional tras la salida de la Generalitat. En este contexto, un enfrentamiento directo con una de sus caras más reconocibles sería un lujo que el partido no se puede permitir.
La dirección se esfuerza por vender una imagen de recuperación basada en el «trabajo bien hecho», intentando pasar página tras el estallido de las disputas internas que casi desintegran la formación. Sin embargo, la realidad es que el partido sigue lamiéndose las heridas mientras intenta reconectar con una base electoral desencantada. La prioridad ahora es la estabilidad, aunque sea una estabilidad de cartón piedra mantenida por declaraciones ambiguas.
Para zanjar cualquier duda sobre el futuro inmediato, Alamany llegó a confirmar que Rufián podría repetir como candidato al Congreso si así lo desea. Es el premio de consolación para un político que ha visto cómo su idea de un «Frente Amplio» era despachada con una sonrisa irónica por su propia jefa de filas. Se le permite seguir en Madrid, pero con la correa corta y el logotipo de ERC bien visible en la solapa.
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