Entrevista a Martín Casariego: “El nacionalismo es lo contrario a la izquierda”

El madrileño Martín Casariego (1962) es conocido por novelas como La jauría y la niebla o El juego sigue sin mí (premio Café Gijón de novela en 2014) pero también por guiones como el de Amo tu cama rica. En los últimos años, Casariego se ha significado políticamente denunciando la deriva separatista en Cataluña, comunidad que cree sumida en un hondo deterioro.

En una ocasión, afirmó que lo más peligroso del nacionalismo son sus políticas lingüísticas.

No sé si dije algo tan tajante. Pero es una de sus puntas de lanza: una forma de dominar, de imponer, de acallar, de dividir, de amedrentar a la sociedad. Todas las lenguas son hermosas, sin excepción. Pero en España, en las “comunidades históricas” —por cierto, ¿Castilla no lo es?—, muchos tienen la tentación de utilizar los idiomas que no son comunes para lo que acabo de mencionar. No para comunicarse, sino para señalar y discriminar.

Una de las señas del nacionalismo catalán ha sido su oposición a distribuir la riqueza entre los distintos territorios del Estado. ¿Por qué sus reivindicaciones siguen asociándose a la izquierda?

La confusión de una buena parte de la izquierda es trágica. El nacionalismo es lo contrario a la izquierda. Pero durante años ha funcionado esa forma de intimidar que es llamar facha a todo aquel que no comulgue con ruedas de molino. Por suerte, muchos estamos perdiendo el miedo a eso. A mí me da igual que me llamen facha si lo hacen porque sostengo que quien paga los impuestos son los ciudadanos, no los territorios, o que el español es un bien común, o que la seguridad social debe ser única para toda España. Y me da igual, porque sé que más fachas son los que sostienen lo contrario. Fíjese, he dicho “España” y no me ha salido urticaria. Hay una parte de la izquierda que es consciente de esto. Pero otra sigue acomplejada.

La columnista Aurora Nacarino-Brabo ha recordado que Quim Torra es autor de los “comentarios más xenófobos acreditados por un dirigente político en Europa”. ¿Cómo es posible que alguien de estas características gobierne hoy Cataluña?

Ilustra el deterioro de Cataluña. Mire, en Madrid hemos tenido a un expresidente en la cárcel, por corrupción. Y nadie le ha defendido, nadie ha atacado a los jueces, y nadie se ha puesto un lacito. Nos ha parecido bien: si ha cometido un delito, que lo pague. Lo de Quim Torra es lamentable, y peligroso. Y que la gente le vote, también. Y, por cierto, Torra resulta patético, como esos dirigentes nazis bajitos, feos y morenos que hablaban de la raza aria. Que ese señor hable de superioridad genética… No hay por dónde cogerlo.

Por otro lado, Torra ha vuelto a negar un problema de convivencia en Cataluña, señalando que “un país no se fractura por un debate político, sino por las desigualdades”. ¿Es así?

En Cataluña los no nacionalistas llevaban años callados, aguantando. Y, por cierto, sin ayuda del Gobierno, fuera éste del PP o del PSOE. Cuando han empezado a protestar, hartos de ser pisoteados, la convivencia se ha hecho más difícil. Claro, como en un hogar si la mujer responde al maltratador. Se lía. Pero es mejor eso que el silencio. En cuanto a las desigualdades… ¡Pero si el nacionalismo lo que hace es fomentarlas! Y Cataluña, al dedicar tantos recursos a la causa independentista, ha descuidado la sanidad, la educación, etcétera. Si yo fuera nacionalista madrileño —algo que por fortuna no existe, y espero que siga sin existir— estaría encantado con los señores como Torra o Rufián. Gracias a ellos, Madrid va a superar económicamente a Cataluña. Como lugar de acogida ya lo ha hecho, evidentemente.

Muchos han cuestionado que un político francés como Manuel Valls opte a la alcaldía de Barcelona. ¿Son críticas razonables?

No sé si es un acierto o un error de Ciudadanos. Más allá de eso, Valls ha nacido en Barcelona. José Montilla nació en Córdoba. Un lugar, para los que critican a Valls, tan extranjero como Francia. Si eso es todo lo que se les ocurre para atacarle, entonces Valls es muy buen candidato para la alcaldía de Barcelona. Y después de Colau, podría ser una bendición.

Últimamente, le hemos podido ver en algunos actos de Ciudadanos, partido al que el nacionalismo y parte de la izquierda sitúa en la “ultraderecha”. ¿Debemos creerles?

Hay que creerles igual que cuando dicen lo de “un sol poble”. Es muy simple: si tienes a la derecha al PP y a Vox, y a la izquierda al PSOE y a Podemos, es que estás en el centro. Calificar a Ciudadanos de ultraderecha es una forma de estigmatizar sin argumentar. Una vieja táctica, muy usada por fascistas y comunistas. Yo nunca he militado en ningún partido, y sigo sin hacerlo. Pero hoy Ciudadanos es el que me despierta más simpatías.

El Gobierno de Sánchez ha restado importancia a los altercados del pasado 1 de octubre y ha pedido “no entrar en las provocaciones de los independentistas”. ¿Le parece una estrategia adecuada?

No. Es cierto que el conflicto catalán es un terreno pantanoso, pero ceder con los extremistas nunca da buen resultado. ¿Por qué iba a darlo? Hay que poner líneas rojas, pararse tras ellas y no retroceder. Porque los nacionalistas viven en y del conflicto, y el terreno que ganan no sirve para apaciguarles, sino para darles más alas. Por supuesto, hay que enfrentarse con toda la delicadeza del mundo, pero también con firmeza. La razón está del lado de los que no quieren romper ni España ni Cataluña. El problema, claro, es que para muchos es todo una cuestión emocional, visceral. Tanto, que prefieren a un facha racista, corrupto, lo que sea, mientras diga que España es la fuente de todo mal. La resistencia de muchos catalanes a todo esto es ejemplar y emocionante.

Sánchez también ha citado el caso de Quebec como ejemplo para Cataluña, lugar en el que se han celebrado dos referéndums de autodeterminación. ¿Es un referendo la solución?

Podría serlo. Y por otra parte, igual mañana Sánchez sale con otra cosa. Pero lo importante es: ¿qué referéndum? Yo quiero votar también, porque soy español y por lo tanto Cataluña me concierne. Y, además, si se desgaja una parte de España, ¿por qué no de Cataluña? Hay quien dice que lo de Tabarnia es una buena broma. Yo creo que es mucho más que una broma, es muy serio. A mí me encantaría ese referéndum, pero eso sí, con las condiciones y las consecuencias claras; y con la posibilidad de que se creara, si los resultados así lo indicaran, una nueva comunidad para la parte de Cataluña que quisiera seguir siendo parte de España. Tengo la vaga sensación de que esto, completamente lógico, no sería aceptado por los independentistas.

Ensayistas como Mikel Arteta han alertado del avance de las políticas nacionalistas en Valencia. ¿Cree que podría extenderse el problema catalán a otras comunidades?

Está pasando. ¡Fíjese en lo que ocurre en Baleares! En según qué cosas, se da preeminencia a saber catalán o vasco frente a los conocimientos. Es un disparate. En la Sanidad, por ejemplo. Yo no quiero que me hablen en tal idioma. Lo que quiero es que me diagnostiquen y traten bien. Y si en España el médico me habla en español, ¿cuál es el problema? El virus nacionalista se propaga con rapidez. Y es que es tentador tener a alguien a quien echar la culpa de todos nuestros males. Nos ayuda a sobrellevarlos, nos libera.

Recuerde que al final de La peste, Camus nos cuenta que el bacilo de la peste no muere ni desaparece, sino que espera pacientemente hasta el día en que “despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”. El libro era una metáfora sobre el fascismo, sobre los totalitarismos. El nacionalismo es una de las caretas de la intolerancia y el totalitarismo, causante de guerras con millones de muertos. Y, por lo que estamos viendo, en la dichosa Cataluña, en la dichosa Barcelona, y en otras partes, las ratas se han despertado. O las han despertado. Y hay que combatir ese bacilo, que llevaba muchos años incubándose.

Por Óscar Benítez


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