Entrevista a Joaquim Coll: “La exclusión del castellano en la escuela es un despropósito”

Joaquim Coll

El historiador Joaquim Coll (Barcelona, 1967) fue vicepresidente de Sociedad Civil Catalana y uno de los impulsores de Federalistes d’Esquerres. También articulista, en la actualidad colabora en medios como El País, El Periódico o Crónica Global. Con ocasión de esta charla con El Catalán, Coll defiende con entusiasmo la candidatura de Manuel Valls, cuya victoria representaría “pasar página” en Cataluña.

Usted es muy crítico con el sistema de inmersión lingüística. ¿Cuáles son sus motivos?

Al principio, al ser catalanoparlante, no era tan crítico con la inmersión: pensaba que se buscaba normalizar el uso del catalán. Luego, advertí que lo que en realidad se pretendía era modificar la estructura sociolingüística y tender hacia el monolingüismo —aunque los mismos nacionalistas lo saben imposible—. Con este objeto, excluyen el castellano de las instituciones y de la enseñanza. Esto último es grave, porque a una sociedad bilingüe le corresponde una escuela igualmente bilingüe. Lo cual no significa un 50% en cada idioma: se puede ser flexible para dar más importancia al catalán. Pero la exclusión dogmática del castellano como lengua vehicular, si se analiza, es un despropósito.

En realidad, todo es mentira en la inmersión, empezando con el nombre: solo es inmersión para los castellanohablantes, para los catalanohablantes es educación en lengua materna. Bajo ese rótulo bonito, salvífico, de la inmersión —te bañas en ella y, de algún modo, te purificas— no hay más que una escuela nacionalista. Lo mismo ocurre con la llamada Escola Catalana. ¿Qué pensaríamos de una Escuela Española? Por otra parte, el tabú que rodea a la inmersión —al discutir, sus defensores son incapaces de aportar argumentos— me parece el máximo exponente del bloqueo mental en el que se está instalada gran parte de la sociedad catalana.

En su artículo La violencias del procés cuestionaba que este movimiento haya sido totalmente pacífico.

En efecto. De entrada, proponerse romper un Estado no tiene nada de pacífico: conlleva una violencia implícita. A veces, no es necesario que haya puñetazos para que se perciba violencia en el ambiente. Un ejemplo de ello es que en la sociedad catalana ciertas opiniones no tienen cabida.

En mi caso, la violencia simbólica la percibí claramente en el año 13. De camino a una calçotada en la Cataluña interior recorrimos rotondas y pueblos repletos de esteladas. Me sentí mal, golpeado. Era una forma de decirnos: “Ya hemos decidido”. También es violencia simbólica que las instituciones sean una maquinaria de agitación y propaganda. O que asociaciones y entidades como las universidades se manifiesten continuamente rompiendo su propio código deontológico. Todo eso ejerce una gran presión sobre el que no está de acuerdo.

En este sentido, ¿es cierto que no hay fractura social tal y como asegura el separatismo?

Está claro que tenemos una sociedad rota. Un amigo que vive en Estados Unidos me decía hace poco: “Se nota más tensión en Cataluña que en Estados Unidos con Trump”. Es normal, porque en Cataluña lo que se pretendía era un salto al vacío. Es decir, que una minoría impusiera un proceso de ruptura sin legitimidad para ello. Y es que a veces deberíamos preguntarnos: “¿La secesión en democracia es legítima?” Puede ser legal, pero no legítima. ¿Cómo podría serlo cuando los catalanes gozamos de los mismos derechos que los españoles? ¿O cuando España es uno de los países que más y mejor recoge la diversidad lingüística? ¿Es legítimo que los ricos no paguen impuestos? Por otro lado, ¿se puede ir a unas elecciones con un programa de golpe parlamentario? En nuestro país, la Constitución no es militante y permite reformar cualquiera de sus partes. Pero se debe tener la mayoría necesaria para hacerlo.

En cualquier caso, es innegable que el procés ha quebrado la convivencia y fracturado la sociedad. Ha sido tremendamente dañino.

Con frecuencia se escucha que no debe “judicializarse la política”. ¿Es una reclamación sensata en lo que respecta a Cataluña?

Se trata de un tópico muy nocivo. Los políticos deben estar sometidos al Estado de derecho: si cometen delitos, tienen que ser juzgados. En la vista del juicio, hemos escuchado: “Eran políticos haciendo política”. Sí, pero al mismo quebraban leyes constitucionales y estatutarias. Ese tipo de frases dan a entender que no han hecho nada, pero eso no es cierto. Iniciaron un golpe parlamentario, nada más y nada menos. Y este, obviamente, debe tener consecuencias.

También ha cuestionado que Oriol Junqueras sea el político moderado que algunos ahora aseguran que es.

En mi opinión, Junqueras es uno de los máximos responsables del desastre actual. Es quien más ha fanatizado a parte de la sociedad con el discurso de “España nos roba”. Recordemos que llegó a decir que, con lo que nos sustraía España, cada catalán podía comprarse un coche nuevo todos los años. Aunque Pujol ya diseminó esas ideas, Junqueras hizo una magnífico trabajo para que calase en el cuerpo social. En el fondo, ha desempeñado el mismo papel que Farage en el brexit.

Asimismo, estamos frente a un fanático esencialista. Sostenía que él seguiría siendo independentista aunque España fuese el mejor país del mundo. Nunca le han movido motivos sociales, sino nacionalistas y románticos. Y, bajo ese aire de sacristía, ha perseguido el poder a toda costa.

En conclusión, fiarse de alguien así —que además fue quien en un momento tan grave como el 1 de octubre empujó a Puigdemont a la DUI— es una enorme insensatez.

Por otra parte, en la entrevista que Junqueras ha concedido a El Periódico no reconoce haber cometido ningún error.

Esto es común a todo el secesionismo. Critican siempre la actuación policial del 1-O, pero nunca muestra empatía hacia la otra Cataluña. En aquellas fechas, muchos ciudadanos sufrían ante la amenaza de la DUI. ¿Quién se responsabiliza por ese sufrimiento? Mientras muchos constitucionalistas han criticado el desastre del 1-O, los nacionalistas no admiten error alguno. Eso sin contar que solo conceden voz de ciudadanía a los catalanes que, no siendo independentistas, dan su visto bueno a un referéndum. Si cuestionas la idoneidad de una consulta, no existes.

Según indicadores internacionales, España es uno de los países menos nacionalistas del mundo. En este aspecto, ¿supone un cambio la irrupción de Vox?

Por desgracia, no es descartable. Aunque está por ver cuál será el impacto de Vox. El partido es puro populismo de derechas, un nacionalismo identitario español que hasta el momento había permanecido oculto, sobre todo, en el Partido Popular. De hecho, Vox es una escisión ideológica del PP que finalmente ha tomado carta de naturaleza. Lamentablemente, su aparición —que se debe en parte al procés— pone fin a la anomalía que representaba carecer de ultraderecha en España.

Sin embargo, como todo en la vida, puede tener efectos positivos. En este caso, al quedar la competencia en la derecha muy saturada, podría obligar a Ciudadanos a mirar hacia el centro. De este modo, evitaríamos el peligro de regresar a una dinámica de bloques —con un frente nacional y otro popular—que no conduce más que a la esterilidad.

Pablo Iglesias disculpó las palabras de Quim Torra en la que reivindicaba la vía eslovena porque, según Iglesias, Torra “dijo algo que no piensa, se le calentó la boca. Nadie está libre de ello”. ¿Comparte esa valoración?

No, es evidente que la vía eslovena era uno de los referentes del secesionismo. De hecho, fue lo que se intentó llevar a cabo: referéndum unilateral y secesión de hecho. Al final, no dieron el salto definitivo por una serie de circunstancias que aún no están claras. ¿Qué ocurrió? ¿Cómo es que personas que no piensan en otra cosa gestionasen tan mal el pos uno de octubre? Es uno de los grandes misterios. Tal vez, les faltó un liderazgo claro.

En cuanto a la posibilidad de la violencia, no han faltado intervenciones de sus líderes en las que no descartaban un escenario de esas características. Es más, el nacionalismo no hizo nada para que todo aquello no se le fuera de las manos. Y es que de fanáticos como Quim Torra, que afirma que “fuera del hecho nacional, no existe la vida”, puedes esperar cualquier cosa.

Pedro Sánchez ha alertado contra los que quieren volver al “centralismo predemocrático”. ¿Es un riesgo real?

No, es parte de ese lenguaje hinchado que se practica en política. Ni Sánchez es partícipe y cómplice del golpe separatista, como afirma Casado, ni la oposición pretende instaurar un “centralismo predemocrático”, como dice el Gobierno. Ese lenguaje guerracivilista solo persigue estigmatizar al adversario. No obstante, los constitucionalistas deberían tener sentido de Estado y no caer en extremismos, ni en el lenguaje ni los hechos. Y es que, mientras unos no le hacen ascos a Vox, otros no rechazan pactar con los separatistas.

No ha ocultado su simpatía por la candidatura de Manuel Valls. ¿Qué representaría la victoria del ex primer ministro francés?

La victoria de Valls en Barcelona sería lo más disruptivo que podría pasar a corto plazo en la sociedad catalana. Significaría pasar página. En mi opinión, Valls se merece un apoyo transversal. Por una parte, es un candidato de prestigio —aunque en toda carrera política hay aspectos controvertidos— que proviene de la izquierda antidogmática, y que toma como referentes a socialistas como Michel Rocard o Felipe González. Por otra, es capaz de entenderse tanto con el centro liberal y europeísta como con la derecha inteligente en los grandes asuntos. Su candidatura es, además, un ejercicio de valentía, ya que ha renunciado a su sociedad natal y puesto Barcelona por encima de todo sin tener nada asegurado.

Aparte de eso, en estos momentos no hay ningún otro candidato constitucionalista y progresista que, como él, pueda salir a ganar. Y teniendo en cuenta lo negativa que ha sido la gestión de Ada Colau hasta ahora, brindarle nuestro apoyo constituye prácticamente un deber de ciudadanía.

Por Óscar Benítez


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