Entrevista a Álex Sàlmon: “La izquierda no puede ser nacionalista”

Álex Sàlmon.

Álex Sàlmon (Barcelona, 1962) es director de la edición catalana del diario El Mundo. Elegante y moderado pero en absoluto equidistante, Sàlmon ha charlado con nosotros sobre la situación actual de Ciudadanos, la ambivalencia de Ada Colau o la naturaleza “posmoderna” del golpe catalán.

Usted nació en Barcelona. ¿Qué siente al escuchar al presidente Torra afirmar que la Ciudad Condal ha abdicado de ser la capital de Cataluña y que esa función la cumple Girona?

Los barceloneses militantes nos sentimos muy de la ciudad. Y es que, mientras que ser catalán no implica conocer toda Cataluña, ser barcelonés conlleva conocer toda la ciudad: desde Torre Baró al distrito de Sant Martí, desde Pedralbes a las callejuelas de Ciutat Vella. Los barceloneses conocemos nuestros barrios, nuestras calles, nuestros problemas. ¿Qué dejamos de ser capital de Cataluña? Nos da igual: lo importante es seguir siendo Barcelona. Por otro lado, Girona también es una ciudad fantástica. En fin, es un asunto que da un poco de risa.

Es autor de un libro sobre los orígenes de Ciudadanos: El enigma Ciutadans. ¿Cómo valora la evolución del partido, ahora que ha recibido tantas críticas por aceptar el apoyo de Vox?

Ciudadanos y Rivera se han separado de su origen. El programa de Ciudadanos, antes de que lo cambiasen en aquel congreso hace un par de años, decía que abrazaban tanto el liberalismo progresista como el socialismo democrático. Sin embargo, Rivera, tras darse cuenta de que en el resto de España existía un paquete de votantes conservadores a los que podía captar, cambió al liberalismo. Poco a poco, se ha ido distanciando del centro, lo que le ha hecho ganar diputados pero también alejarse de la presidencia —recordemos que ésta solo se consigue desde el centro—.

Pese a ello, Cs sigue siendo un partido muy abierto en cuestiones sociales tales como el aborto y la eutanasia, en los que maneja argumentos opuestos a los de la derechona. Pero claro, no importa solo tu acción política sino la imagen que proyectas y cómo te retratan los demás. El mensaje permanente de que Cs es de derechas ha acabado haciendo mella en sus votantes de centroizquierda, que se plantean dejar de votarles. Es cierto que su estrategia actual les ha granjeado un porción sustancial de votantes, pero no sé si a diez años vista la jugada les saldrá bien.

En la últimas semanas, hemos conocido que el 98,5% de los colegios catalanes margina el castellano o que pedir la selectividad en este idioma es registrado como una “incidencia”. Siendo tan restrictiva la política lingüística catalana, ¿por qué parte de la izquierda la sigue apoyando?

Es un error de base que nace en los años 70. Entonces, lo sindicatos que movilizaban a la izquierda entendieron que había que apostar por el catalán para favorecer la integración. Pero esa voluntad, que al principio estuvo muy bien, fue derivando en una política excluyente por culpa del gobierno catalán. Así, de la normalización lingüística en los 80 pasamos al decreto de inmersión en los 90 para terminar con la ley de política lingüística del 98. Fíjese como cambian las palabras: normalizar un lengua es muy distinto de instrumentalizarla políticamente.

Por su parte, el nacionalismo se mostró muy habilidoso a la hora de estigmatizar a los que levantaban la voz contra sus planes lingüísticos, tachándolos sin contemplaciones de fascistas. Esto hizo sentir a la izquierda insegura, que desde entonces se ha mostrado temerosa y sin las ideas claras. Pero lo de la selectividad que cita es gravísimo. ¡Una incidencia por pedir el examen en castellano! Oiga, venimos de una dictadura de cuarenta años en la que se imponía una lengua; ahora, estamos en democracia y no caben ese tipo de imposiciones.

Según una encuesta reciente realizada por el Consejo Audiovisual Catalán (CAC), TV3 es la televisión más objetiva y plural de panorama catódico español. ¿Le parece cierto?

TV3 ha sido fundamental para explicar todo lo que ha ocurrido en Cataluña. Y lo ha sido desde el principio. El propósito de Pujol con el canal autonómico era construir un relato de país. Antes ese relato era más suave, pero en los últimos años se ha endurecido.

Quiero destacar que ese relato no se ha construido tanto en los informativos como en el resto de la programación. En los informativos, el canal siempre se puede respaldar en la factualidad: cuentan los hechos desde un enfoque determinado, pero al fin y al cabo se ciñen a ellos. Por el contrario, en los programas construyen directamente la realidad. Un ejemplo de ello es cuando muestran la humanidad de Puigdemont y Torra —penetrando en su cocina si hace falta— pero se abstienen de hacer lo mismo con Rivera y Arrimadas. Cuando solo muestras la humanidad de unos, los otros aparecen deshumanizados. El error del CAC es prescindir de estas cuestiones.

Según las encuestas, los españoles se sienten menos nacionalistas que el resto de países de la Unión Europea. ¿Cree que esto ha cambiado tras la aparición de Vox?

No, seguimos siendo muy poco nacionalistas. Por supuesto, siempre ha existido ese 10 o 15% que a la primera de cambio saca la bandera y proclama sentirse muy español. Pero a esas personas habría que preguntarles: ¿Qué quiere decir sentirse español? Lo importante no es el territorio, sino la comunidad: el convenio que uno establece con el resto de ciudadanos. Y si ese contrato es bueno, uno puede sentirse, más que orgulloso, a gusto. En cualquier caso, no existe un sentimiento nacionalista en España que tenga la densidad del sentimiento nacionalista catalán. Cuando afirmas esto en Cataluña nadie te cree, pero es una realidad.

Por otra parte, la izquierda no puede ser nacionalista. El sentido de su ideología le lleva a ser universalista. No hay más que escuchar el verso de La Internacional que reza que el género humano es el verdadero sujeto. Sin embargo, aquí tenemos izquierdas que son nacionalistas. ¿Cómo se entiende?

200 académicos han denunciado en un manifiesto publicado en The National el discurso xenófobo de Quim Torra. ¿Cómo explica que alguien que llamó “víboras” y “bestias taradas” a los castellanohablantes presida hoy la Generalitat?

Se explica por el momento en el que nos encontramos. Es un instante de hechizo, de despiste, que permite que una persona como Torra sea el presidente. Alguien que, por cierto, siendo director del Centro Cultural Born, construyó un relato histórico que no tenía nada que ver con la historia. Lo grave es que se lo permitió todo el mundo: hubo criticas de historiadores pero tampoco fueran muchas.

Sin duda, Torra es el peor presidente que hemos tenido, ha superado a Puigdemont. No lo ha superado en irresponsabilidad, porque Puigdemont fue más irresponsable no convocando elecciones y plegándose a la masa que en la plaza de Sant Jaume le llamaba traidor. Es en esos momentos cuando un líder tiene que saber lo que le conviene más a la sociedad. Y lo que Puigdemont decidió es lo que le iba peor. Así que, seguramente, Torra es el peor, pero no es él más irresponsable. Simplemente, lo que él ha asumido está más allá de toda lógica.

Ada Colau ha vuelto a colgar el lazo amarillo del balcón del Ayuntamiento de Barcelona. ¿Qué opinión le merece la actitud de la alcaldesa y de los comunes frente al conflicto catalán?

Aquí hay dos tipos de respuesta. Por una parte, podría decirse que ésta es la evidencia de que Colau es lo mismo que los separatistas. Una respuesta que queda muy bien en ciertos sectores. Y otra es analizar su situación teniendo en cuenta más factores, y la verdad es que Colau no lo tenía fácil. Ella ha llegado donde ha llegado a través de equilibrios. Así, dentro de su lógica, ha hecho lo esperable: no pacto con los independentistas, pero a cambio pongo el lazo. Es una jugada de trial: pongo las ruedas en distintas rocas sin que mis pies toquen el suelo. Eso sí, al colocar el lazo amarillo ha vuelto a poner una institución que es de todos al servicio de unos pocos.

Por lo demás, los comunes reflejan bien uno de los principales problemas que padece la izquierda actual: el pánico a enfrentarse al nacionalismo. Porque si lo hacen, les ocurre lo que les ocurrió el día de la investidura en la plaza de Sant Jaume.

El juicio al procés acaba de terminar. Mientras para la Fiscalía hubo un “golpe de Estado”, para la defensa solo hubo un delito de desobediencia. ¿Quién está más cerca de la verdad?

Bueno, los que acusan, acusan; y los que defienden, defienden. El fiscal hace al acusado mucho más malo de lo que es, y el abogado mucho más bueno. Es la dinámica de los juicios. Luego, el tribunal tendrá que valorarlo todo y emitir una sentencia. Lo más interesante de valorar será el grado de violencia que se dio en aquellos días. Dado que no hay una jurisprudencia clara, se tendrá que dictaminar qué tipo de violencia fue la que tuvo lugar. Y aunque muchos ponen el grito en el cielo cuando defiendo esta idea, en el siglo XXI se entiende que la violencia puede adoptar distintas formas. Por ejemplo, por lo que respecta a la violencia machista, no es necesario que un hombre pegue a su mujer para que se puede observar violencia, ¿verdad? En este caso, podemos afirmar que algo pasó —no olvidemos tampoco los días 6 y 7 de septiembre—. Y es que, a veces, parece que solo se trató de un grupo de gente pacífica y estupenda que no hizo absolutamente nada, y no fue así. Algo pasó, y eso es lo que tendrá que dirimir el tribunal.

Javier Cercas denunciaba en un artículo reciente la “fractura emocional” que han ocasionado los políticos separatistas en Cataluña. ¿Qué puede hacerse para superar esa herida?

Será muy difícil, porque hay una parte de la población que cree que esa división no existe y que no ha sucedido nada grave. Por tanto, hasta que esa parte no se dé cuenta del daño ocasionado, no hay nada que hacer. Y es complicado porque lo que ocurrió fue un golpe posmoderno. Por una parte, miles de personas salieron a la calle a celebrar algo que nunca sucedió. Por otra, otras se quedaron en casa profundamente angustiadas. En lo que respecta a los independentistas, muchos de los que se creyeron todo ahora aseguran que a ellos no los engañaron, que ya sabían que todo era mentira. Y no es así: muchos mordieron el anzuelo. Pero son ellos mismos los que tienen que darse cuenta por si solos. Será un proceso largo. En definitiva, hemos perdido una generación entera.

Por Óscar Benítez


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