Gabriel Rufián atraviesa un momento de evidente debilidad política en Madrid. Su última ocurrencia, crear un frente electoral a la izquierda del PSOE, busca desesperadamente un salvavidas institucional. El portavoz de ERC intenta ahora diluir sus siglas en una amalgama de fuerzas que garantice su supervivencia en el Congreso.
Los primeros en dar la espalda a la propuesta han sido sus socios preferentes en el País Vasco. EH Bildu ha cerrado la puerta de forma contundente a cualquier experimento unitario con los republicanos catalanes. Arnaldo Otegi prefiere mantener su perfil propio y no mezclarse en una plataforma que considera inviable para los intereses abertzales.
La estrategia de Rufián, basada en el fomento del bloque de la investidura – y que no cuenta con el apoyo mayoritario de la dirección de ERC -, parece haber agotado su recorrido útil. Sin el apoyo de los vascos, el proyecto de un gran frente progresista nace prácticamente muerto y sin coherencia territorial.
Desde el Gobierno central tampoco han faltado las reticencias hacia el líder de Esquerra. La ministra de Sanidad, Mónica García, ha despachado la idea con una cortesía meramente protocolaria. Aunque agradece que Rufián «agite los debates», Sumar no tiene intención alguna de compartir cartel con el independentismo catalán en este momento.
Sin embargo, el náufrago Rufián ha encontrado un inesperado apoyo en las cenizas de la política municipal barcelonesa. Ada Colau ha salido al paso para calificar de «muy positiva» la propuesta del dirigente republicano. La exalcaldesa ve en este frente una oportunidad de oro para recuperar el protagonismo perdido tras su salida del Ayuntamiento.
Colau aplaude que el líder de ERC abandone temporalmente el eje separatista para abrazar su faceta más puramente izquierdista. Para la exlíder de los Comunes, este movimiento es la vía para salvar a una izquierda fragmentada y en caída libre. Su entusiasmo evidencia la necesidad de las facciones radicales de agruparse ante la irrelevancia electoral.
La exalcaldesa ha hecho un llamamiento a dejar atrás los «egos y las rencillas» del pasado para unir fuerzas. Resulta irónico que hablen de generosidad quienes han protagonizado las mayores rupturas internas en el espacio a la izquierda del socialismo. La sombra de Podemos y las divisiones con Yolanda Díaz siguen pesando demasiado en este entorno.
Bajo la excusa de frenar a la derecha, este posible movimiento busca proteger las cuotas de poder de sus promotores. Colau justifica la urgencia de la alianza apelando a un estado de «excepcionalidad» que ya es recurrente en su discurso. Se trata de la vieja estrategia de agitar el miedo para movilizar a un electorado desencantado con la gestión. La realidad es que la izquierda radical en España se encuentra en un proceso de reconfiguración traumático. Ni los partidos ni las siglas actuales parecen capaces de sostener el pulso político por sí solos.
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