En tiempos de epidemias, en momentos de perturbación del orden natural de las cosas, suelen surgir manuales de comportamiento social que apelan a la moral, la ética, el deseo, la religión, la guerra, los comportamientos económicos y toda suerte de acciones humanas. En 1503 veía la luz la obra de otro de los santos laicos por antonomasia, Erasmo de Rotterdam, Enchiridion militis Christiani. En él se esbozaban los preceptos que debían guiar la vida del caballero cristiano, siendo una de ellas la necesidad de tener armas para defenderse del mundo y garantizar con ello, el conocimiento de Dios.
Pues bien, en 2020, en la distopía que esconde nuestro Estado de Alarma permanente, la forma de conocimiento de Dios parece ser aquella que significa el acatamiento acrítico y la suspensión del juicio personal sobre lo que vemos respecto de las acciones del gobierno de España. Decimos esto porque, desde hace unos días, se han comenzado a producir una serie de manifestaciones y actos de protesta a modo de caceroladas que protestan y se quejan del gobierno y eso, según parece, no es propio del militis sanchiorum.
Pedimos ahora y desde aquí que Iván Redondo redacte el Enchiridon de la epidemia y que en él se dicten las reglas precisas para las protestas. Horas de salida, tipología de estas, la indumentaria y el argumentario que las personas deben esgrimir en cada momento. Entendemos que, para deslegitimar manifestarse, el autor de esta obra esbozará el argumento de la bondad intrínseca y secular de las “clases populares” frente a la maldad genética del “patriciado” urbano de Madrid que, como un virus, extiende su perversa influencia a todos los barrios en los que siempre hay un Patricio de guardia dispuesto a promover la algarada. Son las cosas de la vida.
La epidemia debería convocarnos a un acto de reflexión desde la libertad interior. Con un número de muertos tan elevado, el presidente del Gobierno nos invita a calificarle con un Notable. Su permanente panegírico y las escasas elegías que emiten las antenas difusoras de mensaje nos obliga a pensar en una circunstancia esencial: ¿por qué? La crisis vírica está llamando peligrosamente a una de carácter cívico en el que las tensiones sociales provocadas por la manipulación interesada de la opinión pública invitan a instalarse en el enfrentamiento y el caos, – ecosistema preferido del presidente de todos los que ven en este momento, la “oportunidad objetiva” para el “asalto al cielo”.
Es tiempo de infladas hipérboles como la que expresó hace unos meses la señora Budó afirmaba, sin sonrojo físico – no creo que tenga moral- que en la Cataluña Independiente, esa abisal fantasmagoría sectaria, racista e impostada, “no habría habido ni tantos muertos ni infectados”. ¡Qué se puede responder a esta memez! Nada, apenas la ruptura de cualquier fórmula de diálogo político con el partido y partidos que sustentan esta afirmación y que no la han desmentido con los hechos.
Hace unos días, en sede parlamentaria, el señor Echenique argumentó que eliminando los datos de Madrid, la tragedia de las víctimas no sería tal y que España ocuparía un lugar menos “destacado” en la lista de países con más víctimas. ¿en serio? Supuestamente, en las sociedades heroicas, el medio de la educación moral se basaba en contar historias. La sociedad de los políticos no es heroica, es mediática, intoxinformación (como ha indicado el cesado César Calderón). Y vivimos ahora mismo inmersos en esa pandemia del juego del relato que tal o cual asesor pretenden imponernos. ¿Qué valor necesario se intenta imponer en nuestra sociedad en este momento? Claramente no es la Kudos. Desde todas partes surgen afirmaciones gruesas, groseras, Mayúsculas, que definen la talla moral de los políticos. Cataluña, Madrid, Cuenca, es indiferente.
Estamos encaminados hacia el fango. Un barro, que posee algunos ingredientes muy útiles para algunos y que se basan principalmente en el ruido (no el de las cacerolas de marca que algunos dicen) para ocultar la verdad que se esconde de la desastrosa gestión de la crisis que está realizando el gobierno de España en todas y cada una de sus apariciones públicas y por cualquiera de los individuos que las protagonizan.
Si en las sociedades heroicas, los valores se atribuían a las personas y venían predeterminados por el lugar que ocupaban en la sociedad, en la nuestras, esto, obviamente, no se produce. La tragedia que se deriva de todo ello es grave. Supuestamente, estas personas mantienen privilegios que nadie discute o discutiría si su acción fuese, cuanto menos, eficiente; ni tan siquiera son capaces de gestionar sus propias obligaciones como responsables públicos, gestores del bien común en su amada res-pública.
Es insólito ver cómo la verdad, la libertad y el sistema democrático parecen ahora tan frágiles en manos de la incompetencia suma. No es el virus, con su letalidad manifiesta, el peligroso, es la gestión y el pánico que enfrentan los ciudadanos ante las medidas adoptadas por el ejecutivo. No se ve en ningún medio a fin al gobierno elegía alguna, ni tan siquiera las Lamentaciones de Jeremías (que eran totalizadoras en esencia). No, al contrario, se percibe, en cada rueda de prensa o intervención parlamentaria, la obligación de imponer a los ciudadanos una solidaridad con la acción de gobierno que presenta evidentes connotaciones sectarias y gregarias. No se permite ahora a la aristocracia del conocimiento disentir del denominador común de las palabras del presidente o de la única ministra portavoz de este gobierno, no.
El común de los ciudadanos tiene perfectamente asumido el rol que debemos mantener y que, por otra parte, es el mismo que los habitantes de las ciudades inglesas o alemanas cuando eran bombardeadas en esa, sí – verdadera guerra- y que corrían a los refugios, porque el enemigo era real. Parece que ahora, nuestra libertad estuviera circunscrita a participar activamente de los mensajes del gobierno y admitirlos y asumirlos como verdades en el púlpito. Pero si ridícula era la afirmación de la señora Budó y Echenique, igualmente grosero intelectualmente es asumir todas las palabras y mensajes que ofrece el gobierno.
Anular la reflexión de los ciudadanos y su capacidad de comprensión del presente es tan peligroso como dar placebo a los enfermos de coronavirus. Hay asociaciones de ideas que son criminales, gruesas y aberrantes; suelen surgir en estos tiempos de pasiones y falta de razón. La paradoja llega cuando las profieren desde el poder, porque ya sabemos que ese es el principio de la merma de las libertades.
Todo comenzó en un laboratorio de ideas, pasó a un plató de televisión; recorrió las calles, penetró en la mente y fomentó en la sociedad civil la división; llegó al ámbito de las aulas, los parlamentos y ahora, contagiados del virus, aparece la figura del partido redentor que pretende acaudillar y entronizarse para comprometer el futuro, fijando como objetivo, la conquista de todo el espacio de opinión. Pues bien, si es para todo esto para lo que se conceden las ruedas de prensa sobre el coronavirus, pues, déjenlo. Cualquier amigo de la libertad, sabe que el papel del Estado es la defensa de la sociedad civil, pero no queremos ese Estado Centinela, ni tan siquiera la señora Budó.
Recordemos, ahora el fabuloso Lied de Schubert: Gretchen am Spinnrade( Margarita en la rueca) para, por lo menos escuchar algo terrible, pero bello.
Y, esperemos la publicación del “correcto manifestante”, escrito por Rodrigo Calderón (perdón, George Kittredge de Historias de Philadelphia en la Moncloa ), con el prólogo del presidente y el epitafio del único vicepresidente varón de gobierno.
Heraldo Baldi
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