Salvador Illa ha perfeccionado el arte del contorsionismo político en Cataluña. En periodo de campaña electoral, todo son guiños a la moderación y al votante constitucionalista. El candidato socialista no duda en pronunciar «Lérida», ofrecer mítines en castellano o permitir que ondee alguna bandera española en sus actos.
Sin embargo, la realidad cambia de forma drástica en cuanto se cierran las urnas y se efectúa el recuento de votos. La escenografía constitucionalista se desvanece de inmediato para dar paso a su verdadera faz. Es en ese momento donde el PSC revela su auténtica agenda y sus compromisos reales.
El alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, ofrece un ejemplo claro de esta doble vara de medir. El Ayuntamiento ha llegado a prescindir de trabajadores municipales —desde cocineros hasta empleados de limpieza— por no acreditar un determinado nivel de catalán. La prioridad lingüística se impone así a la eficacia en el servicio público.
En la Generalitat, la dirección política sigue una senda idéntica. La creación de la Consejería de Política Lingüística, con un perfil marcadamente radical al frente, confirma el repliegue del gobierno catalán hacia los postulados más duros del separatismo. Illa prefiere ceder la gestión identitaria a cambio de estabilidad formal.
Por su parte, la Delegación del Gobierno en Cataluña, encabezada por el PSC, mantiene una actitud indolente. Su pasividad permite que multitud de ayuntamientos catalanes incumplan de forma sistemática la ley que obliga a exhibir la bandera de España en las fachadas consistoriales.
Resulta especialmente sangrante que entre estos municipios insumisos figuren varios gobernados por el propio PSC. Los socialistas argumentan que esta permisividad fomenta la convivencia y el reencuentro en la sociedad catalana. La práctica demuestra que solo supone la renuncia a la neutralidad de las instituciones.
Mientras se margina el español en las aulas y se relega la rotulación oficial en castellano a un papel testimonial en las calles de Barcelona, el PSC califica este escenario de «normalización». El supuesto reencuentro consiste, en la práctica, en asumir el programa ideológico del nacionalismo sin ofrecer resistencia.
Las fotos de Salvador Illa y Jaume Collboni con el Rey Felipe VI sirven de envoltorio para una política de fondo alineada con Esquerra Republicana. La gesticulación institucional no logra ocultar la subordinación real del socialismo catalán ante las tesis secesionistas. El PSC ha decidido situarse definitivamente al lado de las tesis identitarias en Cataluña. Saludar al Monarca o exhibir la bandera de manera esporádica no convierte a Illa en un dique de contención, sino en el ejecutor amable del ideario separatista.
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