“Ningún juez puede perseguir al presidente de todos los catalanes”. Esta afirmación no la hizo el Rey Sol ni ningún monarca absolutista. Las ha hecho, en pleno siglo XXI, el presidente del Parlament catalán. Lo peor de ello no son las palabras, sino que se las creen. Está convencido que un president de la Generalitat está tocado por una mano divina que los hace superiores a cualquier mortal.
Es el hijo de alguien enviado de no sé dónde, para guiar los destinos de los catalanes. Estamos en Semana Santa. Ni el hijo de Dios se salvó de la ley. Y si Jesús no se salvó, tampoco Puigdemont.
Dentro de esta afirmación de Torrent está la falsedad. Habla del presidente de todos los catalanes. A la frase le falta un “ex”. Porque a día de hoy no hay president de la Generalitat. De haberlo las cosas serían muy diferentes. Es más, el sectarismo practicado por los separatistas ha impedido, desde su origen, que lo fuera de todos los catalanes. Tampoco Torrent es el presidente del Parlament catalán.
Lo es de una parte de esa institución. Su pecado radica desde su origen. Y este es llevar el lacito en la solapa. Uno no puede presentarse como el representante de todos desde el momento que marca su pensamiento y su manera de actuar. En definitiva, no se puede ser sectario y querer ser el representante de todos.
Así pues, Puigdemont puede ser detenido, acusado y condenado por todo aquello que el juez Llarena considere necesario y el resto deben acatar la ley. Porque así funciona la democracia. Y no la de ellos. Porque esta es otra. Se les llena la boca hablando de lo muy demócratas que son y lo poco que es España.
Cuando no les dejan hacer lo que quieren eres poco demócrata. Cuando les dejas hacer, lo eres. Uno es demócrata siempre y cuando cumpla la ley y no la ley que a uno le guste.
Esto no es un spaghetti western. Aunque a veces lo parece. El sheriff y los habitantes del pueblo conviven con una ley. A las afueras está el poderoso que aplica la suya. En las montañas los indios. Y de vez en cuando los visitan los forajidos. Esta película la hemos visto demasiadas veces y ya sabemos como acaba.
Ahora parece que Torrent se presenta como el nuevo salvador del procés. Ya tuvimos un mesías llamado Artur Mas. Ahora se presenta uno nuevo llamado Roger Torrent. Ante un procés noqueado y descabezado, la figura de Torrent se ha venido arriba. Aparece delante de la tv como un hombre de paz, dialogador, ponderado, pacífico…
Y nada de todo esto es cierto. Torrent es tan sectario como todos los suyos. Es más, como todos los de ERC, lleva en su ADN el gen de la traición.
El procés ha generado fanáticos y él es uno de sus representantes. Como que el entorno mediático del procés es tóxico, las palabras de este nuevo orador elevado a president lo son. Odia profundamente todo lo que huele a España y, a pesar de su cara de niño bueno, acabaría con todo lo que tenga que ver con un “Estado opresor” porque no les deja hacer lo que les da la gana.
Las palabras de Torrent son guerracivilistas a pesar de su tono calmado y ponderado. Discursos como los que proclama ya los oímos hace muchos años. La inmensa mayoría saben que Cataluña jamás será independiente, porque es imposible. La mayoría de los que impulsaron la independencia ni siquiera creían en ella. Pero no todos.
Torrent aún cree que esto sucederá. Que su lucha no es en vano. Que en breve será libre del yugo del estado opresor. Por eso se presenta delante de los catalanes como el líder tocado que les llevará a la tierra prometida, como Moisés.
No descarten que pueda pasar lo siguiente. Roger Torrent dimitirá como president del Parlament. Le cederá el cargo a uno del PDeCat y él se presentará como el único y ungido president de la Generalitat. Es lo que está buscando y ya hay voces que les empieza a sonar bien esta música.
Que Dios nos libre de que Torrent llegue algún día a president de la Generalitat. Porque el spaghetti western se enquistará y nos introduciremos aún más dentro de un bucle cansino y caduco.
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