El debut del socialista Marc Murtra al frente de Telefónica ha provocado graves pérdidas a la empresa. La compañía ha cerrado su primer ejercicio bajo su presidencia con unos números rojos que ascienden a los 4.318 millones de euros. Es el resultado de una estrategia arriesgada: concentrar todos los golpes financieros en un solo año para intentar limpiar el balance.
Sin embargo, esta táctica de «mejor una vez colorado que ciento amarillo» no ha terminado de convencer a los mercados. El problema de fondo es que la acción sigue sin levantar cabeza desde que se presentó el plan estratégico Transform & Grow. Aquella hoja de ruta, que debía ser el motor del cambio, supuso un desplome del que la operadora aún no se ha recuperado. En el último año, el valor de los títulos ha caído un 13%, situándose en unos discretos 3,67 euros.
Resulta evidente que el cambio de guardia en la presidencia, muy cercano a las esferas de influencia del actual Gobierno, no ha traído la estabilidad deseada. En 2025, más allá de la venta de Hispanoamérica y el impacto del ERE aplicado a la plantilla, los ingresos globales del grupo se redujeron un 1,5% y no superaron los 35.120 millones de euros.
El ebitda cayó un 26,2%, hasta los 8.683 millones y el ebitda ajustado alcanzó los 11.918 millones, un 1,6% menos. El resultado antes de impuestos fue negativo en 1.403 millones, frente al beneficio de 2.589 millones de 2024.
De los cuatro mercados principales de Telefónia, sólo Brasil y España responden a las expectativas. Los ingresos en el mercado nacional aumentaron un 1,7%, hasta los 13.012 millones y el ebitda ajustado creció un 1,1%, hasta los 4.691 millones.
A pesar de los esfuerzos por maquillar el futuro mediante provisiones y saneamientos, el mercado exige realidades, no solo ajustes contables. Una empresa de esta envergadura no puede sobrevivir simplemente recortando o limpiando deuda si no es capaz de crecer en un mercado cada vez más competitivo. La gestión de Murtra está bajo lupa y los resultados de 2026 serán su verdadero examen de supervivencia.
Los mercados observan con recelo cómo la compañía parece más centrada en encajar las piezas del tablero político que en liderar el sector tecnológico europeo. La entrada del capital público a través de la SEPI ha añadido una capa de complejidad que no siempre beneficia a la agilidad que requiere el mercado bursátil.
Mientras tanto, el pequeño accionista observa con resignación cómo su inversión se estanca. La narrativa oficial insiste en que lo peor ya ha pasado, pero los datos de facturación no respaldan ese entusiasmo. La dependencia de mercados maduros y la feroz competencia de las operadoras de bajo coste siguen erosionando los márgenes.
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