El separatismo ha convertido el insulto a los adversarios políticos en su principal arma de desgaste. Recordemos como el ex presidente de la Generalitat, el inhabilitado Quim Torra, incitaba a los más radicales a “apretar”, lo que provocó que el acoso a los constitucionalistas sea una práctica habitual en buena parte de Cataluña. Torra faltaba continuamente al respeto a las instituciones comunes a todos los españoles, y se refería a nuestro país como si fuera una especie de dictadura bananera.
El Departamento de Interior no ha expulsado de los Mossos d’Esquadra a un agente como Albert Donaire, líder de la sectorial de la ANC en este cuerpo, tras llevar años incitando a la revuelta contra las instituciones españolas, y que tiene su timeline de Twitter lleno de insultos y ofensas contra cuerpos honorables como la Guardia Civil o la Policía Nacional.
Por no hablar de la barra libre que algunos personajes, como Peyu o Jair Domínguez, tienen en los medios de comunicación de la Generalitat, con el «puta España» como emblema. O que las tertulias de TV3 estén llenos de personajes que han convertido sus redes sociales en pozos de rencor y odio hacita todo lo que huela a España.
De ahí que no pueda sorprender a nadie que el independentismo haya convertido el insulto en su principal arma política viendo que sale gratis, y que incluso proporciona réditos económicos en forma de apariciones en los medios públicos de comunicación.
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