Salvador Vergés se ha convertido en la cara más descarnada del nacionalismo de Junts en el Parlament. El portavoz adjunto de la formación postconvergente no oculta su hostilidad hacia todo lo que represente a España o la cultura común. Sus intervenciones, lejos de buscar la gestión, parecen centradas en alimentar una hispanofobia que ya no guarda las formas.
El diputado gerundense ha hecho del sectarismo lingüístico su principal bandera política. Vergés presume abiertamente de su «insumisión», llegando a jactarse de votar en contra de cualquier iniciativa si está redactada en castellano. Para él, el contenido de una ley es secundario frente al desprecio por la lengua que comparten millones de catalanes.
Esta actitud supremacista no es nueva, pero sí cada vez más agresiva desde su ascenso en el partido. En sus redes sociales, el diputado ha llegado a comparar la relación entre España y Cataluña con metáforas animales cargadas de desprecio. Su discurso dibuja una realidad paralela donde la convivencia es imposible y el «enemigo» siempre está en Madrid.
La biografía política de Vergés está marcada por gestos que rozan lo esperpéntico y lo ofensivo. Resulta difícil olvidar sus ataques a la Unidad Militar de Emergencias. Incluso cuando el Ejército acude a sofocar incendios en Cataluña, el diputado prefiere priorizar su resentimiento ideológico a la seguridad ciudadana.
Lo más preocupante de su figura es el doble rasero con el que opera habitualmente. Mientras en el Parlament tacha el castellano de «lengua extranjera», no tiene reparos en usarlo en el etiquetado de sus empresas privadas. Parece que la pureza lingüística es una exigencia para las instituciones, pero un obstáculo para sus beneficios empresariales.
Vergés ha radicalizado aún más el mensaje de Junts, para intentar competir con Silvia Orriols, que está mordiendo con fuerza en el electorado de Puigdemont. Sus ataques personales a otros diputados, a los que acusa de «españolizados», retratan un perfil que busca la fractura social. Para este portavoz, ser catalán solo es compatible con el rechazo absoluto a la realidad plural de España.
Al permitir que Vergés marque el paso en el Parlament, el partido de Puigdemont renuncia definitivamente a representar a la Cataluña real. Se instalan en una trinchera ideológica donde el insulto a lo español es el único mérito reconocido.
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