El Partido de los Socialistas de Cataluña (PSC) emprendió hace años una maniobra estratégica para dejar atrás el ostracismo del procés. Su objetivo no era otro que romper la política de bloques, que les incomodaba en la trinchera constitucionalista, para convertirse en una pieza fundamental y transversal del sistema político catalán.
Este giro, que ha alejado al PSC de sus bases más moderadas, ha sido altamente rentable en términos de poder. El partido de Salvador Illa ha logrado acumular una influencia institucional que antes parecía inalcanzable, desplazando incluso a los propios separatistas.
Actualmente, el PSC no solo gobierna la Generalitat gracias al apoyo de ERC en la investidura, sino que también ostenta el control de tres de las cuatro diputaciones catalanas en pactos con partidos abiertamente independentistas. La nueva línea estratégica ha facilitado acuerdos con Junts y ERC en áreas clave, como la dirección de los medios públicos autonómicos, TV3 y Catalunya Ràdio. Además, han cerrado más pactos municipales con secesionistas que los propios partidos independentistas entre sí.
Para hacer creíble este viraje, Illa ha promocionado a figuras con un marcado perfil nacionalista dentro de la cúpula del partido. Este movimiento busca una aceptación explícita dentro del ecosistema secesionista. De hecho, Illa reivindica constantemente las figuras históricas del nacionalismo conservador, Jordi Pujol y Miquel Roca, buscando una legitimidad que va más allá del socialismo tradicional.
Un ejemplo claro de esta deriva es el fichaje de personajes abiertamente separatistas para puestos clave de su gobierno, muchos de ellos sin carnet del PSC. Nombres como Miquel Sàmper, Francesc Xavier Vila, Sònia Hernández o David Bonvehí demuestran que Illa busca la integración total de cuadros nacionalistas.
Otro ejemplo de esta deriva es la promoción dentro del PSC de Alicia Romero, la consejera de Economía. Sus tesis soberanistas son públicas, repitiendo mantras como que «Cataluña es una nación» alineándose con el discurso secesionista.
Una figura relevante es Núria Parlón, quien se opuso firmemente a la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Su rechazo a la medida, que apoyó el PSOE de Sánchez en el Senado, la llevó a dimitir en su momento de la Ejecutiva Federal del Partido Socialista.
El compromiso de Parlón con estas tesis quedó patente en 2016, cuando afirmó públicamente que el «PSC debe tener una entidad clara, propia e independiente del PSOE» y que no se debe diluir «el derecho a decidir» en su programa político.
El plan oculto de la actual dirección socialista catalana es claro: convertir al PSC en el pal de paller, el eje central de la política catalana. Para ello, están dispuestos a aceptar una TV3 que insulte a España, mantener la política de exclusión del castellano en las aulas y defender la «autonomía fiscal» total de Cataluña. Illa se está ganando a pulso que el separatismo lo considere uno de los suyos.
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