
En los últimos años activistas de la Resistencia al separatismo engalanan, con motivo del Día de la Hispanidad, el barcelonés Paseo de Gracia con banderas nacionales. En esta popular calle de la capital catalana transcurre la manifestación constitucionalista del 12 de octubre, organizada por la plataforma cívica Cataluña Suma.
Es tan poco usual la presencia de la bandera de España en la vía pública en Barcelona, que constituye motivo de fiesta que durante unas horas el centro esté engalanado de rojigualdas. De hecho, enseguida que acaban los actos, no falta la presteza municipal, o de radicales separatistas, para no dejar ni una a la vista, deben pensar que contagian enfermedades.
Cuando uno llega a Madrid sorprende gratamente la notable presencia de la bandera Nacional en la vía pública, o al menos sorprende a los que venimos de tierras, como Cataluña, en la que su ausencia es la norma. Banderas ‘esteladas’ las verán instaladas, con el apoyo municipal e institucional, en rotondas, escuelas, pabellones deportivos y otros edificios públicos.
Pero la bandera que representa a la democracia española, apenas la verán. Ni siquiera en las fachadas de los ayuntamientos, en los que debería estar por ley. Pero en Cataluñas las leyes que el separatismo no quieren cumplir, no se cumplen. Es lo que llaman «desjudicialización» de la política o «agenda del reencuentro: la impunidad absoluta del secesionismo para cumplir sus deseos a costa de vulnerar los derechos de los catalanes que no son independentistas.
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