La regencia de Quim Torra toca a su fin. Poco importa si acaba con ella una demorada decisión judicial o una estudiada jugada de ajedrez político diseñada en un palacete del Brabante valón. La cosa está al caer porque sostener lo insostenible sólo cabe en mentes perversas ajenas al bien común.
Todo el mundo sabe que Torra llegó a la presidencia de la Generalitat de carambola, auspiciado y jaleado por la corte que mora en Waterloo. Todo el mundo sabe también que ha ejercido de vicario a las órdenes del hombre que se esfumó en un maletero.
Eternamente cariacontecido, con el tiempo, se ha convertido en uno de los intérpretes más aventajados de la milonga victimista. Sí, Quim Torra abandonará, más pronto que tarde, el Pati dels Tarongers y la poltrona que ocupa precariamente en el Parlament. El día de su marcha reporteros y plumillas de media España repasarán su vida y milagros. Unos lo harán con la benevolencia de los que no quieren hacer leña del árbol derribado; otros, por prurito profesional, no podrán obviar las anécdotas y despropósitos que ha atesorado estos años en el poder.
En el haber de sus predecesores en el cargo abundan los claroscuros. Encontramos junto a la obra de gobierno bien hecha, errores políticos y fallos estratégicos en distinta proporción. Lógico; el ejercicio del poder conlleva esas circunstancias que los analistas ponderan al hacer balance.
En el legado que nos deja Torra, por encima de anécdotas bañadas en ratafía y gastronomías varias, prevalecerá su incapacidad para rodearse de colaboradores y consellers eficaces y eficientes. A su falta de empatía para con sus socios habrá que añadir su torpeza a la hora de modular los mensajes y su don de la inoportunidad.
Quim Torra se estrenó como president asesinando el protocolo ante el Rey Felipe VI y Pedro Sánchez, olvidando que la Generalitat es también Estado. Pero la guinda del pastel de su mandato es y ha sido su tan manida y cacareada ‘desobediencia’. Una desobediencia de niño mal criado la suya, de pupitre escolar e impropia en un político de nivel. Triste legado el que nos deja Torra.
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