Junts per Catalunya camina sobre un alambre cada vez más estrecho. La formación trata de esquivar el debate sobre el hipotético regreso de Carles Puigdemont. Sin embargo, la crudeza de los números indica que cualquier aterrizaje del expresidente en Cataluña coincidirá de lleno con un denso ciclo electoral. La hoja de ruta de los neoconvergentes no esconde misterios: pasear al líder por el territorio para reconectar con su votante tradicional.
El verdadero problema reside en la propia indefinición del protagonista. Aunque la ley de amnistía lograse aplicarse plenamente en el ámbito judicial, Puigdemont mantiene su escaño parlamentario activa y legalmente. Con el voto delegado en la Cámara, la jefatura de la oposición continúa vacía a la espera de sus intenciones. En la bancada neoconvergente, la silla sigue adornada con un lazo amarillo.
Las figuras visibles del grupo parlamentario no pondrán impedimentos si la orden llega desde Waterloo. Tanto Mònica Sales como Salvador Vergés han dejado clara su total disponibilidad para ceder el paso a su jefe filas. No obstante, en la cúpula interna son conscientes de que la política catalana no suele conceder segundas oportunidades a quienes abandonaron la primera línea.
La tradición institucional dicta que todo expresidente que pierde el poder abandona el foco legislativo. Puigdemont ha respetado esa norma no escrita manteniéndose apartado de la labor cotidiana de la Cámara autonómica. En su lugar, ha preferido encadenar proclamas a través de las redes sociales. Sus dardos van dirigidos casi en exclusiva a fiscalizar al Gobierno socialista de Salvador Illa.
Puigdemont esquiva sistemáticamente la confrontación directa con Sílvia Orriols. El cálculo busca evitar la victimización y el crecimiento de Aliança Catalana. Sin embargo, este tono tibio desentona con la dureza que emplean otros cargos de su propio partido. Dirigentes de Junts como Jordi Turull sí han decidido bajar al barro contra la formación radical. Tras la reciente crisis migratoria, la dirección neoconvergente acusó a Orriols de aplicar recetas importadas del centralismo para abordar dilemas catalanes. La estrategia de ignorar la amenaza ultra ha dejado paso a un choque frontal e inevitable.
Mientras las redes sociales echan humo, Orriols no pierde la oportunidad de hurgar en la herida posconvergente. Las provocaciones hacia el expresidente son constantes en las plataformas digitales. Junts sabe que se juega su propia supervivencia electoral a corto plazo en esta batalla por la hegemonía del catalanismo derechista.
Las encuestas reflejan un paulatino desgaste de Junts en beneficio de la pujanza de Aliança Catalana. Aunque en la fontanería del partido apelan siempre a su capacidad de sobreponérselas a los sondeos, la tendencia a la baja resulta innegable. La irrupción de un discurso identitario duro amenaza con arrebatarles una franja decisiva del electorado.
El anhelado regreso de Puigdemont se percibe como la última tabla de salvación a la que agarrarse. Dentro de la formación esperan con ansia ese golpe de efecto que neutralice el fenómeno de Aliança Catalana. En su contra está que Puigdemont ha sido socio destacado de Pedro Sánchez, y este hecho es una de las razones de la pujanza de Orriols en los sondeos: el ser una alternativa a la izquierda, y no su muleta.
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