El fascismo cotidiano avanza en Cataluña. De la pizzería de Blanes a la pizzería de Barcelona

Comentario editorial de elCatalán.es.

En Cataluña poco a poco va creciendo un fascismo que se está convirtiendo en parte del paisaje. Un fascismo cotidiano que no es mayoritario, ni siquiera entre el independentismo, pero que va avanzando ante la pasividad o la complicidad de los que detentan la hegemonía política, social y cultural en Cataluña.

Un fascismo cotidiano que lo practican muchos de los que se llenan la boca llamando “fachas”, “franquistas” o “fascistas” a los catalanes que no son secesionistas. Un fascismo cotidiano que considera que Serrat o Coixet han de ser insultados por no ser independentistas, o que una pizzería ha de ser no solo boicoteada, sino amenazada, si sus dueños no son del gusto de estos miembros de la policía del pensamiento.

Hace unos meses le tocó la china a un pizzero de Blanes (Sol d’or). Ahora le ha tocado el turno a uno de Barcelona (Bo di Napoli). El motivo puede ser cualquiera, basta con que a algún ‘patriota’ no le guste como piensa el dueño. O que el propietario no permita que llenen su local de lazos amarillos. O que el camarero atienda en la lengua ‘incorrecta’ o la carta no esté en la lengua deseada. Cualquier ‘razón’ es válida para marcar el territorio machacando a un pizzero, a un empresario panadero (Josep Bou) o a cualquiera. Si usted no es separatista hoy se ha librado, pero mañana le tocará. No lo dude.

No importa la razón. Basta con no estar en el lado ‘correcto’ de la historia, según la visión de estos nuevos inquisidores. Las redes sociales son su principal arma, todos organizados y bien pertrechados para señalar al discrepante, todos actuando a una, todos difundiendo la basura que se crea para hundir en la miseria al objetivo escogido.

Primero se intenta acabar con la reputación del ‘molesto’ que ha osado disentir del separatismo ambiente. Luego irán los encapuchados spray de pintura o martillo en ristre (recuerden el ataque a Crónica Global) para rematar la faena. Por supuesto, siempre ante la inactividad de nuestro gobierno autonómico, que en su consideración de guardianes de las esencias de una República inexistente, denota cierta pasividad ante estos ataques. Recuerden, unos agitan el árbol y otros recogen las nueces.

El problema es que nos estamos acostumbrando a que el secesionismo, tanto el radical de forma activa, como el gubernamental con su pasividad, vandalice las sedes de los partidos de la oposición, intente hundir los negocios que no son de su agrado, destroce el buen nombre (Lluís Pasqual, Rosa Maria Sardà son solo dos ejemplos) de todos los que no se plieguen a sus deseos, consiga limitar el derecho a la libre manifestación (Jusapol, Hablamos Español, Borbonia), amenace a los padres que quieren exigir su derecho a que sus hijos reciban más horas de docencia en castellano (Balaguer, Mataró, Castelldefels), intimide a los regidores que no son secesionistas (Sitges, Lleida, Cardedeu, Barcelona, Badalona, Terrassa, Mollet, etc)…

Por no hablar de la acción directa de algunas instituciones que controlan los secesionistas. Como las ofensas diarias que se vierten desde los medios de comunicación de la Generalitat hacia todos los españoles, equiparando a nuestro país con una semidictadura; o que se permita símbolos de adoctrinamiento político en centenares de escuelas de toda Cataluña; o que los agentes de la policía autonómica que deberían ser ecuánimes se dediquen a pedir la documentación a quienes quitan lazos amarillos, pero no a quienes los ponen, cuando según el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña el espacio público ha de ser neutral; o que los edificios de la Generalitat estén llenos de símbolos separatistas; o que los ayuntamientos se hayan convertido no en lugares al servicio de todos los ciudadanos, sino en escaparates de propaganda secesionista; o que buena parte de los agentes forestales se hayan convertido en activistas del separatismo; o que muchos bomberos se hayan convertido en la brigada motorizada de los CDRs, con docenas de locales llenos de propaganda política, y con una elevada proporción de sus vehículos convertidos en los “esteladamóvil”…

Una parte de Cataluña ejerce el fascismo cotidiano cuando se dedica a excluir a la otra parte de la vida pública. Cuando se la tacha de “no catalana”, “quintacolumnista” o “colona” por no defender la fantasmagórica “República catalana” emanada de una consulta ilegal, la del 1 de octubre, basada en unas leyes excluyentes, las que se aprobaron sin ninguna garantía en el Parlament en los plenos del 6 y 7 de septiembre de 2017, los llamados “plenos de la vergüenza”.

Ese fascismo cotidiano avanza poco a poco. Pero, de momento, no ha dado ni un solo paso atrás. De momento lo es de baja intensidad, y no tiene la mayoría social, ni siquiera dentro del mundo secesionista. Algunos independentistas incluso lo denuncian, pero sus avisos caen en saco roto. Veremos más pizzerías amenazadas, más concejales y alcaldes insultados, más locales destrozados, más manifestaciones abortadas, más actos públicos (como el que SCC intentó organizar de homenaje a Cervantes) reventados. Todo en nombre de los “presos políticos” y la “República catalana”.

No pinta bien. Porque para “desinflamar” el llamado “conflicto catalán” (en realidad, “conflicto secesionista”) ha de haber voluntad de querer reducir la tensión. Y, de momento, los secesionistas más radicales son las que marcan la agenda. Y actúan con total impunidad, patrimonializando unas instituciones que son de todos. En una tierra en la en muchas comarcas no puedes ir a una función navideña infantil, o a un concierto popular como el de San Esteban en el Palau de la Música, sin que esté todo lleno de lazos amarillos y esteladas, sin que existan territorios comunes neutrales en los que unos y otros puedan convivir respetando sus diferencias, no hay esperanza. Hasta que el separatismo no aprenda esto, Cataluña seguirá deslizándose hacia el enfrentamiento civil. Que es la etapa final del fascismo cotidiano, el intento de aplicación del Fascismo con mayúsculas.


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‘50 hazañas de TV3’ es el último libro de Sergio Fidalgo, en el que ofrece 50 ejemplos que demuestran las malas artes de una televisión pública que se ha convertido en una herramienta de propaganda en manos del secesionismo. Insultos al Rey, faltas de respeto a líderes constitucionalistas, manipulaciones informativas... Se puede comprar en este enlace de Amazon. Si lo quieres dedicado manda un correo a edicioneshildy@gmail.com y pregúntanos como pagar.

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