Los jugadores del Espanyol, y su sufrida afición, llevan tres años de espanto: la temporada del descenso, la del ascenso agónico y la primera vuelta de la actual, en la que el descenso fue algo más que una posibilidad. Tras tener los peores números de la Liga como visitante, el equipo se está estabilizando y está dejando atrás las angustias: las de la plantilla y las de la grada.
Tras el robo arbitral de Mallorca, y el meritorio empate contra el Atlético, llegaba la prueba de fuego de Vallecas. El Rayo no es un equipo fácil, y encaraba el partido con aspiraciones europeas. Muchos de nosotros ya firmábamos el típico empate a cero para seguir sumando en nuestra dolorosa senda hasta los cuarenta puntos que, parece ser, van a garantizar la salvación en esta temporada.
Y van los de Manolo González y nos callan la boca a todos con el mejor partido perico a domicilio en años. Metimos cuatro goles (Cabrera, Roberto Fernández, Puado y Pere Milla), pero pudieron ser ocho. Y no hubiera sido ninguna exageración. Frente a un rival solvente los blanquiazules sorprendieron, y arrasaron. Fue todo mérito propio, más que demérito ajeno. Desbordes, pases con intención, descaro frente a puerta… un sueño perico hecho realidad.
Ya tenemos treinta y dos puntos. Pero, sobre todo, hemos recuperado la confianza que habíamos perdido en el primer tramo de la temporada. Al Madrid le ganamos con justicia, al Bilbao le jugamos de tú a tú, en Vitoria comenzamos a sumar de tres en tres fuera de casa, en Mallorca merecimos más frente a un rival que contó con la banda arbitral, contra el Atlético demostramos que no nos achicamos frente a los grandes y en Vallecas…
Qué podemos decir de Vallecas. Que vimos que no hemos de tener fe, porque han demostrado que pueden hacerlo. Que podemos salvarnos sin sufrir. Ahora, a sumar los ocho puntos que faltan, o los nueve, o los diez, a no renunciar a nada y a ver qué pasa…
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