El entorno del RCD Espanyol es un ecosistema único donde la pasión a menudo desborda la lógica. Los pericos vivimos en una obsesión constante que transforma cualquier detalle nimio en un gran debate. En las tertulias blanquiazules, el «me han confirmado que» es la frase sagrada que convierte una charla distendida en un auténtico campo de batalla dialéctico, donde los rumores se elevan a la categoría de noticia en cuestión de segundos.
Esta idiosincrasia se alimenta de una endogamia casi familiar. Parece que todo seguidor tiene un contacto directo: desde el cuñado de un exdirectivo de la era Sánchez Llibre hasta un confidente que conoce los roces entre un jugador y el repartidor de pizzas.
Todos tenemos a alguien que «sabe de buena tinta» lo que ocurre en las interioridades del club, ya sea un fichaje inminente o las confidencias de un ojeador en la Garrotxa. Son «verdades» forjadas entre la imaginación, el deseo y las previas en los alrededores del RCDE Stadium, a menudo regadas con unos botellines o algún combinado.
Al final, esta tendencia a pontificar sobre historias que rara vez se cumplen es el reflejo de un amor incondicional. El Espanyol ocupa el centro de la existencia de su gente, que no tiene remedio ni lo busca. Mientras el equipo logre sumar en el próximo partido, estas teorías seguirán formando parte de nuestra esencia. Al fin y al cabo, nuestra historia siempre ha sido la de un eterno empate: una lucha constante donde, pase lo que pase, el debate en la grada nunca se detiene.
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