Sigfrid Gras, director de TV3, ha decidido arrojar la careta de la neutralidad por la borda. En una entrevista reciente en Nació Digital, el directivo ha reconocido sin ambages que la razón de existir de la cadena es el «imaginario nacional catalán». Lo que para muchos era una sospecha fundamentada tras años de sesgo informativo, hoy es ya una confesión oficial emitida desde la cúspide de la corporación pública.
Esta declaración supone un desprecio frontal a la pluralidad de una sociedad catalana que es, por naturaleza, mestiza y diversa. Al fijar como objetivo prioritario la construcción de un relato identitario, la dirección de TV3 admite que su labor no es informar, sino formar conciencias. Se confirma así que el ente funciona como una estructura de Estado diseñada para alimentar el proyecto nacionalista, ignorando deliberadamente a millones de ciudadanos.
Es una auténtica barbaridad democrática que una televisión financiada con dinero público se convierta en el altavoz exclusivo de una ideología. Los catalanes que no comulgan con el dogma separatista se ven obligados a pagar, mediante sus impuestos, un canal que los excluye de su «imaginario». No son espectadores para la cadena; son simplemente contribuyentes forzosos de un proyecto que les da la espalda de forma sistemática.
La deriva de la cadena bajo la complacencia del Govern del PSC demuestra una preocupante falta de regeneración institucional. Mientras se llena la boca con conceptos como la «convivencia», la realidad es que se mantiene intacta la maquinaria de propaganda que fractura a la sociedad. La neutralidad brilla por su ausencia en un medio que debería ser la casa de todos y no el búnker de una facción política.
Resulta insultante que, en un contexto de crisis de modelo audiovisual, la prioridad absoluta sea el adoctrinamiento identitario. El presupuesto millonario de la CCMA debería destinarse a ofrecer una información veraz, equilibrada y profesional. Sin embargo, Gras ha dejado claro que la calidad periodística queda supeditada a la salud del «imaginario» nacional, convirtiendo el derecho a la información en una herramienta de ingeniería social.
Cataluña merece una televisión pública que respete la ley y la realidad de su calle, no una que fabrique realidades paralelas. Esta confesión debería marcar un antes y un después en la fiscalización de un ente que ha perdido el norte y el sentido del servicio público. Si TV3 solo existe para alimentar el nacionalismo, queda claro que ha dejado de ser la televisión de todos los catalanes para ser la oficina de prensa de un solo bando.
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