El Espanyol de Manolo González se ha desmoronado de forma estrepitosa en el 2026. Lo que debía ser un proyecto de consolidación se ha transformado en un ejercicio de impotencia semanal. La imagen del equipo en el campo ha caído en picado. Ya no queda rastro de la competitividad que demostró en el primer tramo del campeonato.
Resulta innegable que el estamento arbitral no ha tenido piedad con el Espanyol. Las decisiones sufridas en partidos contra el Girona, el Valencia, el Oviedo o el Mallorca han perjudicado al equipo perico. Sin embargo, escudarse en el silbato es un ejercicio que solo sirve para tapar las carencias propias. El victimismo no marca goles ni evita las sangrías en el área propia.
El equipo se ha convertido en una estructura blanda y previsible. Ante cualquier contratiempo, por mínimo que sea, el grupo se descompone como un azucarillo. No hay capacidad de reacción ni un liderazgo claro que sepa levantar los partidos cuando vienen mal dadas. La fragilidad defensiva es impropia de la categoría y condena cualquier intento de mejora.
Arriba, la situación no es mucho mejor. El Espanyol genera ocasiones, pero es incapaz de materializarlas con solvencia. La falta de pegada convierte cada partido en un suplicio para el espectador. Perdonar ante la portería contraria es un lujo que un equipo con tantas dudas atrás no se puede permitir. La inoperancia ofensiva es el reflejo de una plantilla bloqueada mentalmente.
Este 2026 está siendo, sencillamente, desastroso para los intereses blanquiazules. Sumar solo 4 puntos de los últimos 33 posibles es una estadística de equipo descendido. Si el club no está en una situación crítica es, únicamente, por la renta acumulada anteriormente. La tranquilidad en la clasificación es un espejismo que oculta una crisis de identidad profunda.
Es urgente que Manolo González dé con la tecla antes de que la caída sea irreversible, y el partido contra el Getafe ha de ser un punto de inflexión. No basta con declaraciones vacías en las ruedas de prensa tras los encuentros. Los jugadores deben recuperar la casta y el orgullo que exige vestir esta camiseta. De lo contrario, la deriva actual terminará por consumir lo poco que queda de crédito deportivo.
La distancia con la zona de descenso no debe servir de excusa para la autocomplacencia. Un club de esta magnitud no puede permitirse tirar por la borda una temporada de esta manera. La exigencia debe volver al vestuario de inmediato para frenar esta sangría de puntos. El respeto se gana en el campo y, ahora mismo, el Espanyol lo está perdiendo a pasos agigantados. Queda poco tiempo para salvar el honor de un año que apunta al olvido. La afición merece algo más que un equipo que baja los brazos al primer golpe. Si no hay un cambio radical de actitud, este 2026 será recordado como el año de la rendición. El Espanyol debe despertar de su letargo antes de que el desastre sea total.
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