Recuerdo con mucho placer como un símbolo de la cultura secesionista como Lluís Llach solo reunió a mil personas en su primera manifestación en la plaza de Sant Jaume como presidente de la ANC. Todavía hoy, meses después, sigo disfrutando ese momento porque refleja la decadencia de un movimiento que llegó a ser transversal y a convocar a centenares de miles de ciudadanos.
Sus mentiras, y su fanatismo, le ha condenado a la irrelevancia al separatismo más radical. Si Pedro Sánchez no necesitara a los secesionistas no pintarían nada ni en Madrid, ni en Barcelona. Ahí está Valencia, Baleares, Aragón y las circunscripciones electorales francesas de lo que llaman “Catalunya Nord”. Todas en manos de formaciones que combaten el pancatalanismo.
Cuánto más los conocen, menos les votan. Hasta Salvador Illa les ha ganado en Cataluña. Cada imposición del separatismo se les vuelve en contra. Ojalá sigan con su política de intentar amargar la vida a los ciudadanos, así seguirá aumentando la desafección hacia una ideología totalitaria que desprecia a los millones de catalanes que no piensan como ellos.
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