Va a ser complicado escribir los siguientes párrafos sin pecar en exceso, al hacer referencia a una de esas personas que, sin tapujos, está entre las que más repelús me da solo viéndola. Y, si además tengo en cuenta sus intenciones y decisiones, se hace comprensible esa repugnancia, que creo puede ser bastante común entre los lectores.
Por eso, siendo consecuente con mis sensaciones, en el día a día prefiero obviar su existencia intentando que pase rápido esta etapa al frente de una alcaldía tan significada como es la de la segunda ciudad de España.
Como debe sucederles a muchos de los habitantes de la Ciudad Condal, cuento los días para ver si sale ella, junto a su tropa, del consistorio municipal. Ilusionado con que desembarque una nueva hornada de representantes municipales que aporten más nivel y mejores perspectivas para la vida socio-económica de mi ciudad, mostrando un claro enfoque constitucionalista desalineado del separatismo.
En ningún momento conviene perder de vista que el logro de ese vuelco en la capital catalana sería el comienzo del fin de la paranoia secesionista y, por tanto, una prioridad absoluta.
Puede resultar sorprendente que una persona cuyo gran valor en su currículum se retrotrae a la etapa juvenil como actriz secundaria, sin titulación universitaria alguna, haya alcanzado un nivel de reconocimiento y de relevancia pública como supone ser la gobernanta de una ciudad como Barcelona. Supongo que las poses y experiencia ante las cámaras son de gran utilidad para facilitar el papel de alcaldesa a pesar de la mediocridad.
Hacer carrera política a base de salir en los medios, trabajándose un colectivo afectado por la precariedad económica, con el populismo por bandera y aprovechando algo tan sensible como son los casos de desahucios, hace posible que se idolatre a cualquiera que sepa sacar provecho de la situación y venderse bien ante la opinión pública. No podemos negar que, como estrategia, merece que nos saquemos el sombrero.
Ahora bien, al margen de cómo llegó, también es preocupante lo que está haciendo. En especial, esa manía enfermiza que le tiene a la historia y su alineamiento con los sectores sociales que amparan al separatismo. Dejando de lado sentimientos arraigados en una parte significativa de la sociedad barcelonesa y dando muestras de su sectarismo y arribismo.
Ya demostró su gran objetivo cuando retiró el busto del rey del ayuntamiento, pudiendo constatar, con el paso del tiempo, su frenesí republicano. Hemos sido testigos de cómo se ha implicado en las modificaciones en el nomenclátor del callejero, retirando toda mención a reinados, reyes o derivados de la monarquía. Algo que, por supuesto, para la mayoría de mortales es del todo secundario, pero que el gobierno municipal debe entender que beneficia y facilita mucho la vida de sus gobernados.
He enfocado mi columna de esta semana en esta temática tras enterarme de su último capricho, que no es otro que finiquitar la Avenida Príncipe de Asturias, eligiendo en su lugar el nombre de “Riera de Cassoles”. Dicho de otro modo, puede aparentar que se pone en valor y reconoce a los fanáticos de las cacerolas en los balcones, dando la murga cuando el separatismo ha tocado a rebato, en lugar de una institución como es la que sirve de paso previo a la coronación como rey o reina de España.
Aunque, si hace falta, ya venderán que es por otra cosa… y encima algunos se lo creerán.
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