La Navidad no es solo una fiesta más en el calendario. Es un momento que, desde hace siglos, nos conecta con nuestras raíces, con lo que somos como sociedad. En un mundo que corre cada vez más rápido, en el que parece que todo lo antiguo se debe desechar, la Navidad sigue siendo ese punto de encuentro que nos recuerda de dónde venimos y, sobre todo, hacia dónde vamos.
Defender la Navidad no es solo proteger las luces, los villancicos o el turrón. Es defender algo mucho más profundo: nuestros valores. Porque, aunque a veces nos parezca una fecha cargada de banalidades o de consumo, en su esencia late la solidaridad, la familia y la esperanza. Estas son las mismas ideas que han forjado nuestras sociedades occidentales, las que nos han hecho avanzar. Y no, no debemos avergonzarnos de decirlo: somos lo que somos gracias a nuestras tradiciones.
La Navidad ha sido durante siglos ese momento del año en el que recordamos que no estamos solos. Que necesitamos a los demás. Que, a pesar de las diferencias, compartir una mesa, una risa o un abrazo puede cambiarlo todo. Y esto no es solo un relato romántico; es la base de nuestra civilización. La solidaridad y el espíritu comunitario, tan característicos de Occidente, nacen en gran medida de estas tradiciones que hoy algunos quieren diluir o despreciar.
Vivimos tiempos complicados. Hay quien parece decidido a romper con todo lo que nos une, a borrar las tradiciones porque las consideran obsoletas o porque creen que defenderlas es excluir. Nada más lejos de la realidad. Respetar y cuidar nuestras costumbres no significa rechazar otras, sino mantener vivo aquello que nos da identidad. La Navidad no es una barrera, es un puente. Es el espacio donde recordamos que, independientemente de nuestras creencias o diferencias, hay valores universales que merecen ser celebrados.
Por eso, este artículo no es solo una defensa de la Navidad, sino una llamada a la reflexión. Dejemos de ceder al ruido de quienes quieren convencernos de que no pasa nada si perdemos nuestras tradiciones. Porque sí pasa. Cuando dejamos que se diluyan, nos volvemos un poco más frágiles, un poco más desconectados de quienes somos.
Defendamos la Navidad como defendemos la familia, la comunidad y la esperanza. No permitamos que se convierta en una fecha vacía, en un simple trámite. Mantengámosla viva, no solo por nosotros, sino por las generaciones futuras, para que ellos también puedan sentir esa calidez única, esa chispa que nos recuerda que, incluso en los inviernos más oscuros, siempre hay luz. La Navidad es mucho más que un día del año. Es un legado. Y los legados, como los valores, se cuidan, se celebran y, sobre todo, se defienden.
Alicia Tomás es la portavoz de VOX en el Ayuntamiento de Terrassa
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