Estoy tan acostumbrado a leer o escuchar tonterías que, como ya he dicho otras veces, tengo cierta sensación de inmunidad ante el cúmulo de derivaciones patológicas originadas por la fiebre «procesista».
Aunque el patetismo es repartido, sea en primera persona por parte de alguno de los amos del calabozo, por la presencia divina de Waterloo o por cesión de protagonismo en favor de algún lacayo legalizado, no deja de sorprenderme el denominador común que supone el odio y la rabia de todas las elucubraciones y chorradas surgidas del «lacismo».
Tanta salida de tono paranoica no deja títere con cabeza. Puede afectar, como dicen, a un “incómodo mosso” consecuente con sus principios y la promesa de acatar Estatut y Constitución (ojalá fueran todos así) o, como es el caso, al mismísimo Jefe de Estado estigmatizado por exigir el cumplimiento de la legalidad vigente (ya convendría otra declaración que volviera a poner en su sitio a todos estos impresentables).
La mera frecuencia de actos y exposiciones públicas, fuera de los cauces racionales, ya acostumbra y familiariza con tanta gilipollez pero, aun así, cuesta habituarse con el hábitat socio-político-mediático impuesto por el Régimen. Y no es solo que avergüencen los improperios de una marioneta de guiñol a la orden de un ventrílocuo remoto.
Lo que irrita es hablar en nombre de todos y cada uno de los catalanes. Les cuesta ver que su sesgado criterio solo defiende la postura de una parte de la sociedad mientras, en realidad, Cataluña somos todos.
El trato de favor en declaraciones públicas hacia los que se sienten como en casa rodeados de mentiras y tergiversación interesada, asiduos de los medios en la órbita de TV3, es algo doloroso para la mayoría sensata, que siente ridículo y vergüenza ajena ante la imagen mostrada por quien no es únicamente portavoz del sectarismo y supremacismo.
Conviene dejar claro, a todo fanatizado o abducido que diga lo contrario, que SI tenemos rey los catalanes. Así lo manifiesta nuestra Carta Magna en su artículo 1 punto 3, al decir que España es una Monarquía parlamentaria. O el 56, en el que se señaliza al rey como Jefe del Estado.
Negarlo, para seguir subido a la parra de la imaginaria república bananera, es un fraude desleal del que debe ser el representante institucional del Estado en nuestra comunidad. Condición que le permite un sueldo abusivo que pagamos entre todos, además de un cargo recogido en el seno de la misma legalidad que ubica en la Jefatura del Estado a quien no reconoce como su monarca.
Y, al igual que tenemos rey, también tenemos decencia y podemos exigir que quien nos represente también participe de dicho sustantivo. Invitándole a que se vaya si sigue siendo indecente.
Acabo recordando que, además de monarca, los catalanes de bien tenemos valentía, sensatez, coraje, energía, convicción, memoria, aguante, credibilidad, orgullo, sentimiento, fuerza y, no conviene olvidarlo, Patriotismo (con mayúscula). Algo que dejaremos claro en las próximas citas, en especial cuando el 12 de octubre salgamos a la calle para celebrar los catalanes nuestro verdadero día nacional, el día de España.
Por Javier Megino

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