A pesar de las circunstancias, me sigue gustando sentarme para ver las noticias. Mis hijos suelen quejarse – “¡Papá, siempre es lo mismo!” -, lo que es un mal síntoma generacional, pero insisto en que es importante saber lo que ocurre en el mundo para formarse un criterio válido y poder opinar. Durante el resumen, atisbo lo más destacado del día, pero suelo torcer inmediatamente el gesto cuando anuncian cortos dedicados a la meteorología y a algún macabro suceso, los mismos que a otras informaciones con un impacto mucho más relevante sobre nuestras vidas, aunque a priori pueda costar entenderlo.
Así las cosas, el noticiario suele empezar con la última trifulca entre los dos grandes partidos, que constantemente muestran su incapacidad para entenderse en cuestiones de Estado, mientras el nacionalismo identitario pesca – ¡y siempre recoge! – en río revuelto. Empieza entonces una inacabable retahíla de imágenes que explican que la gente tiene frío en Soria en invierno, con diversas entrevistas callejeras que lo confirman, que el personal tiene calor en Málaga en verano, ratificado por risueños turistas en bañador, que ha llovido copiosamente en primavera en Madrid o que se empieza a levantar viento del Moncayo en Zaragoza en otoño, todo comentado por lugareños entusiasmados ante una cámara, que les da su pequeño minuto de gloria en el prime time y cuyas afirmaciones comentarán profusamente durante la cena con la familia.
Van pasando los minutos y se abre paso el espacio para asesinatos diversos, redadas policiales, asaltos a turistas y demás, todo muy dramático, con periodistas apostados ante las puertas del lugar del suceso, micrófono en mano y con expresión de profundo pesar.
Y quizás, si ese día hay suerte, el informativo menciona, muy brevemente y sin contexto, algunas noticias internacionales, con las imágenes más impactantes posibles – casas destruidas o en llamas, misiles recién disparados en guerras lejanas, interminables filas de refugiados, inmigrantes en una patera en medio del océano, soldados desconocidos enfundados en los más diversos uniformes, reuniones multilaterales, fronteras alambradas… Todo ello nos afecta, especialmente en este mundo que está dando pasos atrás en la globalización y alimentando un nacionalismo decimonónico.
Por citar solo un par de ejemplos, en la República Democrática del Congo, la milicia tutsi M23 – ¿les suenan los tutsis? –, apoyada por Ruanda, avanza casi resistencia por el norte y el este del país. Sus motivos son principalmente económicos – por lo que también hay potencias como EEUU y la UE involucrados indirectamente en el conflicto -, es decir, quieren controlar la extracción y el comercio del cobalto y el coltán que abundan en la zona – fundamentales en la fabricación de baterías de dispositivos electrónicos, ¿saben de lo que hablo, no? – .
En su avance, han empujado a centenares de miles de personas a abandonar los campos de refugiados en los que vivían. La mayoría no tienen donde regresar, pues sus casas fueron destruidas en guerras pasadas que asolaron la República Democrática del Congo. No es muy difícil suponer que, en su desesperación, muchos intentarán transitar la arriesgada ruta hacia la soñada Europa y acabarán en nuestras costas.
Por otro lado, en el otro extremo de Europa, existe una estrecha franja de terreno entre Moldavia y Ucrania llamada Transniestria. Desde que cayó el muro de Berlín, el 14º Ejército ruso se la arrebató a Moldavia en una brevísima guerra y allí permanece, construyendo un estado mafiosoviético, con estatuas a Lenin incluidas. Como es de suponer, el gobierno transniestrio cuenta con el apoyo inestimable de la Rusia de Putin, que tiene así bien colocado un caballo de Troya en medio de un escenario conflictivo.
Transniestria es hoy una bomba de relojería que puede estallar en cualquier momento – quizás por un ataque, real o ficticio, cruento o político, de Moldavia – y “requerir” el apoyo de los rusos que, desde que cuentan con el apoyo de Trump, me temo, para un nuevo tratado de Yalta, están mucho más cerca de convalidar su poder en el corredor terrestre hasta Crimea, acercándose peligrosamente a la frontera sureste de la UE. Por otro lado, los rusos también andan trasteando en la región autónoma de Gagauzia, perteneciente a Moldavia pero con una población rusófila, para azuzar las tensiones nacionalistas, como hicieron en el Donbas o en Osetia del Sur y ya sabemos cómo terminó el asunto. Si Putin gana políticamente esta guerra – militarmente ha sido un fiasco -, no es de extrañar que continúe su expansión neosoviética hacia las fronteras de Rumanía y Bulgaria, con las consecuencias que ello podría tener para la UE, es decir, para todos nosotros.
Disculpen que haya sido tan breve pero, si les interesan estos asuntos, la red está llena de información al respecto. Cuidado porque alguna es veraz y otra manipulada por intereses particulares, de ahí la necesidad de formarse un criterio para discernir el grano de la paja. Sapere aude, como decía el buen Kant.
Europa – que, insisto, somos todos – debe hacer muchos cambios y prepararse para lo que se nos viene encima. El primero de ellos, tratar a sus ciudadanos adultos como tales y no como consumidores de espectáculo, imponiendo un sistema informativo que, realmente, informe en detalle sobre todo aquello que, hasta ahora, muchos han preferido ignorar inocente o deliberadamente, protegidos por un papá americano que ahora se ha vuelto hosco y va a dejar de darnos la paga semanal.
Es nuestra responsabilidad como ciudadanos salir de la cómoda ignorancia, esforzarnos en conocer y crearnos un criterio que nos permita escoger, del modo más racional posible, entre las peores opciones porque, señores, la buena vida de los últimos años está próxima a terminar y toca tomar decisiones, que en muchos casos serán duras y desagradables.
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