La falacia de la libertad asociada a las ideologías totalitarias y disolventes se ha apoderado de nuestra realidad sostenida por los estrategas de la comunicación política y los amigos de las comunidades ilusorias que pululan por las tertulias políticas. Dos comunidades autónomas de España han celebrado en los últimos cien días sendos procesos electorales con resultados esperables en ambos casos. El triunfo del PSC en Cataluña y el de Ayuso en Madrid. Del mismo modo, estos resultados han sido interpretados por los finos analistas y los cerebros de algunos partidos políticos como manifestaciones de errores del electorado, que se empeña en no aceptar la existencia de paraísos de lazos o siniestros. Pareciera que algunos partidos políticos creen que existen “cadenas” de libertad que el elector debe asumir como una forma de “tiranía” de la verdad revelada.
Creen, al modo de Rousseau, que la libertad humana, esa que estaba al final de la desposesión de las instituciones, los frenos legales y cualquier forma de legitimidad jerarquizada, ofrecía al hombre una suerte de hermandad eterna y felicidad que evitaba el permanente estado de conflicto que algunos pensadores afirmaban existir. En este estado de cosas, para algunos partidos políticos regionalistas de toda índole y nacionales de izquierda, la libertad la proporciona el voto a unas determinadas siglas, sólo en ese escenario es posible que la sociedad y la comunidad política alcance la felicidad. Parece que la idea misma de libertad, como premisa de la condición natural de ser humano, estuviera comprometida a identificarse con una única forma de percepción de esta y que los enemigos de la libertad ilusoria de la izquierda y los nacionalistas fueran todos pequeños fascistas condenados a vagar por un mar de dudas hasta encontrar el amor en las costas de Cataluña, como Ava Gardner en el filme Pandora y el holandés errante.
Cataluña votó, Madrid votó y en ambos casos se expresó el entusiasmo vital, emocional e ideológico de algunos. La libertad es un artefacto construido, una forma superior de vida dentro de una sociedad. Pero la historia no es un continuo y ni tan siquiera el ser humano está inmerso en un proceso contante hacia su ser autónomo y plenamente desarrollado. Las personas, los votantes, son formas coyunturales de reacción, no espíritus de su tiempo o de una determinada generación. Únicamente pertenecen a su idea de vida y las estrategias que pretendan establecer para vivir en una sociedad determinada.
La victoria de Ayuso y el desgobierno catalán evidencian el existir de una sociedad, la española, que vive atenazada entre la esperanza y la rutina. El anhelo de existir dentro de un cierto estado de ocio y de opinión ha llevado a muchos madrileños a votar a Ayuso; pero, igualmente, la defensa de ciertas ideas económicas, morales y culturales que se enmarcan en algo que podemos describir de forma algo simple como “sobrevivir” han propiciado ese voto.
Votar a Ayuso frente a Gabilondo fue un modo de gritar, al otrora conquistador del cielo, que él no. Del mismo modo, la escasa participación en las elecciones catalanas significó una forma radical de vociferar que la burocracia del espíritu que algunos imponen en Cataluña, y por extensión en el resto de España, es una falacia que muere por la realidad de los negocios cerrados y clausurados en Gerona, Lérida y Barcelona.
No, no, señores, no es la nación, no es la patria ni tan siquiera las siglas de un partido. La libertad y el voto constituyen una forma de construir el presente civil que va más allá de lo que los psicólogos evolutivos y su “adicción” a la idea de adaptación puedan llegar a pensar. Los madrileños, los catalanes, los españoles hoy y mañana los alemanes, franceses o norteamericanos, no son experimentos de supervivencia dominados por la genética y los dispositivos culturales de tal o cual spin doctor. Porque no lo neguemos, algunas de las reacciones que personas como Carmen Calvo, Pablo Iglesias, Torra, Puigdemont, Sánchez (él no, que aún no ha preparado la homilía), Casado, Abascal, criticando en el caso de algunos o apropiándose de la victoria en el de otros, pareciera que quieren convertir a los votantes que no hicieron sus deberes en fugitivos y vagabundos en la Tierra, como el Caín del Génesis (Génesis 5:12).
Desde las profundidades abisales de la desesperación pandémica, el hartazgo doméstico y el caos normativo en el que está asentada España, los profetas del nacionalismo-separatismo y del totalitarismo no han entendido – ni tan siquiera el señor Errejón – que, una vez destruida la convivencia social, dividida la sociedad entre buenos y malos y creada una comunidad de permanente opinión, la tensión social es una oportunidad para que la especie humana busque la salida más emocional, esa que está integrada por los apasionados de la convicción frente a la razón. Insultar al votante que no participa de esos absolutos significa abrir cada día más vías de agua en el futuro de las comunidades de personas libres.
Heraldo Baldi. Mayo 2021
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