Boadella: “El nacionalismo es proclive a la creación de una cierta ‘cosa nostra’”

Albert Boadella fue uno de los treinta catalanes entrevistados en el libro “Me gusta Catalunya, me gusta España”. Aunque la obra es de finales del 2014, por su claridad y por ser alimento para el espíritu de los catalanes que luchan por la buena convivencia con sus compatriotas del resto de España, la reproducimos íntegra en tres días consecutivos. Si desean adquirir el libro, lo pueden hacer aquí.

¿Se puede tener sentido del humor y ser nacionalista?

Los nacionalistas son muy proclives a tomárselo como una religión. Tienen una genética basada en la fe más que en el pensamiento y es obvio que si hay un impulso religioso de por medio el fanatismo puede predominar con mucha facilidad. El fanatismo y el sentido del humor son dos términos opuestos. El sentido del humor resulta socialmente muy eficaz porque es una higiene mental muy básica, es un antídoto contra cualquier ‘talibanismo’. Saber reírse de si mismo, incluso de las cosas que uno aprecia o quiere, es esencial. Significa establecer una distancia. Evita los fanatismos. Esta distancia es incompatible con toda forma de nacionalismo. La que se vive en Catalunya ahora o las que se han vivido en otros momentos en distintos países europeos.

¿Una sociedad que no tiene sentido del humor no está, en cierta medida, enferma?

En principio, una sociedad sin sentido del humor es una sociedad absolutamente fanatizada, sin una de las características más fundamentales que distinguen al hombre del animal. No hay demasiadas cosas que nos diferencien con ciertos primates, pero una de ellas es el sentido del humor. Los animales pueden divertirse o jugar, lo que no poseen es el sentido de la distancia sobre sí mismos. Una sociedad que no tiene sentido del humor significa que se ha rebajado hasta un estrato muy primitivo.

Viniendo hacia el lugar de nuestra cita me he encontrado en pocos kilómetros de diferencia ‘esteladas’ gigantescas en las rotondas, señales de tráfico con la inscripción ‘Municipio por la independencia’, murales gigantescos de tono épico pro-independentista. En cambio en un pueblecito sólo había un cartel de ‘bienvenidos’ en la entrada y otro de ‘hasta pronto’ en la salida. ¿Cuál es la Catalunya real?

La Catalunya en la que estamos viviendo se halla en un estado de epidemia generalizada. Los colectivos humanos enferman igual que las personas. Asistimos al contagio diario de una patología muy extendida que tiene como uno de sus síntomas esenciales la tendencia a la paranoia puesto que hay un enemigo que es inexistente. Este enemigo inventado es España. Los españoles no son enemigos de Catalunya, ni lo han sido históricamente, ni lo son en este momento. Como eso no es real, es paranoia. Esta epidemia casi me atrevería a decir que es una pandemia, porque ha llegado a unos puntos de introducción en la sociedad muy profundos. Es evidente que hay gente que analiza la situación con cordura, que intenta no tener como base la fe en esta Catalunya idílica que quieren pintar, sino que trata de mirar las cosas con realismo, sin ficción, y aunque no se enfrente al delirio, es gente que en todo caso se halla perpleja ante lo que está aconteciendo a su alrededor. Hay muchos ciudadanos que no están en el juego por distintas razones, pero en cualquier caso, no ven la necesidad de enfrentarse o no se atreven. Es una actitud muy alejada del concepto del ciudadano según la Ilustración francesa. Sin embargo, hay que reconocer que tenemos una imagen de Catalunya falseada, porque el paisaje general tampoco es exactamente este. Pero los que más gritan, los que tienen los medios, los que tienen algún poder, los que regentan el Gobierno y los que representan a determinadas elites del país son los que dan la imagen y estos están todos afectados por el virus de la epidemia.

¿Por qué hay tan poca gente en contra?

A lo largo de estos años se ha llegado a establecer, por parte del mundo de la política y por lo tanto, también de los medios, la creación de un sistema educativo y mediático de adoctrinamiento general que lo ha invadido todo. Es muy difícil enfrentarse a ello porque además se han presentado las ideas de los nacionalistas como algo progresista, que tiene que ver con la libertad, y ahora más concretamente con la libertad de romper una nación. La paradoja es que lo más reaccionario que hay en este momento en Europa son todas las derivaciones del nacionalismo. Un nacionalismo que ha sido en el siglo XX motivo de millones y millones de muertos. Aquí han conseguido darle la vuelta y se han otorgado unas razones de tipo progresista frente a la pintura de una España reaccionaria, retrógrada, ‘cutre’, etc. Es un paisaje de ficción, pero que funciona. Es lógico que para atreverse a contestar esa realidad inventada que creen cientos de miles de personas se necesite tener un criterio muy sólido, muy bien informado y también tener ciertos arrestos.

¿Por qué el Gobierno central ha permitido, por acción o por omisión, que la situación en Catalunya haya llegado tan lejos y no ha sabido ayudar a crear una base social más fuerte que se pueda oponer a este tipo de situaciones?

Los nacionalistas han sido muy astutos y sabían desde el principio lo que querían. No todos se situaban en la misma línea, pero el grupo que estaba alrededor de Jordi Pujol eran directamente antiespañoles e independentistas, aunque mostraran en Madrid una cara distinta de la que ponían aquí. Estos sectores han sabido vender una Catalunya que ha sido víctima de España. De forma que en el resto de España te encuentras con mucha gente que dicen “a los pobres catalanes les prohibieron la lengua, se encontraron con la cultura oprimida…”. Supongo que se refieren al franquismo, y uno piensa: ¿Víctimas de qué durante el franquismo? Si fue mucho más víctima Extremadura o Andalucía. Toda esa gente que tuvieron que coger sus maletas de madera y viajar, muchos de ellos a Catalunya y otros directamente hacia Alemania. Estas son las auténticas víctimas del franquismo, porque eran víctimas de algo esencial que es el trabajo y la comida. Las cuestiones culturales no les preocupaban excesivamente, porque el problema era otro, más básico e importante. No es el caso de Catalunya, no es el caso del País Vasco, no es el caso de otras regiones que tuvieron unas formas de subsistencia mucho mejores. ¿Qué cosas esenciales se prohibieron en Catalunya que no estuvieran prohibidas en el resto de España? Nada.

Los nacionalistas aseguran que se persiguió el catalán…

La lengua no se prohibió, es una absoluta mentira. No hay un solo edicto que prohibiera el catalán. Ni ahora ni en la historia. Y prueba de ello es que el catalán se ha conservado perfectamente y que lo hablábamos todos sin problema. Lo que sí se hizo con buen sentido, como ya sucedió en la época de Felipe V, es que el idioma en el que nos entendíamos entre todos fuera el español y que las relaciones oficiales, y el núcleo esencial de la educación, se haría en esta lengua. Evidentemente, la dictadura no quiso dar pábulo a algo que había sido uno de los motivos de la Guerra Civil, el tema del separatismo. Cualquier cosa que diera la posibilidad de encender la mecha era rechazada al instante. En el momento que se impone el régimen de Franco lucha también contra lo que cree que han sido las causas de la confrontación. Sí que hay una cierta represión de determinados aspectos culturales y políticos, pero los mismos que sufría Madrid con otras cuestiones. Esta ‘venta’ interesada de la teoría víctimista inventada con mucha astucia, ha calado profundamente en el conjunto de los españoles, y por lo tanto, entre los políticos. Los políticos del resto de España siempre han tenido una sensación de deuda con Catalunya y han cedido a todos los chantajes que desde el nacionalismo se han hecho constantemente. Por complejo y obviamente, por intereses electorales. Ha sido como una tradición política, tanto en la Transición como posteriormente. El problema ha sido porque en el momento que había que intervenir pues se vulneraba el sentido de Estado, cuanto más tiempo pasaba, cada vez resultaba más complicado. Era más difícil porque el gran error que hizo España fue el traspaso de las competencias de educación, especialmente en las comunidades secesionistas como Catalunya y el País Vasco. Eso no lo ha hecho ningún país europeo. Es una barbaridad incluso desde el punto de vista educativo. La educación debe ser una competencia del Estado, aunque después pueda haber algunas asignaturas que estudien con más precisión la geografía o la cultura del lugar, pero se debe fomentar la pertenencia común a un Estado. Ese inmenso error, Catalunya lo aprovechó sibilinamente para crear dos generaciones educadas en el odio a España. Hubiera sido mejor y más sencillo traspasarles directamente los tanques en lugar de la educación.

Pujol movilizó a los catalanes en 1984 por el caso Banca Catalana. ¿Lo qué se está viviendo en Catalunya responde a la misma lógica?

Es un paso más, porque se han cometido grandes errores en la política española en cuestiones que tienen que ver con el nacionalismo. Uno de ellos es la promesa de Zapatero de dejar pasar un Estatuto, que aunque se pulió en ciertos aspectos, les daba carta blanca en muchísimas cosas esenciales. Fue un irresponsable desatino decir que aceptaría el Estatuto que decidieran los catalanes, pasándose por el forro el Parlamento español. Los nacionalistas, interesados siempre en sacar tajada de cualquier debilidad del Gobierno de la nación, percibieron que era la mayor oportunidad que habían tenido desde la época anterior a Felipe V. Estos errores de los gobiernos de Aznar y Zapatero han permitido el crecimiento de las esperanzas de conseguir sus fines. Algo que en los años ochenta era una cosa lejana y difícil. A partir de aquí aprovecharon esta brecha y entraron a saco tal como lo estamos viendo.

Curiosamente, tanto en los ochenta como ahora algunos dirigentes nacionalistas han tenido graves problemas con la justicia. En esos dos momentos ha habido un repunte patriótico. ¿Es casualidad?

Ya entendemos que hoy en día la corrupción, sin ser inferior a otras épocas, está extendida por las democracias occidentales por un detalle esencial, los medios de comunicación. Ahora se hace pública, antes era más complicado que apareciera, todo el mundo sabía que había corruptelas, sin embargo, hoy los medios han encontrado en las denuncias de corrupción una buena brecha comercial. Pero, ciertamente, hay núcleos en que esta corrupción es mayor. Y el nacionalismo lo facilita, es proclive a la creación de una cierta ‘cosa nostra’, una forma de mafia de parientes, de amigos que todos participan por el bien de la ‘patria’. Y participan naturalmente tomándose sus licencias. Pujol es un hombre que considera que su sacrificio por la patria tiene que autocompensárselo. Creo que se ha llegado a convencer que Catalunya es su jardín y lo que se hace y se deshace es gracias a él. Y si hay riqueza, también es gracias a él. En estas cuestiones, su forma de proceder ha sido determinante ya que en Catalunya ello ha generado una sensación de impunidad. Se ha facilitado esta sensación porque los medios durante muchos años han sido cautelosos porque todos estaban comprados de una forma u otra. La judicatura también se ha mostrado tímida, por decirlo amablemente. Todo lo que está saliendo ahora está siendo aportado por instituciones estatales, las catalanas ni se han movido.

Ya en los ochenta, en ‘Ubú president’ bautizó a TV3 como ‘TVRes’. ¿Sigue pensando que es ‘TVRes’ o se ha convertido en el NO-DO?

TV3 es una televisión que ha sido enormemente eficaz, de una eficacia letal. Debería hacerse un auténtico estudio sobre como una televisión, y en este caso una emisora, porque va junto a Catalunya Ràdio, han sido capaces de comerle el coco a un país. Lo han hecho casi perfecto, porque lo han conseguido en unos niveles muy generalizados de la ciudadanía. Es una televisión sofisticada, en cuanto a perversidad, sin esa tosquedad que tiene TVE, que es un desastre como televisión. TV3 en este sentido, no lo es, porque ha cumplido sus objetivos. Desde el humor, pasando por el servicio meteorológico hasta cualquier programa de tarde de entretenimiento, todo ha sido hecho y perversamente elaborado para ir transmitiendo siempre el mismo mensaje.

Cuando algunos comparan en calidad a TV3 con la BBC. ¿Qué piensa?

En cuanto a calidad de los productos es un exceso compararlo con la BBC. Sería como comparar el Barça con el Hospitalet. En nada es comparable. Puede parecerse en esta obsesión que tienen los gobiernos de lanzar sus mensajes a través de sus televisiones públicas. Creo que en la BBC el propio Gobierno británico debe intentar hacer sus pinitos. Lo que sucede es que le debe resultar más difícil que en Catalunya porque la democracia funciona de otra forma. En definitiva, allí la democracia funciona. En Catalunya no han tenido ese problema, ha sido ‘su’ televisión, su medio de propaganda utilizado con total impunidad.

¿Estamos a tiempo de salvar la situación para que Catalunya no rompa España? ¿Cómo?

En estos momentos es muy difícil, porque costará recuperar la trama de afectos mínima e imprescindible para vivir juntos en una nación. Es complicado porque hay una elevada proporción de gente en Catalunya que ha vivido los últimos años inducida en la paranoia constante contra España, en el falseamiento de la historia, o sea, fuera de la realidad. Pero hay una cosa que Catalunya no ha experimentado, desde la muerte de Franco, que es la fuerza de un Estado. En el sentido que España es un país importante en Europa y en el mundo. No son las Islas Caimán, es una nación que cuenta, que tiene unas instituciones democráticas potentes. Y eso Catalunya, desde el fin del franquismo, no ha querido sentirlo. Los vascos lo han notado un poco más por el tema terrorista. Si Catalunya mañana sintiera la fuerza del Estado, y no significa que aparezca un tanque en el límite de la provincia de Lleida, porque en este caso habría un orgasmo general de victimismo, me refiero a que si sintiera simplemente el peso de la aplicación de la ley, tengo mis dudas si la gente no bajaría la cabeza y comenzara a pensar con cierto sentido común. A veces el sentido común se consigue con un pequeño electroshock. Y el notar la pertenencia a este Estado potente podría traer cambios importantes en el futuro. Tengo mis dudas que esa reacción se produzca, dado que el Gobierno central ha pasteleado y ha permitido muchas cosas. Pero habría que ver qué pasaría si se produjera una política valiente por parte del Estado. Cuando se encarceló a la Mesa Nacional de Herri Batasuna se pensó que estallaría una guerra civil. Y no pasó nada y Otegi, a día de hoy, sigue en la cárcel. La gente no es como en los años treinta. Hoy la gente tiene mucho que perder y no se la juega fácilmente.

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