Artículo octavo: acerca de algunos políticos presos

11 de noviembre, noticiero de la noche de TV3 (por cosas de programación, publico esto mes y medio después, pero no importa tanto la actualidad como la idea; algo así como lo que dicen los psicólogos sobre que las actitudes son más importantes que los hechos).

Acaba de terminar una manifestación de 750.000 personas, según la Guardia Urbana de Barcelona. Convocada -¡cómo no!- por ANC y Òmnium Cultural, exigió libertad para los “presos políticos”, un eufemismo empleado también por ETA. Todo el mensaje giró alrededor de ese eufemismo sin ninguna otra consistencia; hasta el punto de que, con la demostración de que efectivamente lo es, todo el montaje se derrumba y su análisis se acaba.

Para la RAE, eufemismo es “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”; aquí la expresión “presos políticos” evita tener que decir “políticos presos” (importa, y mucho, el orden) de forma preventiva e incondicional por haber claros indicios de que han delinquido gravemente. La falta de rigor al manipular masas es utilísima, como se ve.

No faltó el acompañamiento sentimental del espectáculo (que, mire usted, otra cosa no sabrán hacer, pero los espectáculos que llaman “democráticos” se les dan de maravilla): familiares y amigos de los políticos presos leyendo sus cartas, carteles con barrotes pintados, lazos amarillos, esteladas y los cánticos de siempre, uso profuso del término libertad (que es de los pocos que nunca fallan sea cual sea la reivindicación y el contexto), uso más repartido de otros como dignidad del pueblo, fuerza democrática, esperanza, lejanía, soledad, calor, apoyo, unidad, diálogo, primavera (como Falange, curiosamente), momentos emotivos, sonrisas, etc.; eso por una parte, y por otra, bien separada: tristeza, rabia, impotencia, humillaciones, venganzas, interrogatorio, enjuiciamiento, encarcelamiento, derivas autoritarias, vergüenza (no la del pecador), ofensa a todos los catalanes, falta de independencia del poder judicial, etc.

El noticiero “informó” durante 24 minutos con indisimulado agrado e innecesaria repetición de los mismos detalles. Magnificó el número de asistentes (llegó a hablar de una “Barcelona desbordada”). No sabía si enfatizar las dificultades del tráfico y los problemas en las estaciones de metro próximas, para reforzar la idea de apoyo masivo, o relativizarlos para destacar la solvencia de la gestión ciudadana en la capital de la “próxima república”. Alabó hasta aburrir el ambiente, siempre “pacífico y festivo” (¡no podían olvidar este detalle!). Se congratuló de la idea de la manifestación y de la ocurrencia de encender las luces de los móviles (el poeta Puigdemont dijo mediante un video grabado en Bruselas que esa luz “ilumina el camino”).

Uno de los errores de higiene mental a los que me refiero frecuentemente es la confusión de hechos con opiniones; una distinción fundamental para analizar cualquier cosa con un mínimo de rigor, la herramienta imprescindible de una cabeza bien amueblada para estar centrado (uno) y empezar a entendernos (varios). En el acto de esa tarde, incluyendo cartas, intervenciones de organizadores y amigos independentistas de otros territorios irredentos, y aportaciones por video desde el flamenco más allá, la confusión (intencionada o no) fue enorme: los hechos son, básicamente, unos autos judiciales recurribles, compuestos de fundamentos y resoluciones jurídicas sobre individuos concretos, ocupando un buen número de páginas que casi ninguno de los 750.000 manifestantes habrá leído, ¿o sí?

A ver si me explico: “político preso” es un hecho; “preso político” es una opinión. (El 22 dic, ha sido colgada sobre la plaza mayor de mi pueblo una pancarta gigantesca pidiendo: “Llibertat presos polítics!”; entiendo que buscando un gigantesco efecto de la -no menos pequeña- tergiversación porque está claro que mis paisanos la verán más que los jueces en cuestión).

Sigo con el noticiero: frente a los hechos, lo que no son más que opiniones (y deseos); vean: los micrófonos alentaron a no dejarse atemorizar y a no permitir que se recorten libertades (no a políticos presuntos delincuentes sino a “todo un pueblo”, falacia que siguen propalando después de conocerse los resultados del 21 dic); hablaron de humillación de las instituciones y de Cataluña (por la aplicación del art. 155); de que son representantes legítimos (obviando que se puede ser tal cosa y, a la vez, responsable de delitos y corruptelas como, sin embargo, denuncian cuando les interesa); se dijo que da igual lo que hayan dicho o no (¡tela marinera!) ante un Estado represor que no atiende a razones sino a humillaciones (¡tela marinera del telar americano!); que “son inocentes completamente porque se han limitado a hacer lo que les hemos mandado hacer” (decía una señora del pueblo, que –ella sí- me pareció verdaderamente inocente); que “la voluntad del pueblo ha de estar por encima de las leyes” (dijo un joven estudiante que debería ponerse a estudiar pronto); que “los presos podrían ser su padre o su madre” (dijo una chica que infundió en mí ganas de adoptarla y explicarle alguna cosa que necesita saber); que “están intentando prohibirnos hasta llevar a los niños a las manifestaciones” (dijo un señor con cara de tener hijos mayorcitos o de no tener ninguno todavía), etc.

Según la Guardia Urbana, hubo 750.000 manifestantes. Según yo, casi 750.000 no se plantearon que si un imán predica en favor del terrorismo islámico puede acabar en la cárcel, pero no por sus ideas religiosas; que un padre maltratador va también a la cárcel pero no por el hecho de tener hijos; y un violador no va por practicar el sexo.

Tampoco se plantearon que las ideas de los encarcelados no se han conformado en estos días, por lo que –de ser como dicen- se les habría detenido antes. Ni que tales ideas no prendieron en todos ellos a la vez, por lo que –de ser como dicen- habrían sido detenidos, probablemente, en momentos distintos. Ni que, visto el número de manifestantes, al menos hay varios cientos de miles que parecen compartir sus ideas con los detenidos, por lo que –de ser como dicen- irían pasando paulatinamente todos a la cárcel. Ni se habrán planteado aún por qué el Tribunal Constitucional señaló hace tiempo que el independentismo es una opción política legítima; ni por qué son legales en España los partidos que lo defienden, etc. ¿Se plantean alguna vez algo que cuestione lo que se les predica?

¿Cómo pueden creer seriamente y desgañitarse gritando que sus dirigentes están encarcelados exclusivamente “por sus ideas”…, y que por eso son auténticos “presos políticos”? (Y ya, de paso, que la calidad democrática del Estado español es muy deficiente –no importa nuestro puesto en el ranking mundial-, que es una prolongación de la dictadura… y demás derivadas. Por cierto, los niños españoles que más oyen hablar de Franco deben ser los catalanes, el resto apenas sabe quién fue).

Para acabar, hubo tres cosas más:

-Una espantosa: la alusión a que el “camino es irreversible”, versión catalana moderna del “mantenella y no enmendalla” que, bien estúpidamente, nos llevará a la decadencia y nos podría llevar a cualquier tragedia.

-Una cómica: alguien dijo que “al regreso de los encarcelados se les dará una bienvenida y no se les someterá a interrogatorio alguno” (hay gente tierna… ¿verdad?).

-Una incomprensible: unos pocos letrados –con togas puestas y en improvisado juicio paralelo en plena calle a falta de barra de bar- afirmaron, sin sonrojo, cosas como que “el auto está fuera de todo derecho”, “siento indignación por la poca o inexistente motivación jurídica”, o “por la desproporción de las medidas acordadas”… etc. Ya dije la semana pasada que en materia de pasiones hasta los hombres más eminentes son como los más corrientes (mis nietos me entrenan para hacer rimas con todo).

Les dejo como estoy yo: pensando todavía en la fuerza que tiene en las masas un eufemismo hecho eslogan…

Aquí el enlace al artículo séptimo. La semana que viene hablaré de grados de libertad, que viene muy a cuento.

Por Ángel Mazo

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