Repasar mentalmente los acontecimientos políticos de los últimos tiempos, en este atribulado país llamado España, no es precisamente un ejercicio de gozo, es más bien decepcionante.
En Cataluña, donde nací y vivo (de momento, como digo siempre desde hace años) los nacionalistas catalanes, con esa puesta en escena que tanto les gusta, mezcla de envaramiento, sosería y grosería explícita de los supremacistas -los menos catalanes de todos nosotros, aunque ellos no lo sepan, ya que abominan de la rica mezcla que nos caracteriza-, gustan señalar como días históricos a cualquier ocurrencia que signifique desdoro social para sus protagonistas y, sobre todo, la confusión del acontecimiento histórico con la actividad histérica, pequeña diferencia.
Han conseguido, los nacionalistas, exportar lo peor de su ser, lo más repugnante de sus defectos a muchos políticos que deambulan por España. En especial a aquellos que nacidos muchos años después del fin de la guerra incivil del 1936/39, tienen el ensueño de poder participar (virtualmente) en ella, para cambiar la historia. Lo han conseguido con algunos de los que alardean ser de izquierdas, lo que no siempre atiende a su naturaleza o actividad ya que muchas veces se revelan como auténticos reaccionarios.
Hace años, una compañera de estudios ya mujer con hijos y carrera profesional incipiente, estando en los años finales de la dictadura en España, me dijo que ella era muy reaccionaria. Me sorprendió, entendí que quería decir que estaba reaccionando contra la situación, le comenté brevemente su equivocación con el significado y reímos un poco. Es justo al revés de lo que ocurre ahora muchas veces, los que se pretenden revolucionarios son, se comportan, como reaccionarios.
Estamos en campaña continua, ahora mismo escribo enterándome de resultados de varias mociones de censura con el mínimo común denominador del oportunismo; de la precampaña por Madrid; de subvenciones raras a compañías aéreas casi inexistentes; de campañas de vacunación mal llevadas (el mismo día que se envía un satélite “catalán” al espacio se consigue vacunar en toda la región a 188 personas); de que el gobierno isleño balear señale a los almirantes Churruca y Gravina como fascistas, emulando a Colau que quitó la calle del almirante Cervera; que miles de personas necesitadas no cobren las prestaciones por desempleo o ajustes temporales, en todo caso por necesidad, por un ataque cibernético a un sistema vetusto, al tiempo que el gobierno da más de 50 millones a una compañía con mayoría extranjera cercana al sátrapa Maduro; que nadie explique las muertes insoportables en los geriátricos abandonados por un vicepresidente, después de reclamar su máxima responsabilidad en su control; que quien es responsable de la estrategia en la pandemia entienda que 100.000 muertos son un buen cartel electoral para llegar a la Generalidad, al tiempo que una ministra Montero y una portavoz, Lastra, solidarizándose con la hija de una cantante famosa ya fallecida, que previo cobro de un dineral se presta a explicar supuestas intimidades en un espectáculo bochornoso en el programa-hez de la tv que convoca a más de 3 millones de audiencia al tiempo que sus propietarios consiguen hacer subir sus acciones tres puntos en la bolsa. Miserias, indecencia.
En Cataluña, curioso lugar al que no se sabe bien por qué hace unos años la gente del resto de España nos miraba con cierto respeto y aún algunos siguen haciéndolo, cuando muchos de nosotros esta realidad solo nos invita al sarcasmo o unas risas liberadoras de la mala sangre que nos crea la situación.
¿Cómo puede soportarse en Cataluña el haber tenido como presidentes a gente de la ralea de Pujol, Mas, Puigdemont, Torra y ahora a Aragonés? ¿Cómo puede entenderse que el parlamento de Cataluña siga reuniéndose, no digo funcionando, con personajes inútiles o siniestros en su dirección como Benach, Gispert, Forcadell, Torrent y ahora Borràs que, rizando el rizo, ya aporta como patrimonio llegar al cargo pendiente de sentarse en el banquillo del juzgado por corruptelas? Indecencia.
Los esfuerzos de muchos, la entrega de unos pocos y hasta la vida y salud de otros, no eran sacrificios para llegar aquí. Esto es la traición a todo lo buscado a todo lo que significa comprometerse con la libertad y la democracia. A los que creyeron comprometerse con la decencia.
Es justo lo contrario de lo que defienden en cualquier rincón muchos políticos, profesionales de las traiciones, de las contradicciones entre lo que dicen y lo que hacen, los oportunistas que se lucran económicamente y que todos conocemos, los estúpidos que en las calles hacen el trabajo sucio a los sinvergüenzas que los manipulan, sin darse cuenta que están al servicio de la “contra” y nos perjudicamos todos.
Llevamos años con un bipartidismo que, aceptadas buenas intervenciones de unos y otros, remarco lo de unos y otros ya que así es, las corruptelas, la investigación policial, las actuaciones judiciales y las condenas nos han dejado perplejos ante tanta inmundicia conocida. La aparente cierta ruptura con este sistema, la aparición de nuevos partidos con buenas propuestas de regeneración, solo ha traído una corrupción más extendida, más difusa, más dañina. Una relajación moral y ética sin precedentes avivando todo el cainismo que desde hace casi un siglo venimos alimentado y que parecía en descenso.
Y sin ánimo aparente de mejora o enmienda, visto, aceptado, celebrado por un sociópata que tiene como guarida el palacio de la Moncloa. Sin interés de corrección, pensando en su único interés, mantenerse en el poder. Antes muerto que decente, debería ser su divisa. Cincelado en la piedra de su insensibilidad.
José Luis Vergara. Marzo 2021
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