
¿Qué le llevó a escribir ‘La Sagrada Familia’?
Este libro nace de la necesidad de ordenar años de trabajo. Durante los últimos años he publicado exclusivas que han tenido mucho impacto, pero faltaba que el lector pudiera ver la fotografía completa. Además, sentía la obligación de contar la intrahistoria de esas investigaciones. Yo no soy un periodista que trabaja encerrado en una redacción esperando a que lo llamen. Disfruto la investigación de campo: viajar, pisar escenarios, mirar a las fuentes a los ojos. En el libro revelo piezas muy delicadas de ese puzle. Cómo Begoña Gómez aprovechó la cobertura institucional de Moncloa para llamar a empresarios del Ibex 35, pedirles aportaciones económicas y agradecerles esos pagos en nombre del propio presidente; cómo funcionaba la red de prostíbulos del suegro del presidente que durante dos décadas operaron como saunas; y también lo que llamo ‘la familia del PSOE’, donde destapo casos inéditos como el del marido de Isabel Rodríguez, que pasó de ser panadero a ser contratado por una empresa energética que esperaba una ayuda pública de 1.625 millones de euros. El lector va a descubrir cómo se fueron construyendo, paso a paso, algunas de las investigaciones más relevantes que he realizado en estos años. Y quería que se conociera esa parte invisible, la que no aparece en los titulares.
El título tiene carga simbólica y crítica. ¿Por qué lo eligió?
Porque sintetiza el funcionamiento del círculo que rodea al presidente. Un grupo extremadamente protegido, impermeable a la crítica y con una estructura interna que gira en torno a él. ‘La Sagrada Familia’ define con precisión esa red de vínculos y dependencias donde la lealtad personal se convierte en pasaporte para moverse sin controles, con una sensación de invulnerabilidad que ha sido evidente durante años.
El libro aborda presuntos casos de corrupción en el entorno del presidente. ¿Cuál es su método de trabajo?
Mi método se basa en tres pilares: rigor, paciencia y una verificación escrupulosa. Nunca publico nada que no pueda sostener documentalmente. Cruzo contratos, expedientes administrativos, declaraciones judiciales, movimientos societarios y escucho a todo el mundo, incluso a quienes prefieren que sus nombres no aparezcan.
El libro está dedicado a mis fuentes. A veces la gente imagina que son políticos o grandes empresarios, y sí, los hay. Pero en la mayoría de ocasiones son personas anónimas. La exmujer de un político que veía entradas inusuales de dinero, el vecino atento, la señora de la limpieza, el jardinero, el conductor. Personas corrientes que, al poner datos en manos de un periodista, permiten destapar tramas que, de otro modo, jamás verían la luz. Sin ellas, este libro no existiría.
¿Hasta qué punto le ayudó su formación en Derecho?
Ha sido fundamental. La documentación clave de estos casos está redactada para que cueste entenderla. Autos, resoluciones, contratos públicos, expedientes fiscales. Saber interpretarlos te permite ver lo que otros pasan por alto y detectar anomalías, contradicciones o justificaciones difíciles de sostener. Para mí ha sido una herramienta imprescindible.
¿Ha recibido alguna reacción por parte del Gobierno o del entorno del presidente?
Si te refieres a presión, la estrategia que utilizan es siempre la misma. Desacreditar, ridiculizar y reducir a eslogan el trabajo de investigación. Se prefiere atacar al mensajero antes que responder a los hechos. Pero ese tipo de ataques no me han afectado lo más mínimo. No me han arrugado ni un centímetro. Al contrario, han reforzado mis ganas de seguir investigando. El tiempo ha demostrado que muchas de las informaciones que intentaban desacreditar han terminado recogidas en autos judiciales y en informes policiales. Mis investigaciones —y las de algunos compañeros— se han adelantado en muchas ocasiones a las actuaciones oficiales y han desembocado en imputaciones y procesamientos de personas del entorno familiar y político de Sánchez.
¿Por qué el entorno de Sánchez ha podido llegar tan lejos?
Porque se combinó un poder interno sin contrapesos, un control férreo del partido y un clima mediático donde quien investigaba era acusado inmediatamente de tener motivaciones políticas. Ese marco creó un espacio perfecto para los abusos, porque cualquier noticia crítica era tildada de campaña, y eso dio alas a quienes pensaban que nunca tendrían que rendir cuentas.

Dentro de ese entramado, ¿cuál fue el descubrimiento más sorprendente?
Sin duda, el caso de David Sánchez, el hermano del presidente. En el libro cuento cómo todo nace en la redacción de El Debate, cuando propuse investigar a fondo al músico. Mis informaciones motivaron la denuncia que inició el procedimiento judicial. Casi toda la causa se ha nutrido de publicaciones mías durante los últimos años. Primero fue imputado y después procesado por delitos de corrupción. Ahora está a la espera de juicio. Me siento especialmente orgulloso porque este caso demuestra el poder real del periodismo de investigación.
¿Cómo definiría la lógica que sostiene ese modelo de poder opaco?
En estos años se ha hecho visible algo que antes apenas se comentaba, que era la complicidad de numerosos medios de comunicación. Mientras algunos investigábamos, otros se dedicaban a descalificarnos y, con ello, a tapar irregularidades evidentes. Lo más paradójico es que quienes intentaban desacreditar eran compañeros de profesión. Y cuando todo ha estallado, muchos de esos mismos medios han virado de postura. Pero la gente sabe perfectamente quién estuvo investigando desde el primer momento y quién se sumó cuando ya no había alternativa. Esa complicidad ha sido un elemento clave para que este sistema funcionara durante tanto tiempo.
En el libro aparecen negocios familiares muy diversos. ¿Cómo verificó esas conexiones?
Con documentos oficiales. Registros mercantiles, notas simples, expedientes tributarios, sentencias judiciales, contratos… No hay nada basado en rumores. Todo lo que cuento está respaldado por pruebas. Y, de nuevo, gracias a la confianza de fuentes cuya identidad no revelaré jamás.
¿Ha sufrido presiones o dificultades durante la investigación o la publicación?
Dificultades, muchas. Cada vez que avanzas en una investigación importante empiezan a cerrarse puertas. Fuentes que se echan atrás, documentos que desaparecen, instituciones que empiezan a hacer tiempo. Pero censura, no. En España la forma de frenar a un periodista no es prohibirle investigar, sino intentar aislarlo o desacreditarlo. Y en mi caso no ha funcionado.
Usted agradece el apoyo de la dirección de ‘El Debate’. ¿Cómo valora el papel de los medios?
Ha sido crucial. No todos los medios están dispuestos a incomodar al poder, y en ese sentido El Debate ha apostado por un periodismo que no se arrodilla. Pero también quiero destacar el apoyo de otros periodistas que han ayudado a dar visibilidad a mis trabajos. Un ejemplo claro es Iker Jiménez y su programa Horizonte. La audiencia espera cada semana el programa y la difusión que él ha dado a mis investigaciones desde el primer día ha sido determinante.
¿Existe autocensura o temor a investigar al poder?
Sí. Hay periodistas y medios que evitan ciertos temas por miedo a las consecuencias. Y la autocensura es el primer paso para que el poder pueda actuar sin supervisión. Pero también es cierto que cuando un medio decide investigar de verdad, acaban apareciendo resultados.
¿Qué impacto puede tener este libro en la opinión pública?
Creo que puede contribuir a replantear cómo entendemos la transparencia en España. No escribí el libro para alimentar trincheras ideológicas sino para exponer hechos. Si después de leerlo la gente exige más control a sus gobernantes, ya habrá cumplido su función.
¿Le ha sorprendido la velocidad de ventas?
La magnitud, sí. Sabía que generaría interés, pero no imaginé una reacción tan inmediata. Es evidente que existe un deseo real de entender qué ha pasado y cómo ha funcionado el poder durante estos años.
¿Puede este periodismo cambiar el juego político?
Sí. Para los jóvenes, especialmente, es importante ver que la investigación rigurosa tiene efectos reales. Cuando la verdad documentada irrumpe, el tablero se mueve. Y esa es la esencia del periodismo libre.
Si tuviera que enviar un mensaje al presidente o a su entorno, ¿cuál sería?
Que el poder es efímero y que ninguna estrategia puede borrar lo que está documentado. La transparencia no es un gesto, es un deber. Y este libro demuestra que, aunque se intente tapar, la verdad siempre termina encontrando la forma de salir a la superficie.
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