Al 1-O llego con tres heridas

El próximo domingo 1 de octubre no habrá referéndum de independencia. El estado ha desbaratado logísticamente la posibilidad del mismo. Es un acto de defensa de la legalidad. No hago valoración de lo acertado o no de los medios sino que constato la obligación.

Pero, de esa confrontación indeseable, el pueblo español saldrá con tres heridas. Últimamente se ha manoseado mucho la palabra “pueblo” y se utiliza como elemento excluyente y monolítico.

Nada tan heterogéneo y tan solidario como el concepto “pueblo español”, ese del que se habla en la constitución de la Segunda República cuando define a España como una “república de trabajadores de toda clase”. Ese pueblo donde reside la soberanía nacional, según nuestra actual constitución.

Son tres heridas en la libertad, la igualdad y la fraternidad. Porque si se rompe ese proyecto de emancipación social, no podremos afrontar hacerlo más grande, rompiendo fronteras. Si otra España es posible, otra Cataluña, no la del 1-O, y otra Europa son posibles.

Para caminar hacia proyectos de igualdad, no necesitamos levantar muros que solo traerán privilegios para unos y discriminación y penurias para otros.

No oponemos al nacionalismo identitario homogenizador otro nacionalismo, no. Oponemos un proyecto de emancipación social, de justicia y de igualdad.

Somos conscientes de que en España hay desigualdades y leyes injustas, pero nuestro proyecto no es crear nuevos miniestados donde esas injusticias sean más profundas y donde las oligarquías locales, a un lado y otro de la nueva frontera, acumularían más riquezas y conseguirán más impunidad para sus corruptelas.

La secesión no es un derecho, la autodeterminación no es aplicable en España: ni para Cataluña ni para el País Vasco. El derecho a decidir es una idea trampa, que juega en los márgenes de la democracia y la pervierte.

Tras el “procés” hay un viejo proyecto de carácter totalitario, con una larga época de preparación bajo la batuta del Pujol y con la inanición y connivencia de los gobiernos de España en los últimos treinta y pico años.

Lo más grave de todo es que la izquierda española oficial, la de antes y la de ahora, ha sido abducida por las ideas nacionalistas. Colocaron el carro delante de los bueyes…

Nunca medraron los bueyes en los paramos de España…. Terriblemente hoy medran bueyes y carniceros de la España más luminosa.

El candado del 78 es el complejo de culpa impropia que la izquierda tiene ante el nacionalismo.

El gran error de la izquierda en la transición fue dar pábulo, marchamo de progresista a una ideología que no es otra cosa que conservadora, retrograda, supremacista y profundamente insolidaria: el nacionalismo.

Hoy, la nueva izquierda revisionista se revuelve contra su historia y, en vez de tomar conciencia de ese error, profundiza en el mismo colocando por delante, en su programa, la nación; aunque eso signifique apoyar a la derecha más retrograda de España, la catalana.

No, no estamos con el PP. Nuestro proyecto de España bebe en otras fuentes. Nuestro proyecto es el cambio real, social, igualitario, el de la redistribución de la riqueza, el de garantizar el derecho al trabajo, el de una sanidad publica de calidad y para todos estés donde estés, el del derecho a una vivienda digna, el de una renta garantizada para toda España. La igualdad de oportunidades no es real si no está garantizada la igualdad de origen. Es decir, si no tenemos todos garantizado: pan, techo y trabajo.

La educación es la gran apuesta pendiente en este país. Evidentemente no podemos aceptar el blindaje de la lengua en los chalaneos que vendrán. Pero en España es preciso recuperar un proyecto ambicioso para la enseñanza. No podemos conformarnos con un fracaso escolar del 30%, la apuesta ha de ser una escuela pública de calidad y gratuita… hasta la universidad.

El problema que tenemos hoy es acuciante. El nacionalismo catalán aprovecha la misma crisis del sistema para debilitar nuestra salida de la misma. En España hay una crisis de legitimidad democrática, tanto del gobierno español como de la Generalitat. Ambos sacan rentabilidad a un sistema electoral tramposo. Pero el nacionalismo ha aprovechado la coyuntura para lanzar un órdago al estado de derecho.

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