FERNANDO MÚGICA HERZOG: asesinado el 6 de febrero de 1996
Dos años antes, en 1994, le habían retirado la escolta con la que vivía desde 1984 porque, según le dijeron, no había suficiente personal. El 6 de febrero de 1996, cuando caminaba por la calle San Martín de San Sebastián hacia un aparcamiento próximo a su despacho hacia las 13.30 de la tarde, dos pistoleros de ETA le salieron al paso y uno de ellos le disparó un tiro en la nuca, matándolo en el acto. Su hijo José María se encontraba en la misma calle y, al oír la detonación, acudió en dirección a su padre. El hijo de la víctima fue encañonado de camino por los terroristas, que acababan de emprender su huida. Múgica tenía 62 años, estaba casado con Mapi Heras, era padre de tres hijos y hacía cuatro meses que se había convertido en abuelo.
JOSEBA PAGAZAURTUNDUA RUIZ: asesinado el 8 de febrero de 2003
Joseba había sufrido múltiples intentos de atentado de ETA en 1994, cuando era policía municipal de Andoáin. Por ello, había conseguido ser trasladado a la comisión de servicios de la Ertzaintza en Laguardia. Sin embargo, en 1994, el Gobierno vasco decidió suprimir la comisión de servicios como consecuencia de una tregua de ETA, obligándole a volver a Andoáin. Allí entonces gobernaba Batasuna con el apoyo de PNV, EA e IU y Joseba, temiendo porque pudiesen espiar sus actividades, se vio obligado a pedir la baja por enfermedad. La convivencia del ayuntamiento con la kale borroka hizo que en estos años Andoáin se convirtiese en un importante foco del terrorismo.
Un año después de su asesinato, tanto PNV como EA se negaron a conceder la Medalla de Andoáin a Joseba.
Queridos Fernando y Joseba:
Una vez más, en este día puente entre vuestros dos asesinatos, me dirijo a vosotros, in memoriam, para reforzar mi convicción de lo absurdo y lo inútil de vuestras muertes y del inmenso dolor que ocasionaron. También, para mantener vivo el recuerdo de esas situaciones que no se deben repetir.
Veintiún años después de tu muerte, Joseba, y veintinueve de la tuya, Fernando, la situación política ha cambiado notablemente. ETA abandonó la lucha armada, pero los partidos que la amparaban siguen defendiendo los mismos objetivos y siguen dando apoyo explícito a lo que la organización armada representó, por su mera existencia y por su imbricación en la política parlamentaria. Por otro lado, la inestabilidad y la falta de convicciones morales del grupo que detenta el poder en el Gobierno de la nación vuelven a dar protagonismo y relieve político a los defensores de ETA, acortando las condenas de los terroristas y mirando hacia otro lado ante las manifestaciones de apoyo a los etarras excarcelados.
Muchos ciudadanos creen que, pasado ya tanto tiempo, no es necesario volver a remover esas heridas, que eso es cosa de un pasado ya superado y que es preferible olvidar, para contribuir a su cicatrización. En algunos casos, esa tendencia es interesada, por ejemplo, la desmemoria sirve a los partidos proetarras para autoexculparse. Por otro lado, muchos que sostienen las virtudes del olvido siguen utilizando la Guerra Civil española y la dictadura franquista como recordatorio imprescindible para la salud social del presente.
Quienes lo defienden de buena fe, por otra parte, no parecen ser conscientes del daño que el terrorismo etarra infligió en las familias de las víctimas y de que se trata de un dolor que no caduca y que no tiene cura y al que estamos obligados a dar amparo. Por no hablar del daño moral en el tejido social, de la pésima lección que implica para la sociedad la conciencia de que el uso de la violencia produce réditos positivos para aquellos que la provocan.
Así pues, tenemos un deber de memoria para con aquellos que fueron sacrificados. Faltar a ese deber, supone añadir más daño a su muerte: el olvido de las víctimas hace que se difumine más rápido el mal que ETA produjo a la democracia española.
En fin, Fernando, Joseba, cada año volvemos a pisar el mismo terreno cenagoso. Lo único que queda claro es la grandeza de vuestro comportamiento y la tremenda injusticia de vuestro sacrificio.
Ambos fuisteis personas de firmes convicciones democráticas y con un fuerte sentido del deber que os impidió, a pesar de tener conciencia de ser objetivo de ETA, abandonar vuestras responsabilidades y poner a salvo vuestras vidas. El objetivo del terrorismo, sea del signo que sea, es provocar dolor y miedo para difundir una idea y disuadir de actuar a aquellos que se puedan oponer a ella. Lo peor de esta estrategia es el desprecio absoluto del valor de la vida humana, la utilización de la vida ajena como mero instrumento para la consecución de las propias metas.
No se me ocurre nada peor ni más dañino para la sociedad, para la Humanidad misma.
Antonio Roig, 6/02/2025
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