El @parlamentcat obrirà els actes de la Diada Nacional de Catalunya amb un acte solemne d’hissada de la bandera.
Avui s’ha instal·lat el pal de 25 metres on onejarà la senyera a partir del 10 de setembre.
Més informació: https://t.co/piUehBMiSk pic.twitter.com/v2Y6TmuZeJ
— Parlament de Catalunya (@parlamentcat) July 29, 2025
La política catalana nunca defrauda cuando se trata de gestos vacíos con gran coste simbólico. Esta vez, el protagonista es Josep Rull (Junts), el presidente del Parlament, que ha decidido que una bandera de Cataluña de 25 metros de altura presida los alrededores del parque de la Ciutadella. Una muestra más de cómo el nacionalismo estético sigue ocupando el centro del debate mientras los problemas reales de los catalanes permanecen bajo la alfombra. 93.000 euros costará el enésimo capricho separatista.
La propuesta, que pretende colocarse en un mástil de dimensiones casi faraónicas, recuerda más a un acto de propaganda que a una acción institucional seria. ¿Para qué? ¿Qué pretende demostrar Rull con esta tela gigantesca ondeando sobre el edificio del Parlament? ¿Es una forma de reafirmar la “dignidad nacional” o simplemente una manera de marcar territorio ideológico? Más bien lo segundo.
Mientras en Cataluña las listas de espera en sanidad baten récords, la educación pública se encuentra en caída libre y la inseguridad sigue preocupando a miles de ciudadanos, el separatismo vuelve a dar prioridad a los símbolos. Porque si algo ha caracterizado al procés desde sus inicios ha sido la obsesión con las banderas, los lazos y los eslóganes. Y ahora, con el movimiento desinflado, lo único que les queda es escenificar patriotismo a base de metros cuadrados de tela. O en seguir inflando con millones una TV3 y una Catalunya Ràdio como herramientas de propagandas secesionistas.
La bandera es una provocación revestida de “orgullo nacional”. Una forma de decir: Aquí mandamos nosotros. Josep Rull no está pensando en todos los catalanes. Está pensando en los suyos. Y los que no comulgan con la ortodoxia independentista deben resignarse a ver cómo se impone, otra vez, un relato excluyente.
La bandera de 25 metros es un síntoma de agotamiento político. Cuando ya no quedan ideas para mejorar la vida de la gente, cuando la gestión es mediocre y el discurso se repite como una letanía sin respuesta, se recurre a los símbolos. Pero los símbolos, sin políticas que los respalden, son solo eso: humo. Rull debería recordar que representar al Parlament significa representar a todos los catalanes, no solo a los que aplauden las performances nacionalistas.
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