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El Catalán Sociedad

8 de marzo: entre la ilusión y la rabia

"El feminismo, que nació para abrir caminos, parece ahora obsesionado con cerrarlos".

Por Noemí de la Calle
sábado, 8 de marzo de 2025
en Sociedad
4 mins read
Foto: Freepik

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Cada 8 de marzo me debato entre la ilusión y la rabia. Sé que si voy a la manifestación me voy a encontrar con muchas amigas, conocidas, mujeres a las que me apetece abrazar. Mujeres con las que he compartido conversaciones encendidas, preocupaciones, risas, luchas. Mujeres con las que, en algún momento, me he sentido parte de algo grande. Pero también sé que, en los últimos años, la emoción de esta fecha se ha ido enturbiando. No por el feminismo, sino por quienes lo han convertido en una herramienta de exclusión, en una bandera más de trincheras políticas.

El feminismo, que nació para abrir caminos, parece ahora obsesionado con cerrarlos. Se ha vuelto, en ocasiones, una lista de normas que dictan qué es ser buena feminista y qué no. Si vas a la mani, si llevas cierto lema, si usas las palabras adecuadas, si militas en la causa correcta. Y lo siento, pero no. No eres menos feminista si hoy no sales a la calle. No eres menos feminista si crees que hay más formas de luchar que seguir una consigna marcada. Dejemos de decirle a la gente lo que tiene o no que hacer. No hagamos del feminismo algo antipático, algo excluyente, porque necesitamos más que nunca que sea un movimiento amplio, generoso, en el que quepan muchas formas de entender la libertad.

Y eso incluye a los hombres. No porque «nos tengan que dar permiso» ni porque haya que pedirles nada, sino porque el feminismo no es solo cosa de mujeres. Es un movimiento que defiende la igualdad y la libertad de todos. Es absurdo querer construir una sociedad más justa sin contar con la mitad de la población. La igualdad solo la conseguiremos si el feminismo es un espacio amable y acogedor para cualquier ser humano, independientemente de su género. Si dejamos de dar por hecho que todo hombre es enemigo hasta que demuestre lo contrario. Si entendemos que no es una guerra de sexos, sino un camino común.

Uno de los debates más tensos dentro del feminismo en los últimos años ha sido el del abolicionismo de la prostitución. Hay feministas que defienden que el trabajo sexual es una forma de explotación patriarcal y que, por tanto, erradicarlo es parte de la lucha por la igualdad. Sin embargo, otras muchas cuestionan esta visión paternalista, que niega la voz y la autonomía de las propias trabajadoras sexuales.

Hace años entrevisté a Concha Borrell, entonces secretaria general de OTRAS, el sindicato de trabajadoras sexuales, y nunca se me olvidarán sus palabras: «Las putas somos feministas en defensa propia: hemos tenido que aprender feminismo para defendernos de algunas feministas”. Y se preguntaba, con toda la razón, por qué algunas mujeres pueden elegir sin juicio dedicarse a cualquier otra profesión—como la de cuidar, asear, limpiar, atender, acompañar a otras personas—y, sin embargo, si el trabajo involucra el sexo, se considera indigno o se niega su derecho a decidir. Como si la dignidad laboral dependiera del tipo de servicio prestado y no de que sea elegido libremente.

Porque de eso iba el feminismo, ¿no? De mujeres libres que hiciesen con su vida lo que les diese la gana, sin que nadie—hombres o mujeres—les coartase su autonomía. De poder responder a los bullies del instituto cuando te llamaban puta con un «seré puta, pero mi coño lo disfruta”. De arrancarnos de encima la vergüenza que otros quisieron imponernos, la culpa que nos inocularon desde niñas.

Y sí, claro que queda trabajo por hacer. La condescendencia con la que aún nos tratan en determinados círculos. La penalización laboral por la maternidad, el techo de cristal, la violencia de quienes nos consideran de su propiedad. Pero el camino no pasa por convertirnos en inquisidoras de otras mujeres. No pasa por imponer dogmas ni señalar con el dedo a quien se atreve a cuestionarlos.

Y luego están los partidos políticos, esos que han hecho del feminismo su moneda de cambio, su eslogan vacío. Los que más alto gritaron, los que más se envolvieron en el morado, resultaron ser los que más tenían que callar. Porque quienes nos daban lecciones han tapado agresiones, han mirado hacia otro lado cuando las víctimas eran incómodas para sus filas. Nos han usado. Nos han instrumentalizado como han hecho con tantas otras causas nobles. Y ya está bien.

Así que sí, este 8M saldré a la calle. Abrazaré a mis amigas. Me emocionaré, porque el feminismo sigue siendo mío, nuestro, de todas y de todos. Pero también diré alto y claro que nos lo han querido arrebatar, que nos lo han pervertido, que no lo vamos a soltar. Porque necesitamos que siga siendo un movimiento libre, amplio, abierto, para que las mujeres del futuro sean realmente libres de escoger su camino, su ropa, su vida. Sin imposiciones paternas, ni morales, ni religiosas. O el feminismo es libertad o no es nada.

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TV3, el tamborilero del Bruc del procés

Sergio Fidalgo relata en el libro 'TV3, el tamborilero del Bruc del procés' como a los sones del 'tambor' de la tele de la Generalitat muchos catalanes hacen piña alrededor de los líderes separatistas y compran todo su argumentario. Jordi Cañas, Regina Farré, Joan Ferran, Teresa Freixes, Joan López Alegre, Ferran Monegal, Julia Moreno, David Pérez, Xavier Rius y Daniel Sirera dan su visión sobre un medio que debería ser un servicio público, pero que se ha convertido en una herramienta de propaganda que ignora a más de la mitad de Cataluña. En este enlace de Amazon pueden comprar el libro.

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Etiquetas: 8-MFeminismoNoemí de la Calle
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