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¿Por qué el obispo Manuel Borràs fue cruelmente asesinado, mientras que el mitificado cardenal Vidal i Barraquer fue liberado por Lluís Companys?

Fruto de la terrible persecución religiosa desatada durante la Guerra Civil, hace ahora noventa años, el 12 de agosto de 1936 era asesinado en el Coll de Lilla el obispo auxiliar de Tarragona, Manuel Borràs Ferré, natural de La Canonja (Tarragona).

Por Salvador Caamaño Morado
jueves, 13 de agosto de 2026
en Política
8 mins read
Imagen de la cárcel en la que estuvo el obispo Borràs

Celdas y patio de la prisión de Montblanc, donde estuvieron presos el cardenal Vidal i Barraquer y su secretario, Joan Viladrich, antes de ser liberados por orden de Companys, así como el obispo Manuel Borràs y los sacerdotes Mn. Dalmau Llebaria, Mn. Josep Colom, Mn. Josep Roselló y Mn. Joan Farriol, antes de ser asesinados. Imagen: archivo S. Caamaño

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Recreación del asesinato del obispo Manuel Borràs (Montaje creado con IA por Salvador Caamaño).

Como preámbulo, diremos que el anticlericalismo en España se venía manifestando con mayor o menor intensidad desde el siglo XVIII (con la Ilustración), pero realmente se exacerbó mucho durante la II República y explosionó con el inicio de la Guerra Civil Española. En esa devastadora persecución serían asesinados cerca de 7.000 religiosos, incluyendo trece obispos y miles de laicos por el mero hecho de ser católicos o de derechas. Esta persecución fue especialmente encarnizada en Cataluña, donde fueron asesinados cuatro obispos (Salvio Huix, Manuel Borràs, Manuel Irurita y Anselmo Polanco) y 2.437 religiosos. Las matanzas fueron acompañadas, en muchos casos, de una crueldad tan extrema que pone la piel de gallina.

Volviendo al obispo Manuel Borràs, conocido como el obispo humilde, me ceñiré a relatar los hechos más relevantes que rodearon su detención y su cruel asesinato. Pocos días después de producirse el alzamiento militar de 1936, el 21 de julio, ante los crecientes desmanes que se estaban produciendo en Tarragona, como la quema y devastación de iglesias, desde la propia comisaría se apremió al cardenal Vidal i Barraquer, a su secretario, Joan Viladrich, y al obispo auxiliar Manuel Borràs a que abandonaran la sede del Arzobispado de Tarragona y se trasladasen a un lugar más seguro. Aunque inicialmente estos fueron reticentes, ante la insistencia por parte del comisario de Orden Público, finalmente decidieron trasladarse al Monasterio de Poblet (a 44 km).

Dos días después, sobre las seis de la tarde del 23 de julio, fueron detenidos en Poblet el cardenal Vidal i Barraquer y su secretario, el Dr. Viladrich, por un grupo de milicianos de la CNT-FAI que, procedentes de L’Hospitalet, se encontraban casualmente en Vimbodí y que, a través de miembros del Comité Antifeixista local, habían sido informados de la presencia del cardenal, «un pez gordo», en el cercano Monasterio de Poblet. Cuando los milicianos conducían, como un gran trofeo, a los detenidos a Barcelona, una avería en el coche hizo que finalmente acabaran recluidos en la cárcel de la vecina localidad de Montblanc.

Unas horas después, ya el 24 de julio por la mañana, los milicianos fueron informados de la presencia también en Poblet del obispo Manuel Borràs. El obispo había querido acompañar al cardenal cuando este fue detenido, pero el cardenal se negó, diciéndole que solo habían preguntado por él y que, mientras pudiera, debía ser él —el obispo Borràs— quien se ocupara de los asuntos de la Archidiócesis. Sea como sea, procedieron el día 24 a detenerlo y lo condujeron también a la prisión de Montblanc, donde permanecían encarcelados, además del cardenal y su secretario, tres sacerdotes que ejercían en Montblanc: Mn. Josep Colom, Mn. Josep Roselló y Mn. Joan Farriol.

Dicha circunstancia fue puesta en conocimiento del conseller de Cultura de la Generalitat, Ventura i Gassol (que había sido seminarista en Tarragona), quien inmediatamente le comunicó al president Companys la enorme gravedad que podía tener este asunto. Y así, el 25 de julio, el cardenal Vidal i Barraquer y su secretario, Joan Viladrich, fueron liberados al recibir el Comité de Montblanc una orden expresa (tal como habían pedido), escrita de puño y letra por el propio Lluís Companys —nota que solo incluía la liberación del cardenal y su secretario—, que traía en un coche oficial el diputado Joan Solé (ERC), quien venía escoltado y se había trasladado desde Barcelona a tal efecto.

Aunque es cierto que el cardenal insistió en que también debía acompañarlos el obispo Borràs, ante la férrea negativa de los miembros del Comité de Montblanc, accedieron a liberar únicamente a los dos que figuraban en la orden, marchando ambos en coche con el parlamentario con destino a Barcelona. Una vez allí, permanecieron en el Palau de la Generalitat custodiados hasta que lograron, con la ayuda del cónsul italiano, embarcar a ambos en un buque de la Marina italiana de Mussolini, que los trasladaría a La Spezia (Italia) y, de aquí, a la Cartuja de Farneta (Lucca), donde estarían hasta 1943.

El obispo M. Borràs el día de su consagración episcopal, en 1934, y el cardenal Vidal i Barraquer y Francesc Macià, en 1933, en Barcelona. Imagen: archivo S. Caamaño

Curiosamente, días después, Companys, al ser preguntado por la revista francesa L’Oeuvre sobre la hipotética restauración del culto católico en Cataluña, diría: «¡Oh, ese problema no se plantea siquiera porque todas las iglesias han sido destruidas!». Mientras tanto, el obispo Manuel Borràs y el resto de sacerdotes permanecieron encarcelados en Montblanc hasta que, el 12 de agosto, sobre las dos de la tarde, un grupo de milicianos se personó en la prisión y, con la excusa de trasladarlo a Tarragona, se llevó al obispo (tenía 55 años). Antes de partir, intuyendo lo que podía sucederle, se despidió con gran serenidad, en el patio de la prisión, del resto de religiosos encarcelados con un «adéu, fins al cel».

El asesinato de Borràs

Los milicianos lo hicieron subir a una camioneta y lo maniataron. Tras atravesar las semidesiertas calles de Montblanc a esa tórrida hora, se dirigieron al Coll de Lilla. A unos 3,5 km, poco antes del cruce que conduce a Lilla, detuvieron la camioneta y, a unos 50 metros de la carretera, junto a un olivo, en la conocida como partida del «Camp Magre», lo tirotearon a bocajarro. Todavía moribundo, lo pusieron encima de unos sarmientos, lo rociaron con gasolina y le prendieron fuego. Justo antes de que lo ejecutaran, el obispo bendijo y perdonó a sus verdugos, jactándose después de este hecho los propios milicianos.

Sus restos, aún humeantes, fueron vistos minutos más tarde por el taxista Joan Foguet y sus tres pasajeros, que se dirigían a Tarragona y se detuvieron en el lugar al sentir un fuerte olor a carne quemada. Poco después también serían vistos por Josep M. Gomis (padre de Josep Gomis, que sería alcalde franquista de Montblanc y, posteriormente, conseller de Governació de la Generalitat con Jordi Pujol). Me contó este, en una ocasión, al preguntarle yo por el asunto, que su padre fue el primero en percatarse de que se trataba del obispo Borràs pues, a pesar de tener buena parte de su cuerpo quemado, llevaba unos calcetines de color morado que su madre le había lavado y remendado, dado que solía llevar al obispo y al resto de sacerdotes comida y ropa limpia mientras estuvieron en la prisión.

Según manifestó también el payés y propietario de la finca, Joan Vallés «Gaya», que se encontraba en las proximidades, pudo presenciar a distancia y escondido todo lo sucedido. El cadáver, según diversos testigos, fue trasladado al cercano cementerio de Lilla y, aunque en los años cincuenta se realizaron varias excavaciones para intentar encontrarlo, sus restos no han sido, a día de hoy, encontrados, pues el sepulturero que presuntamente lo enterró se suicidó poco después.

Los otros tres sacerdotes encarcelados con el cardenal Vidal y el obispo Borràs en Montblanc, Joan Roselló, Dalmacio Llebaria y Josep Farriol, fueron trasladados a Tarragona y asesinados por la espalda en las afueras de la ciudad el 22 de agosto. Esta terrible historia no deja de ser una más de las que tuvieron lugar en aquellos trágicos días. Pero cabría preguntarse: ¿por qué Lluís Companys solo incluyó en su orden de liberación al cardenal Vidal y a su secretario y no movió un dedo por el obispo Borràs y los demás religiosos encarcelados? A este respecto, el cardenal primado de España durante la Guerra Civil, el también tarraconense Isidre Gomà (natural de La Riba), diría: «Ha llamado poderosamente la atención el hecho de que los sacerdotes militantes del catalanismo hayan salido indemnes mientras sucumbían a centenares sus hermanos».

No todos salieron indemnes, pero parece evidente que hubo una operación política, por parte de la Generalitat, en especial del conseller Ventura i Gassol, para intentar salvar a los curas de orientación más marcadamente catalanista. Cabe decir que el propio Ventura i Gassol, amenazado por los anarquistas y los comunistas (según él mismo dijo), acabaría, aconsejado por Companys, exiliándose en Francia el 23 de octubre de 1936.

Acta firmada por los representantes del Comité del Front Popular de Montblanc (CNT, POUM, PS, ERC…) en la que se exige al presidente de la Generalitat la entrega de un documento firmado por él en el que se ordena la liberación del cardenal y de su secretario. Y documento manuscrito firmado por Companys ordenando dicha liberación. (Del libro de S. Caamaño, Tarragona 1936. Terror en la retaguardia).

Azaña, en sus Memorias políticas, cuenta una cosa sorprendente en referencia al cardenal Vidal i Barraquer, del que valoraba su espíritu transigente y conciliador. Dice Azaña: «Vidal i Barraquer llega a extremos muy chistosos, no ve con malos ojos la disolución de los jesuitas; pero estima que ha podido hacerse una excepción con los jesuitas de Cataluña, que son de otra manera y, por supuesto, mejores» (Manuel Azaña, Memorias políticas (1931-1933). Grijalbo, Barcelona, 1996, pág. 235).

Y yo añadiría, respecto al cardenal Vidal i Barraquer: ¿puede haber algo peor para un cardenal que abandonar a su grey, dejándola en manos de los asesinos? ¿No dice el Evangelio (Juan 10, 11) que el buen pastor da la vida por sus ovejas y no las abandona cuando llega el peligro?

Cuando la Iglesia ya había sido literalmente masacrada, el cardenal Vidal i Barraquer y el obispo Mateo Múgica (de Vitoria) se negaron a firmar la «Carta Colectiva del Episcopado español a los obispos de todo el mundo», publicada el 1 de julio de 1937 (promovida por el cardenal Isidre Gomà), en la que se describía la terrible persecución religiosa en la zona republicana y se presentaba la guerra como una «Cruzada», en la que se justificaba el apoyo al bando sublevado y a Franco.

El régimen franquista no permitió nunca al cardenal Vidal i Barraquer regresar a su sede episcopal, aunque en diversas ocasiones este también manifestó de forma discreta sus simpatías por Franco. Así, en una carta de 1937 dirigida al cardenal Pacelli (luego papa Pío XII), le decía: «He intentado hacer llegar reservadamente y de palabra al general Franco el testimonio de mi felicitación y simpatía y mis sinceros votos por el éxito de la buena causa (…)». Al fin y al cabo, si alguien acabó salvando a la Iglesia católica en España de su exterminio y, sobre todo, de lo que esto hubiera significado, fue precisamente la victoria de Franco.

Hace tres años (14-5-2023), con motivo del 45.º aniversario (menuda efeméride) del regreso de los restos del cardenal Vidal i Barraquer a Tarragona, el arzobispo de Tarragona, Joan Planellas, dedicó un elogioso artículo mitificando su figura, titulado «El retorn del cardenal», que fue publicado, entre otros medios, por La Vanguardia y *Catalunya Cristiana. En el mismo se refiere reiteradamente a «l’heroisme del nostre Cardenal».

El olvido del aniversario del asesinato del beato Borràs

Pues bien, este 12 de agosto se han cumplido 90 años del asesinato del beato Manuel Borràs, obispo auxiliar de Tarragona. ¿Creen ustedes que el arzobispo de Tarragona, Joan Planellas, el vicario general o alguna otra alta autoridad del Arzobispado se ha dignado siquiera a dedicar públicamente unas mínimas palabras en su recuerdo? Nada de nada. En los últimos años, a los jerarcas del Arzobispado parece resultarles molesto recordar a sus mártires de 1936, no vaya a ser que la izquierda y los separatistas se molesten si lo hacen. ¿Y qué decir del sistemático, sectario y manipulador silencio de las autoridades políticas catalanas respecto a las víctimas y a las atrocidades cometidas por el Front Popular presidido por Lluís Companys?

En los años cuarenta, el Ayuntamiento de Tarragona dedicó una calle al obispo Manuel Borràs. En 1983, siendo alcalde el socialista J. M. Recasens, se eliminó su nombre (constituía un recordatorio muy incómodo) y la calle pasó a denominarse calle Mn. Ritort i Faus (organista y compositor de música religiosa). En fin, que cada cual saque sus propias conclusiones.

Salvador Caamaño Morado (exdirigente en Tarragona, en los años 70-80, del PSUC y de CC. OO. Autor del libro ‘Tarragona 1936. Terror en la retaguardia’)

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Etiquetas: Frente PopularFront PopularLluís CompanysPersecución religiosaRepresiónSalvador Caamaño
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