1936. Hecatombe religiosa en la Cataluña de Companys

Obispo Manuel Borrás en 1934. A la derecha Vidal i Barraquer y Francesc Macià en 1933

En estos tiempos donde los que no vivieron la terrible Guerra Civil siguen empeñados en resucitar el siniestro guerracivilismo con la inquisitorial “Memoria Histórica”, bajo cuyo disfraz se falsifican y ocultan determinados hechos históricos, tratando de ver la historia con un solo ojo, para imponer así una determinada ideología.

Con un gobierno que quiere, con el apoyo de los nacionalistas, tipificar como delito la apología del franquismo – espero que este artículo no esté dentro de esta categoría-; quiero dedicar estas líneas a rescatar del olvido una parte de la atroz represión producida en la retaguardia de Cataluña durante la Guerra Civil, que causó la muerte a cerca de 9.000 catalanes. Y concretamente me voy a referir, en esta ocasión, a la terrible persecución religiosa desatada en la Cataluña presidida por Lluís Companys. Tomaré como referente principal el asesinato del obispo auxiliar de Tarragona, D. Manuel Borràs i Ferré y las circunstancias que lo rodearon.

Hay que decir que la IIª República fue un régimen claramente antireligioso, ya entre mayo de 1931 y octubre de 1934 se produce una gran violencia anticlerical, quema de conventos, disolución de la Compañía de Jesús, asesinato de 33 religiosos en Asturias (1934)…

Y, sobre todo, desde amplios sectores de la izquierda se pone en marcha una intensa campaña de odio contra la Iglesia a la que se presenta como símbolo de la opresión del pueblo. Como cabía esperar, el resultado de toda esa propaganda política y de la entrega de armas a las masas en julio de 1936 fue el estallido de una persecución contra la Iglesia Católica que tomó proporciones gigantescas.

En esa persecución caerían unos 7.000 religiosos incluyendo 13 obispos y más de 3.000 laicos por el mero hecho de ser católicos. La persecución fue especialmente encarnizada en Cataluña donde, víctimas de una política de exterminio sistemático, fueron asesinados 4 obispos y 2.437 religiosos y más de 6.000 edificios religiosos fueron destruidos o saqueados, convirtiéndose muchos de estos en almacenes, garajes o en sedes de las organizaciones del Front Popular.

Solo en la Archidiócesis de Lérida fueron asesinados 270 clérigos y un obispo (un 65% del total) y en la de Tortosa 316 religiosos (el 62%), los porcentajes más altos de toda España y en el resto de Cataluña rondaron el 30%. La Vanguardia (2/08/36) publicaba unas declaraciones de Andreu Nin (máximo líder del POUM y Conseller de Justicia de la Generalitat) en las que decía: “La clase obrera ha resuelto el problema de la Iglesia, sencillamente no ha dejado en pie ni una (…)”. Y Joan García Oliver (líder de la CNT-FAI, que fue consejero de la Generalitat y ministro de la República) en Radio Barcelona arengaba a las masas diciendo: “¡Matad, destruid, incendiad! (…) ¡Hay que destruir la Iglesia!”.

Milicianos de la FAI integrantes de la Brigada Mort que sembraron el terror en la Terra Alta y Bajo Aragón. Imágenes religiosas en la Plaza Mayor de Vic 1936 antes de ser quemadas. Convento de Sta. Clara en Tarragona después de pegarle fuego (21-7- 1936)

Lo mismo se repetía desde la prensa anarquista. Las matanzas fueron acompañadas, en muchos casos, de una crueldad tan extrema que pone la piel de gallina. Prefiero no relatar por ejemplo lo que le hicieron a Apolonia Lizárraga, madre superiora de de las Hermanas Carmelitas, y a otros religiosos y seglares que pasaron por las terroríficas checas barcelonesas como la de San Elías. Decían que acabar con la burguesía y la Iglesia era un requisito imprescindible de la revolución y que para ello era necesario sembrar el terror.

Volviendo al obispo Manuel Borràs, del que sus biógrafos destacan su humildad y su fidelidad al cardenal Vidal i Barraquer, me ceñiré a relatar los hechos más relevantes que rodearon su muerte. Pocos días después de producirse el alzamiento militar de 1936, el día 21 de julio, ante los desmanes que se empezaban a producir en Tarragona, desde la propia comisaría se obliga, para evitar males mayores, al cardenal Vidal i Barraquer, a su secretario y al obispo auxiliar Manuel Borràs, entre otros, a que abandonen el Arzobispado y se trasladen a un lugar más seguro y así deciden finalmente trasladarse a Poblet.

Dos días después, el 23 de julio, es detenido en el monasterio el cardenal Vidal i Barraquer por un grupo de milicianos de la CNT-FAI, que procedentes de La Torrassa – Hospitalet, se encontraban en el cercano pueblo de Vimbodí y que habían sido informados de la presencia del cardenal, “un pez gordo”. El día 24 de julio, es detenido también el obispo Manuel Borràs, siendo trasladado a la cercana prisión de Montblanc, donde se encontraba preso el cardenal y otros religiosos y seglares. Dicha circunstancia es conocida por el dirigente de ERC y conseller de la Generalitat Ventura i Gassol – que había sido seminarista en Tarragona- quien se lo comunica inmediatamente al president Lluís Companys, para auspiciar su liberación.

El día 25 de julio, el cardenal Vidal i Barraquer y su secretario el Dr. Joan Viladrich son liberados, al recibir el Comitè Antifeixista de Montblanc una orden por escrito (tal como habían pedido), de puño y letra del propio Companys (nota que por cierto, contiene varias faltas de ortografía). Dicha orden la traía en un coche oficial el diputado Joan Solé (ERC) que se había trasladado desde Barcelona a tal efecto. Con alguna reticencia, el comité de Montblanc accede a liberarlos, el cardenal pide que les acompañe también el obispo Borràs, aunque los miembros del Comité se niegan al no estar este incluido en la citada orden. Y así ambos son conducidos a Barcelona, permaneciendo en el Palau de la Generalitat hasta que el 30 de julio son embarcados con el apoyo del cónsul italiano en el buque “Fiume” de la Marina italiana que los trasladará al puerto de La Spezia (Italia).

Semanas después Companys al ser preguntado por el periódico francés L’Oeuvre (21-6-1936) sobre una hipotética restauración del culto católico en Cataluña dirá: “¡Oh, ese problema no se nos plantea siquiera, porque todas las iglesias han sido destruidas!”. Mientras tanto el obispo Manuel Borràs y el resto de sacerdotes permanecieron encarcelados, hasta que el día 12 de agosto sobre las 2 de la tarde, un grupo de milicianos se personaron en la prisión de Montblanc y con la excusa de trasladarlo a Tarragona, se llevaron al obispo.

Al partir se despidió del resto de religiosos y seglares encarcelados con un afectuoso “Adéu, fins al cel”, intuyendo cuál sería su fatal destino. Los milicianos lo hicieron subir a una camioneta dirigiéndose al Coll de Lilla y a unos 3,5 Km de Montblanc, se detuvieron, lo hicieron bajar y a pocos metros de la carretera, junto a un olivo lo tirotearon y aún vivo lo pusieron encima de unos matorrales y le prendieron fuego. Justo antes de que lo ejecutaran el obispo bendijo y perdonó a sus verdugos, jactándose después de este hecho los propios milicianos.

Sus restos aún humeantes fueron vistos minutos después por el taxista Joan Foguet y sus tres pasajeros que se detuvieron en el lugar al sentir un fuerte olor a carne quemada y también por Josep M. Gomis (padre de Josep Gomis que sería alcalde franquista de Montblanc y posteriormente conseller de Governació de la Generalitat con Jordi Pujol). Me contó este en una ocasión que su padre fue el primero en ver que se trataba del obispo Borràs pues, a pesar de tener buena parte de su cuerpo quemado, llevaba unos calcetines que sus padres le habían regalado, dado que solían llevar al obispo y al resto de sacerdotes comida y ropa limpia a la prisión.

Su cadáver, al parecer, fue trasladado al cercano cementerio de Lilla, aunque sus restos no han sido a día de hoy encontrados, pues el sepulturero que presuntamente lo enterró se suicidó días después. Decir que los otros tres sacerdotes encarcelados con ellos en Montblanc (J. Rosello, D. Llebaria y J.Farriol) serían trasladados a Tarragona y asesinados por la espalda en las afueras de la ciudad, el 22 de agosto.

En esta terrible historia (una más), cabría preguntarse: ¿Por qué Lluís Companys, solo incluyó en su orden de liberación al Cardenal Vidal y Barraquer y a su secretario y no movió un dedo por los demàs? A este respecto, el cardenal Isidre Gomà (entonces el teólogo de mayor nivel dentro del episcopado español), coetáneo de Vidal i Barraquer y como este y el obispo Borras nacido también en la provincia de Tarragona, dirá: “Ha llamado poderosamente la atención el hecho de que los sacerdotes militantes del catalanismo hayan salido indemnes mientras sucumbían a centenares sus hermanos”.

Es evidente que no todos salieron indemnes, pero es cierto que hubo una operación política, por parte de la Generalitat, para favorecer y salvar a algunos de los curas más próximos al nacionalismo. El presidente de la República, Manuel Azaña en sus memorias (Memorias políticas 1931-1933. Ed. Grijalbo 1996) dice respecto al cardenal: El catalanismo de Vidal i Barraquer “llega a extremos muy chistosos. No ve con malos ojos la disolución de los jesuitas, pero estima que ha podido hacerse una excepción con los jesuitas de Cataluña, que son de otra manera, y, por supuesto, mejores”.

Yo, añadiría respecto al cardenal: ¿No dice el evangelio que ‘el buen pastor, no abandona nunca a sus ovejas y da la vida por ellas si es necesario’? Fueron muchos los religiosos martirizados por no querer abandonar a sus hermanos en Cristo, como el caso del joven seminarista leridano Miguel Massip. Pienso que este hecho debió atormentar toda la vida al cardenal Vidal, pues en múltiples ocasiones se refirió al obispo Borras como un “verdadero mártir” y pidió ser enterrado junto a él si sus restos eran algún día encontrados.

Aunque intentó regresar a su sede episcopal en España, el régimen franquista nunca se lo permitió, a pesar de que en diversas ocasiones había manifestado de forma discreta sus simpatías por Franco. En una carta fechada el 21 de febrero de 1937 en Cartuja de Farneta, dirigida al cardenal Pacelli (futuro Papa -Pío XII-), le dice: “He intentado hacer llegar reservadamente y de palabra al general Franco el testimonio de mi felicitación y simpatía y mis sinceros votos por el éxito de la buena causa (…) Si a Vuestra Eminencia le pareciera conveniente u oportuna una manifestación más clara y explícita, estoy dispuesto a ello (…). Deseo vivamente que triunfe Franco (…)”. ‘La Vanguardia’, en un acto presidido por Quim Torra, el 6/11/2018 titulaba: “El Govern de la Generalitat homenajea a Vidal i Barraquer, el cardenal que no apoyó a Franco”.

Salvador Caamaño Morado (presidente provincial de SCC en Tarragona y exdirigente local del PSUC, PCC y CC.OO)


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