Quim Torra no es ningún mártir, por mucho que juegue a serlo por su juicio por desobediencia.
Ni en eso ha sido «heroico». Podría haber desobedecido soltando a los políticos presos en cárceles catalanas, por poner solo un ejemplo, pero su única desobediencia ha sido dejar una pancarta y unos lazos amarillos unos días en el Palau de la Generalitat.
Por supuesto son actos delictivos y que atentan contra la buena convivencia, por lo que debe ser juzgado por ello. Pero ya indica cuál es el «valor» del personaje, al que toda la fuerza se le va por la boca.
Torra es un fanático, pero que no tiene ninguna fuerza real. Esquerra Republicana no quiere saber nada de él, y el sector más izquierdista del secesionismo le considera poco menos que un supremacista, alguien poco útil en su objetivo de ensanchar la base social del independentismo.
Además, más de la mitad de la antigua Convergencia lo ve como un lunático sin conexión con la política real. El único apoyo real de Torra es que a Carles Puigdemont le interesa tener en el Palau de la Generalitat a alguien que dependa exclusivamente de su soporte político.
Torra es un personaje siniestro, pero es irrelevante. Y merecerá solo un par de líneas en la historia de la política catalana.
Comentario editorial de elCatalán.es
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