Sostiene Terenci Moix

El gordo de las patatas, “nombre idiota donde los haya”, fue el apodó que mortificó de pequeño a quien sería Terenci Moix; señal inequívoca de un acoso infantil. Convertido en “un niño obseso y fofo, un quesito de bola”, confesaría años después en sus memorias que “el gordito que no se resigna a serlo sufre tormento sobre la capa de la tierra”.

Terenci falleció hace quince años, con 61 de edad. Y confesó que nunca sabría referirse al franquismo sin recurrir al esperpento. Gran aficionado al cine, decía que había aprendido a conocer íntimamente la materia de que están hechos los sueños, la estofa de que estaba hecha su vida.

Terenci Moix sostenía que no había tenido infancia (no al menos como la que evocaban los demás) y que la necesidad personal de sus memorias consistía en descubrir lo que le habían dejado los seres, las ciudades y las cosas.

Mestizo soy hasta en los humores”. Aquel catalán consciente de que no era sólo catalán se cuestionaba: “¿De cuántas pérdidas soy heredero? ¿De cuántos desperdicios constructor?”. “¿Por qué sigue mandando el niño en un momento en que debería desaparecer?”


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