El barrio de Sant Antoni, durante años ejemplo de renovación urbana y convivencia vecinal en el Eixample barcelonés, atraviesa hoy una etapa de deterioro progresivo que no deja indiferente a quienes lo habitan.
Lo que fue un símbolo de revitalización con la remodelación del mercado y la pacificación de calles, se ha transformado en un espacio marcado por la suciedad, la ocupación incontrolada del espacio público y una preocupante sensación de abandono.
Los vecinos denuncian una creciente presencia de basuras acumuladas en las esquinas, pintadas en fachadas recién rehabilitadas, ruido nocturno y una falta alarmante de control sobre actividades ilegales que proliferan sin respuesta por parte del Ayuntamiento. A esta situación se suma la inseguridad, con peleas, robos y conflictos frecuentes en determinadas zonas del barrio, sobre todo en las inmediaciones del mercado y la calle Parlament.
Mientras tanto, el gobierno municipal presidido por el alcalde Jaume Collboni permanece en silencio o responde con generalidades a las quejas vecinales. Las promesas de refuerzo de la Guardia Urbana y mejora del espacio público se quedan en anuncios vacíos que no se traducen en acciones reales. La gestión socialista parece más preocupada por la imagen que por la realidad cotidiana de los barrios.
El incipiente «mercado de la miseria» que algunos días aparece junto a las rondas o en parques cercanos, donde se venden objetos recogidos de la basura o directamente robados, es solo una muestra más del grado de descomposición que sufre Sant Antoni. La permisividad institucional no solo normaliza la pobreza extrema, sino que degrada el entorno urbano y genera crispación vecinal.
Los comerciantes de la zona tampoco se libran del impacto. Muchos han visto caer sus ventas ante la creciente sensación de inseguridad y la competencia de una economía sumergida que opera impunemente. Lo más preocupante es que la degradación no responde únicamente a una crisis coyuntural, sino a una dejadez institucional que parece ya estructural.
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