La llegada de Salvador Illa a la presidencia de la Generalitat despertó la expectativa de que, por fin, se produciría un cambio de rumbo en la televisión pública catalana. Durante años, TV3 ha sido acusada de actuar más como altavoz del independentismo que como servicio público plural, y muchos esperaban que un gobierno socialista pusiera fin a esta dinámica.
Sin embargo, los hechos demuestran que nada ha cambiado: la cadena sigue marcada por un sesgo ideológico evidente y por contenidos que reafirman el discurso separatista, pese a estar financiada con los impuestos de todos los catalanes: siguen programas claramente vinculados con el independentismo, como el ‘Està passant’ o ‘Polònia’, y presentadores que son puros propagandistas, como Óscar Andreu, Peyu o Jair Domínguez, por citar solo algunos. También siguen las productoras separatistas, como Abacus o Minoria Absoluta.
Illa no ha cumplido con la promesa implícita de garantizar la neutralidad de los medios públicos. Aunque en su etapa como líder de la oposición criticó abiertamente la falta de pluralidad en TV3 y Catalunya Ràdio, una vez en el poder ha mantenido la misma estructura, los mismos programas y las mismas voces que monopolizan el relato mediático en Cataluña.
La televisión autonómica sigue siendo escenario de tertulias con escasa representación de sensibilidades distintas al independentismo y de espacios de entretenimiento en los que no faltan mensajes de claro sesgo político. Los escándalos en torno al humor en antena son otro síntoma de la politización que Illa no ha sabido atajar. Programas con chistes de mal gusto sobre España y sobre partidos constitucionalistas siguen teniendo cabida en la parrilla sin consecuencias claras.
Estos episodios, financiados con dinero público, dañan la credibilidad de la televisión catalana y refuerzan la percepción de que la Generalitat permite un doble rasero según la ideología que se promueva. La falta de voluntad de reforma es evidente. Pese a contar con los instrumentos para impulsar cambios en la Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals, Illa ha optado por mantener el statu quo, probablemente para no incomodar a los sectores independentistas con los que busca pactos políticos. Esta estrategia puede darle cierto margen en el Parlament, pero a costa de sacrificar la independencia informativa de unos medios que deberían representar a todos.
El contraste entre el discurso y la realidad es flagrante. Illa, que en su día denunciaba la deriva propagandística de TV3, hoy tolera y financia una parrilla que sigue transmitiendo un relato sesgado. El Govern ha demostrado más interés en utilizar los medios públicos para difundir campañas de autopromoción que en garantizar la pluralidad de voces y la diversidad ideológica que exige un sistema democrático sano.
La consecuencia es doble: por un lado, se mantiene la desafección de buena parte de la sociedad catalana hacia sus propios medios públicos, percibidos como poco representativos. Por otro, se perpetúa un modelo de televisión que, en lugar de cohesionar, divide. Lejos de ser un espacio de encuentro, TV3 continúa siendo un terreno de confrontación en el que se impone una visión política excluyente.
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